lunes, 6 de septiembre de 2010

Un aro obstruido por tanto tráfico

Todo es relativo en Guinea. Desde la obligación de ceder el paso al entrar a una rotonda, hasta el concepto de “seguridad” de las fuerzas del Estado.
Cuando uno circula por las carreteras del país se encuentra de vez en cuando con dos tipos de obstáculos. Unos son fáciles de evitar, los peajes, donde el mayor problema son los badenes que te encuentras al llegar, ya que su altura es casi mayor de lo que distan los bajos de los maltrechos coches. En la isla, que no cuenta con 200 km de carreteras, vi cuatro, de los cuales sólo estaba funcionando uno de ellos. No es caro, 100 FCFA´s (15 céntimos), pero teniendo en cuenta que no hay alternativa gratuita, parece un poco abuso que te obliguen a pagar por ir a tu casa. Más aún cuando con el dinero que deja el petróleo se podrían construir carreteras mucho mejores que éstas que son de pago.
El otro tipo de obstáculo es algo más complicado. O por lo menos mucho más incómodo. Son las barreras de los militares, con las que se pretende controlar no sé bien qué. En la isla hay unas cinco, y al no haber frontera, el control no es tan exhaustivo. Básicamente, si es de día, rara vez te preguntan algo. Si es de noche, entonces sí que te pararán y tendrás que dar explicaciones de dónde vas, y a qué te dedicas. La única vez que me hicieron bajar del coche y enseñar el pasaporte fue cuando iba de Luba a Malabo en un autobús (lo llamaban así por la ocupación, no por la capacidad, porque íbamos 15 en un coche donde sólo deberían ir 10). Yo creo que la razón principal por la que están allí es intentar sacar algo, ya sea en especie o en billete. Aunque, como digo, en la isla no nos volvían muy locos, en cuanto veían un blanco dentro del coche se acercaban a “molestar” como dicen ellos. Y es que los blancos normalmente trabajan para las empresas, y los que trabajan para las empresas tienen dinerito, así que son visitantes interesantes. Pero cada vez que el que llevaba el coche le decía que era cura, aparecía en la cara del militar un gesto de desolación. “¿El blanco también es cura?”. “Sí”. Y esa era una de las múltiples veces en que pasaba por sacerdote.
Sin embargo en el continente los controles eran mucho más exhaustivos. Hay muchos cameruneses, senegaleses y nigerianos que en ocasiones entran sin visado en el país, así que en estos lugares directamente te abrían la puerta del coche y te pedían el pasaporte. A algunos incluso les preguntaban de qué tribu eran, teniendo que dar explicaciones de por qué se movían por su país.
Pero lo dicho, en muchas ocasiones lo que quieren es que les den algo de dinero, sacar su mordida. Cuando oías un “Aquí estamos”, quería decir que a ver si les dabas algo para tomarse una cerveza mientras trabajaban. Porque lo que no solía faltar al lado de las barreras era un bar.
Otro ejemplo de que la seguridad es algo relativo, y sobre todo de las diferencias entre la isla y el continente, la viví en el viaje a Bata. Podría haber subido al avión con un AK-47 o un rifle automático, porque allí no pasé ni un control. Nada de nada. De hecho, podría haber viajado con un nombre distinto al mío, porque tampoco me pidieron el pasaporte en ningún momento. Sin embargo, al llegar a Bata, nos pusieron a todos en fila para que dos perros olisquearan nuestro equipaje de mano, y supongo que lo mismo harían con lo que habíamos facturado. Y antes de coger las maletas, control de pasaporte, con foto y escaneo de los dos dedos índices. Antes de sacar la maleta del aeropuerto, control de maletas en la zona de aduana (¡pero si no habíamos salido del país!). Una negra tremenda me dijo “Ven, ven, a ver qué tienes para mí”. Me preguntó que para qué empresa trabajaba, y al decirle que para ninguna, que era misionero, me dijo “Oh, pues seguro que tienes un rosario para mí”. Otra que se llevó una decepción al ver que viajaba sin nada de nada. Al volver a Malabo, en el aeropuerto de Bata, sí que me pidieron el pasaporte, me hicieron control de visado (que no de metales), y la cosa estaba mucho más controlada. En la isla ni me revisaron la maleta a ver qué llevaba.
También es relativa la espera. Se ve que el tiempo de unas y otras personas no vale lo mismo, porque si tienes que hacer alguna gestión y no conoces a nadie, puedes echar raíces allá donde vayas. Cuando fuimos a recuperar mi pasaporte, intentamos hacerlo primero sin tirar de contactos. Después de 20 minutos esperando sin éxito a que apareciera alguien en el puesto de información, intentamos averiguar qué teníamos que hacer. Imposible. Tuvimos que tirar de teléfono y contactar con una tía de Félix para que nos dijera qué hacer. Aún tuvimos suerte. En Niefan conocí a una chica de Barcelona que había pasado 10 de sus 20 días en Guinea intentando que le dieran el permiso de residencia. Y eso que iba para hacer un campamento con los niños, que si llega a ser para ganar su dinerito…
En general, el abuso de poder es una constante. En frente de Santuario, la casa donde pasé mis primeros días, se colocaban un par de policías bastante estiradas que paraban a los coches que les daba la gana, para molestar y sacar algo. Me contaron algunos casos sorprendentes, como el de un chico que fue a comprar al supermercado, y al ir a salir, vio que habían cortado la calle, como cada vez que el presidente pasaba por la ciudad. Al preguntar que por dónde podía salir, el policía le dijo que su coche estaba retenido. Su infracción: ir a comprar cuando el presidente decidía dar un paseo. El policía le dijo que le entregara la llave, y que fuera a recuperarlo la mañana siguiente a las 7 de la mañana. A esa hora el policía se presentó en bermudas, demostrando que lo único que quería era un “rescate” por el coche. El chico tuvo suerte porque su padre conocía a gente y pudo librarse, pero si no quizá le hubieran intentado sacar 50.000 o 100.000 FCFA´s (75-150 €).
Cuando fui a Kogo, tuvimos que ir a recuperar el pasaporte de un gabonés que había ido con los claretianos, y al que, después de hacerle pasar por tres mesas seguidas, donde le hicieron pagar en cada una de ellas por vete tú a saber qué, decidieron retener su documentación. ¿Qué por qué? Según ellos, porque a los guineanos les tratan muy mal en Gabón. Algo parecido decían cuando molestaban a los cameruneses. Vamos, que la ley del Talión se lleva mucho en unos países que se supone que están unidos por el proyecto de la unión centroafricana.
Y es que cuando hablas con muchos guineanos, ellos mismos te dicen que con esa mentalidad el país no puede avanzar. Mientras se siga extorsionando y presionando como si se tratara de una parte más del trabajo, no sólo se vivirán a diario situaciones desagradables, sino que además se estará impidiendo el desarrollo de un país ávido de desarrollo. Hay tanto tráfico para un aro tan pequeño, que claro, se obstruye.

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