miércoles, 15 de septiembre de 2010

De vuelta al estrés!!!

Madre mía, esto no puede ser. Ha sido volver a casa, y volver al estrés y al no tener tiempo de ná. Voy a intentar colgaros algo esta semana, que si no luego llega San Mateo y se complica la cosa. Lo siento!!!

lunes, 6 de septiembre de 2010

Un aro obstruido por tanto tráfico

Todo es relativo en Guinea. Desde la obligación de ceder el paso al entrar a una rotonda, hasta el concepto de “seguridad” de las fuerzas del Estado.
Cuando uno circula por las carreteras del país se encuentra de vez en cuando con dos tipos de obstáculos. Unos son fáciles de evitar, los peajes, donde el mayor problema son los badenes que te encuentras al llegar, ya que su altura es casi mayor de lo que distan los bajos de los maltrechos coches. En la isla, que no cuenta con 200 km de carreteras, vi cuatro, de los cuales sólo estaba funcionando uno de ellos. No es caro, 100 FCFA´s (15 céntimos), pero teniendo en cuenta que no hay alternativa gratuita, parece un poco abuso que te obliguen a pagar por ir a tu casa. Más aún cuando con el dinero que deja el petróleo se podrían construir carreteras mucho mejores que éstas que son de pago.
El otro tipo de obstáculo es algo más complicado. O por lo menos mucho más incómodo. Son las barreras de los militares, con las que se pretende controlar no sé bien qué. En la isla hay unas cinco, y al no haber frontera, el control no es tan exhaustivo. Básicamente, si es de día, rara vez te preguntan algo. Si es de noche, entonces sí que te pararán y tendrás que dar explicaciones de dónde vas, y a qué te dedicas. La única vez que me hicieron bajar del coche y enseñar el pasaporte fue cuando iba de Luba a Malabo en un autobús (lo llamaban así por la ocupación, no por la capacidad, porque íbamos 15 en un coche donde sólo deberían ir 10). Yo creo que la razón principal por la que están allí es intentar sacar algo, ya sea en especie o en billete. Aunque, como digo, en la isla no nos volvían muy locos, en cuanto veían un blanco dentro del coche se acercaban a “molestar” como dicen ellos. Y es que los blancos normalmente trabajan para las empresas, y los que trabajan para las empresas tienen dinerito, así que son visitantes interesantes. Pero cada vez que el que llevaba el coche le decía que era cura, aparecía en la cara del militar un gesto de desolación. “¿El blanco también es cura?”. “Sí”. Y esa era una de las múltiples veces en que pasaba por sacerdote.
Sin embargo en el continente los controles eran mucho más exhaustivos. Hay muchos cameruneses, senegaleses y nigerianos que en ocasiones entran sin visado en el país, así que en estos lugares directamente te abrían la puerta del coche y te pedían el pasaporte. A algunos incluso les preguntaban de qué tribu eran, teniendo que dar explicaciones de por qué se movían por su país.
Pero lo dicho, en muchas ocasiones lo que quieren es que les den algo de dinero, sacar su mordida. Cuando oías un “Aquí estamos”, quería decir que a ver si les dabas algo para tomarse una cerveza mientras trabajaban. Porque lo que no solía faltar al lado de las barreras era un bar.
Otro ejemplo de que la seguridad es algo relativo, y sobre todo de las diferencias entre la isla y el continente, la viví en el viaje a Bata. Podría haber subido al avión con un AK-47 o un rifle automático, porque allí no pasé ni un control. Nada de nada. De hecho, podría haber viajado con un nombre distinto al mío, porque tampoco me pidieron el pasaporte en ningún momento. Sin embargo, al llegar a Bata, nos pusieron a todos en fila para que dos perros olisquearan nuestro equipaje de mano, y supongo que lo mismo harían con lo que habíamos facturado. Y antes de coger las maletas, control de pasaporte, con foto y escaneo de los dos dedos índices. Antes de sacar la maleta del aeropuerto, control de maletas en la zona de aduana (¡pero si no habíamos salido del país!). Una negra tremenda me dijo “Ven, ven, a ver qué tienes para mí”. Me preguntó que para qué empresa trabajaba, y al decirle que para ninguna, que era misionero, me dijo “Oh, pues seguro que tienes un rosario para mí”. Otra que se llevó una decepción al ver que viajaba sin nada de nada. Al volver a Malabo, en el aeropuerto de Bata, sí que me pidieron el pasaporte, me hicieron control de visado (que no de metales), y la cosa estaba mucho más controlada. En la isla ni me revisaron la maleta a ver qué llevaba.
También es relativa la espera. Se ve que el tiempo de unas y otras personas no vale lo mismo, porque si tienes que hacer alguna gestión y no conoces a nadie, puedes echar raíces allá donde vayas. Cuando fuimos a recuperar mi pasaporte, intentamos hacerlo primero sin tirar de contactos. Después de 20 minutos esperando sin éxito a que apareciera alguien en el puesto de información, intentamos averiguar qué teníamos que hacer. Imposible. Tuvimos que tirar de teléfono y contactar con una tía de Félix para que nos dijera qué hacer. Aún tuvimos suerte. En Niefan conocí a una chica de Barcelona que había pasado 10 de sus 20 días en Guinea intentando que le dieran el permiso de residencia. Y eso que iba para hacer un campamento con los niños, que si llega a ser para ganar su dinerito…
En general, el abuso de poder es una constante. En frente de Santuario, la casa donde pasé mis primeros días, se colocaban un par de policías bastante estiradas que paraban a los coches que les daba la gana, para molestar y sacar algo. Me contaron algunos casos sorprendentes, como el de un chico que fue a comprar al supermercado, y al ir a salir, vio que habían cortado la calle, como cada vez que el presidente pasaba por la ciudad. Al preguntar que por dónde podía salir, el policía le dijo que su coche estaba retenido. Su infracción: ir a comprar cuando el presidente decidía dar un paseo. El policía le dijo que le entregara la llave, y que fuera a recuperarlo la mañana siguiente a las 7 de la mañana. A esa hora el policía se presentó en bermudas, demostrando que lo único que quería era un “rescate” por el coche. El chico tuvo suerte porque su padre conocía a gente y pudo librarse, pero si no quizá le hubieran intentado sacar 50.000 o 100.000 FCFA´s (75-150 €).
Cuando fui a Kogo, tuvimos que ir a recuperar el pasaporte de un gabonés que había ido con los claretianos, y al que, después de hacerle pasar por tres mesas seguidas, donde le hicieron pagar en cada una de ellas por vete tú a saber qué, decidieron retener su documentación. ¿Qué por qué? Según ellos, porque a los guineanos les tratan muy mal en Gabón. Algo parecido decían cuando molestaban a los cameruneses. Vamos, que la ley del Talión se lleva mucho en unos países que se supone que están unidos por el proyecto de la unión centroafricana.
Y es que cuando hablas con muchos guineanos, ellos mismos te dicen que con esa mentalidad el país no puede avanzar. Mientras se siga extorsionando y presionando como si se tratara de una parte más del trabajo, no sólo se vivirán a diario situaciones desagradables, sino que además se estará impidiendo el desarrollo de un país ávido de desarrollo. Hay tanto tráfico para un aro tan pequeño, que claro, se obstruye.

lunes, 30 de agosto de 2010

Jugando con la "Buena Esperanza"


Un día me contaban que en Gabón se está llevando bien el tema de la vivienda. Allí, el gobierno compra un terreno, construye una casa, y “obliga” a una familia que vive en situación de miseria a comprarla, a un precio razonable, pagando con su antiguo terreno parte de la nueva vivienda. Y así, sucesivamente, haciendo una cadena de renovación de casas, de modo que mediante ayudas estatales fuera más fácil acceder a una vivienda digna.
Aquí parece que el gobierno se decidió a hacer lo mismo. Alguna vez os he hablado de Niumbili, la zona más marginal de la ciudad. Pues bien, se empezaron a construir un montón de viviendas que, aunque algo apartadas de la ciudad, están bastante bien. Un sitio donde primero se urbanizaba, y luego se construía, de modo que el acceso a la electricidad y al agua estaba bastante garantizado.

Cuando una pasa por allí con el coche, lo cierto es que impresiona. Ya desde lo lejos se divisan todas las casitas (en España lo llamaríamos unifamiliares, pero aquí es que es la forma de construir) distribuidas en una planta hecha con escuadra y cartabón. Tiene espacios verdes, alguna zona deportiva, y está todo lo limpio que se espera de un sitio recién construido, y donde se puede aplicar la política de recogida de basuras desde el principio.
Aunque se supone que son viviendas sociales, el precio es un poco alto. No tanto por el precio, que eran 10 millones (15.000 €), sino porque la entrada que se exigía era demasiado para una sociedad que no está acostumbrada a ahorrar para tener un colchón de seguridad. Pero no cabe duda de que podría ser una oportunidad buena si se combinara con una financiación asumible. Había nacido una nueva zona en la ciudad: Buena esperanza.
Así, se dijo a los propietarios de casas en Niumbili que pasaran por el ministerio para comenzar las gestiones. Muchos se apresuraron, aliviados por fin al pensar que les llegaría un poco de todo el dinero que deja el petróleo en esta tierra. Pero cuando iban allí, nunca conseguían que les atendieran. O les pedían un papel que el día anterior no se había mencionado, o simplemente se les invitaba a volver al día siguiente, porque todavía no estaba lista la gestión. Y muchos fueron día tras día esperando poder acceder a una de esas casitas tan monas que se les había prometido.
Esta situación duró varios meses, de tal modo que muchos empezaron a sospechar. Y entonces fue cuando se destapó la liebre. No había ministro que no se hubiera agenciado unas diez casitas, para después venderlas a “precio de mercado” y embolsarse dinerito, no sé si la diferencia, o directamente todo el dinero que se pagara por un bien que había sido gratuito para ellos.
Consecuencia: toda la gente de Niumbili sigue en su sitio, mientras que las pocas casas que han sido habitadas tienen por inquilinos a aquellos que tienen un buen padrino. Pero aquí no hay lugar a los levantamientos populares: no sé si por el miedo a las represalias, o porque nadie terminó de confiar mucho en las buenas intenciones que se vendían por radio y televisión. Es ese conformismo que cuando uno llega aquí no consigue comprender, pero al que poco a poco termina amoldándose.
Cuando visitamos la zona en coche, vi un grupito de casas un poco más apartadas del resto. Casi que me arrepentí de preguntar. Todas esas viviendas era de la primera dama. “¿Pero para qué las quiere? ¡Si tiene mil posesiones!”. Y es que aquí, aquello del “Tanto tienes, tanto vales”, parece no tener límite, ni siquiera el del sentido común.
Hay situaciones que a uno de dan mucha rabia, pero cuando ve que se juega con la “Buena esperanza” de los que menos tienen, ese sentimiento se convierte en algo muy difícil de explicar.

domingo, 29 de agosto de 2010

Ya en casa

Os escribo ya desde Logroño. Todo ha ido perfecto, y aunque el viaje fue bastante pesadito, ya me he medio recuperado.

El recibimiento fue de sobresaliente, así que ha sido un fin de semana de reencuentros. A partir de mañana os cuelgo más historias, entre otras, las más controvertidas que no me apetecía contar estando todavía allí.

Mientras os dejo un par de fotos de la llegada...



Besitos pá tós!

viernes, 27 de agosto de 2010

De vuelta

Hola de nuevo! No, no he desaparecido, es sólo que Malabo ha estado 48 horas sin luz (y con esto no quiero decir que haya vuelto ya), así que me ha sido imposible conectarme.

Aunque este post lo veais cuando ya estoy en el aire camino de casa, lo estoy escribiendo desde un ciber de Malabo que sobrevive gracias a uno de los muchos motores que no paran de rugir en la ciudad. El caso es que de muchos ya me he despedido, de otros lo haré ahora, y sobre todo estoy deseoso de volver a ver a toda mi gente de nuevo.

¿Cómo resumiría mi experiencia? Pues veréis, cuando volví de Honduras, me sentía un poco estúpido cuando la gente me preguntaba "¿Qué tal en Honduras?", y yo respondía un simple "Bien, muy bien". Así que esta vez me he propuesto hacer una especie de balance de la experiencia para poder resumir a aquellos que me pregunten lo que esto ha significado para mí. Aunque seguro que para poder ver qué me ha aportado esto, tendrá que pasar tiempo, quizás mucho tiempo.

Y una vez más, aún a riesgo de parecer cansino, os puedo asegurar que esta experiencia no hubiera sido la misma sin esto del blog, sin tener un lugar donde pararme a reflexionar y a verbalizar lo que vivía día a día. Así que gracias a todos, porque esto no habría sido lo mismo sin vosotros. Por eso, lo que sí os puedo asegurar es que aunque mi experiencia se haya acabado, este blog todavía no lo ha hecho, así que durante por lo menos un mes más seguiré escribiendo. Me quedan muchas cosas porcontaros, así que de momento voy a ir lanzándoos una propuesta. ¿Cómo resumiríais vosotros lo que habéis visto/leido aquí? ¿Con qué os quedáis, qué poso os deja a aquellos que habéis ido siguiendo el blog? Os agradecería un montón que dejárais aquí vuestra opinión, que yo leeré ya desde casa.Y después de este fin de semana, en el que me dedicaré a descansar y estar con mi gente dos días antes de volver al curro, yo os pondré mi resumen, con muchas de las fotos que se me han quedado en el tintero.

Nos vemos!!

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02:32   Actualizando

Aquí estoy, en la sala de espera del aeropuerto, enganchado a una red que se llama "No valies pa naaaaaa", y que se conecta a internet a través del Reino Unido. Muy bien.

El caso es que la espera de 3.30 se me está haciendo algo más agradable, porque he coincidido con una chica que también vuelve hoy, y aquí hemos estado, más de dos horas contándonos experiencias.

Pues eso, que he pasado todos los controles, y no me han detenido, así que allá vamos!!!!

lunes, 23 de agosto de 2010

Orgulloso de ser… claretiano

Cuando fuimos a Honduras, una de las actividades que más nos llamaba la atención era la de ir a las aldeas. Consistía básicamente en que íbamos dos de nosotros a alguna de las aldeas, a visitarles, conocerles, y compartir nuestra vivencia de Fe, haciendo algunas veces alguna especie de catequesis con niños o jóvenes. Y nos atraía la idea, porque era poner en práctica aquello de “Id de dos en dos predicando el Evangelio”.
Esta vez en ese aspecto no se parece nada, más que nada porque he venido sólo. Pero sí que recuerda a aquello de “en aquel sitio al que lleguéis, quedaos en su casa, y comed lo que os den”. Si de algo no me puedo quejar es de la acogida que me han dado allá donde he estado. He pasado por 6 casas de claretianos, durmiendo en 5 de ellas: Santuario, Padre Sialo (Malabo) y Luba en la isla; Padre Xifré (Bata), Niéfang y Kogo en el continente. Y siempre han hecho que me sintiera como en casa.
Esto es algo que ya había experimentado en España. No sólo por lo que veía que ocurría con los claretianos que llegaban a Logroño, sino que también a nosotros nos han acogido con los brazos abiertos por donde quiera que pasáramos. Es parte del carisma claretiano, el de acoger, especialmente, a aquellos que forman parte del “proyecto”.
En casi todas partes piensan que soy cura. Es normal, vengo con ellos. Pero cuando les digo que no lo soy, muchos se preguntan que qué relación tengo con los claretianos. Lo cierto es que uno de los motivos de que esté aquí es que mis padres decidieron vivir en la calle Padre Claret, al lado de la parroquia que ellos regentan. Y según han ido pasando los años, me he ido identificando con ese carisma que ellos practican (tengo que decir que según pasa el tiempo, el carisma marista se asemeja más al claretiano).
Cuando me presentaba aquí, lo hacía diciendo que era misionero seglar claretiano. Misionero en este caso es sólo un estado. ¿O no? Tal vez sea una manera de expresar la implicación con el proyecto, ya sea desde mi ciudad o a miles de kilómetros de ella. Lo de seglar es mi vocación, de ser cristiano en medio del mundo. Y lo de claretiano, hacía que aquí todo el mundo pusiera expresión de, digamos, admiración. Y es que aquí en Guinea, los claretianos han hecho una labor impresionante.
Cuando empezó la tarea de evangelizar Guinea, hace más de cien años, los primeros que llegaron fueron los Jesuitas. Pero todos los que llegaban, enfermaban y morían. Así que decidieron poner fin a la tarea antes de que acabara con todos ellos. Después llegaron sacerdotes diocesanos. Y todos los que llegaban, enfermaban y morían. Así que también dejaron de venir. Tras ellos llegaron los claretianos. Y todos los que llegaban, enfermaban, y morían. Así que, siguieron viniendo más. Y siguieron muriendo. Hasta que poco a poco, consiguieron estabilizarse, y ser los que pusieron las primeras piedras de la iglesia guineana. Un proceso en el que murieron o enfermaron gravemente 3000 claretianos. Todo esto hizo que recibieran el calificativo de “los suicidas de Dios”.
Hoy en día, la presencia claretiana aquí es impresionante. En un país que no escasamente llega al millón de habitantes (acaba de empezar un proceso de empadronamiento en Malabo y Bata, porque no hay cifras oficiales exactas), tienen multitud de colegios, parroquias, e incluso dos seminarios. Pero como os decía, ante todo tienen el respeto de todas las demás congregaciones, por la labor que durante todos estos años han realizado en este pequeño país.
Tiene gracia que cuando a algún español le dices que eres claretiano, muchos fruncen el ceño, no habiendo oído nunca nada de ellos. Sin embargo, aquí en Guinea, todo el mundo les conoce, y sabe cómo trabajan. Y eso que la congregación nace en España. Pero quizá sea por aquello de que su nombre completo es el de “Misioneros Claretianos”, y su presencia no queda sólo en nuestro país, sino que llega hasta una infinidad de países donde su lucha por la evangelización y el desarrollo de los pueblos más necesitados es el objetivo principal.
Así que si ya lo estaba, después de esta experiencia estoy todavía más orgulloso de ser claretiano.

viernes, 20 de agosto de 2010

El amanecer de África


Hoy termina la semana más larga desde que llegué aquí. No porque haya tenido más días, sino porque ha sido realmente intensa. Todas las mañanas curso, a comer a la 1.30, de dos a tres a buscar juegos para hacer con los niños, a las 3 bajar al colegio para conectarme y hablar con mi gente, de 4 a 6 juego, de 6 a 7.30 con Edmundo enseñándole alguna cosita, y a partir de las 7.30 por ahí dando una vuelta, para llegar a casa tarde y escribir un ratito. Si a todo esto le sumamos el clima de aquí, que hace entender porqué el ritmo de esta gente es tan pausado, tenemos que hoy a las 6 estaba muerto. Y todavía tenía que ir a instalar una impresora e imprimir unas cositas para dar mañana a los profes. Estaba chorreando de sudor y medio muerto. Así que cuando me ha llegado el mensaje de mi paisana Ana diciendo que se encontraba mal y no podía quedar, casi que lo he agradecido.
Si ayer hablábamos de las pequeñas cosas que aquí tanto se valoran, hoy también lo he experimentado, aunque fuera de otra manera. Que cayera un chorrito de agua en las duchas que hay fuera de la casa, encontrar un zumito en la nevera, y sobre todo, que hubiera luz, han sido unos pequeñitos regalos que en conjunto formaban más de lo que podría pedir. Así que aquí estoy, en una tumbona en la terraza escribiendo unas líneas con la satisfacción de que, aunque ahora mismo esté roto, la semana ha merecido la pena.
Ya os comenté  que el lunes tardaron en venir los niños, pero cada día el número ha ido creciendo, hasta tener unos 40 o 50 alguno de los días. La verdad que sin la ayuda de Edelmiro y Domingo, dos estudiantes que han estado por aquí echándome una mano, esto habría sido más difícil. Pero lo cierto es que los niños han disfrutado mucho, y se han quedado un poco planchados cuando les he dicho que ya no haríamos juegos más días. Pero les he animado a que, ahora que han aprendido cosas nuevas, sigan jugándolas entre ellos. Aunque no sé yo si serán capaces, porque muchos juegos no los entendían muy bien.
La verdad es que estos niños son incombustibles. Quizás cuando llegan a casa caen rendidos, pero aquí no paran de correr y de chillar y de saltar. Y están bastante más hechos al sufrimiento que los nuestros.
Ayer a mitad de tarde una de las niñas se hizo un corte en el pie. Yo sólo veía algo de sangre, pero se apreciaba bien qué tenía, ni cómo se lo había hecho. Llamé al director para ver si tenían botiquín, pero todo lo que encontramos fueron un par de botes de agua oxigenada. Así que me cargué a la niña a la espalda, y nos fuimos a la farmacia, porque me dijo Edmundo que allí le podían curar. Imaginaos la cara de la gente cuando veían a un blanco con una niña a la espalda cuyo pie estaba sangrando. Je je, muy curioso. El caso es que llegamos a la farmacia y nos dijeron que allí no le podían curar, que la llevásemos a una clínica que había al lado. Los que veis los Simpsons sabréis perfectamente lo que pasó por mi cabeza si os digo que aquello parecía el garito del médico argentino de la serie. Así que cogimos un taxi, y con Jesús, el amigo de Edmundo, nos vinimos al seminario. Saqué el bolsón de farmacia que me preparó Ana, y guante en mano, le limpié un poco, le di yodo y apareció ante mis ojos un corto no profundo, pero sí grande. Así que le puse unos puntos de aproximación, una gasita, y a correr. La niña no se quejó ni un poco, y eso que se retorcía bastante entre el dolor y el escozor, pero ni medio chillo. Le di un zumito, una camiseta y un juguete de esos que vienen con los cereales, y se fue más contenta que “chupín”.
Me quedé un poco preocupado por si realmente necesitaría que se lo cosiesen, pero esta tarde ha venido y ha estado jugando con los demás.
¿Sabéis con qué se cortó? Con alguna de las más de veinte chapas de botellines de cerveza que he recogido esta tarde. O a lo mejor con alguno de los cristales de las mismas. A menudo se hacen celebraciones en el patio del colegio, y aunque se limpia, quedan muchísimos restos que son fatales para unos niños que sólo tienen sandalias.
Pero de verdad que me ha sorprendido verla correr, porque supongo que aunque le doliera, quería aprovechar otra tarde un poco diferente a las normales. Y es que estos niños disfrutan, aunque no entiendan a qué están jugando. De los treinta que hemos jugado hoy al balón quemado, creo que sólo uno ha comprendido bien cómo iba la cosa. Porque los límites del campo de juego no pueden frenar a un niño que quiere divertirse, y por eso ellos corrían, corrían, y corrían, sin importarles salirse del terreno.
No puedo evitar dejaron unas fotos de algunos de ellos, incluso un vídeo de la “carrera de borrachos” (por supuesto que no les he dicho que se llama así) que hemos hecho hoy. Ha sido muy curioso. En principio era una carrera de relevos entre cuatro grupos, por lo que tenía que haber cuatro niños haciéndolo a la vez. Alguno de los viajes he visto a algún niño que me sonaba que ya lo había hecho, y poco a poco, he ido comprobando que cada vez había más, hasta un momento que estaban casi diez. Ya os digo que las normas para estos no existen. Así que hemos hecho un experimento, y han salido los 40 a la vez a hacerlo. El resultado, a continuación.




Como veis, he tenido niños de todas las edades, desde unos tres o cuatro niños, hasta alguno de más de catorce. Y por supuesto que son como todos los niños del mundo, incluso con más genio, porque hoy hasta ha habido varios que se han sacudido. Pero esa alegría e ilusión que derrochan es impresionante, y de verdad que me da muchísima rabia haber venido durante las vacaciones, y no haber podido hacer alguna especie de cursillo con los catequistas para enseñarles juegos de éstos.
Esos niños son el futuro de África, y uno sólo puede desear que esa ilusión no desaparezca, que ese brillo en los ojos no pierda fuerza, que esa alegría les haga pelear por un futuro mejor. Aquí deben saber de la importancia que tienen, porque incluso les han dedicado una calle. y es que todos estos niños se lo merecen.



Dos cositas: Ya están disponibles los comentarios, pero están a modo de pruebas, así que no sé si funcionarán bien. Si los colgáis, y al cabo de un tiempo veis que pone que los he suprimido yo, no os asustéis, es un fallo del programa, pero tampoco los volvais a escribir, ya que yo sí que puedo verlos, y los publicaré cuando pueda, así que paciencia, ¿vale?

La semana que viene es posible que no consiga escribir en el blog. No estaré en el colegio, así que no sé si me podré conectar. Así que en cuanto pueda os escribiré para contaros.

jueves, 19 de agosto de 2010

Desde el corazón de lo humilde

Esta semana le propuse a Edmundo un trato. “Yo te invito a cenar por ahí, y un día vamos a cenar a tu casa, y así conozco a tu mujer y a tu niña, y donde vives”. Él se tomó unos segundos para pensarlo, y me dijo “Vale, si no llueve ese día vamos”. Y es que la zona donde él vive se pone muy complicada con el agua.
Así que después de cenar anoche por ahí, hemos ido hoy a su casa. Me dijo “donde yo vivo es como Niumbili, pero sin asfaltar”. Y a tenor de lo primero que vimos no le faltaba razón, añadiendo que está bastante lejos de la ciudad, y que la red eléctrica no llega a esa zona, por lo que dependen de unos motores que encienden por la noche. Esta vez fui precavido, y me llevé una linterna para poder saber dónde pisaba. Es una barriada donde las casitas de madera con techo metálico se alternan con alguna bastante mejor. “En este lugar hay pobres y ricos”, me decía señalando una mansioncilla que había en medio de las chabolas. Os podéis imaginar que la gente me miraba raro al ver a un blanco por allí, cosa que a mí ya no me parece tan rara. Al llegar nos recibe su mujer, Resu, y despertamos a la niña que estaba durmiendo en el sofá. La pobre estaba agotada después de todo un día jugando.
Notaba en Edmundo cierta sensación de pudor cuando me enseñaba su hogar, ajeno a que a mí me resulta mucho más entrañable una casa como la suya que una gran mansión. Básicamente consistía en un saloncito con una tele, un sofá y un sillón, una cocinita que no llegaría al metro cuadrado, separada de la sala por una cortinita, y la habitación, que nunca nadie enseña al que llega a su casa. El baño es compartido con la casa de al lado: la de sus suegros. Levantaron esa casita ellos mismos, pidiendo ayuda sólo para cementar el suelo. Y allí había lo justo para poder vivir. Según el estilo de vida que se entiende aquí, claro. Cualquiera de nosotros no duraría ni dos semanas. Se me hacía duro pensar que toda su vivienda entera, para tres personas, es más o menos del tamaño de mi salón. Y más duro todavía al comprobar, no sólo que él trabaja de profesor, sino que su mujer también es enfermera. Qué ironía, ¿no? El único punto en común de nuestras dos realidades, donde todas las demás diferencias provienen de una sola razón: 5000 km de distancia.
¿Y cómo se queda uno con todo esto? Pues raro. Por un lado, dando gracias por lo que uno tiene. Por otro, lamentando no ser lo suficientemente consciente de dicha suerte como para saber apreciarlo. Por supuesto, afortunado por poder acceder a una realidad que muchos de los que llevan años por aquí probablemente ni conozcan. Pero también orgulloso, orgulloso de gente como ésta, que vuelve una vez más a demostrar que no hacen falta grandes cosas para vivir, cuando la sencillez se vuelve virtud, cuando la honradez se erige en estandarte de la forma de entender la vida. Y sobre todo, admirado al comprobar que un texto como el de las bienaventuranzas, que a nuestros niños cuesta tantísimo comprender, aquí se ve, se palpa, se mastica, se huele, se siente, y sobre todo, se entiende.
Al salir hemos ido por otro camino, el que pasa por detrás de la casa. Me he quedado admirado por la belleza natural de la parte trasera, donde la vegetación salvaje formaba una especie de jardín botánico que a cualquiera de nosotros nos haría abrir la boca de admiración. Con la única luz que nos regalaba la luna, creo que esa es una de las estampas que rescataré cuando, ya en España, cierre los ojos y recuerde todo lo vivido en esta tierra. Edmundo se reía cuando le decía “¿sabes lo que daría cualquier madrileño por tener esto al lado de su casa? “. Éste es uno de los pequeños grandes tesoros de los que disfruta los que viven no sólo la humildad de espíritu, sino también la material.
Pero antes de abandonar la casa, una muestra más de que los que menos tienen lo comparten todo: su mujer me ha regalado una bolsita con unos dulces caseros. Os podéis imaginar lo mucho que los estoy disfrutando, al saborear el cariño que va implícito en ellos.
Pero quizá todo esto les resulta difícil de entender. Ellos posiblemente piensen que para el hombre blanco lo de hoy es como rebajarse, e incluso pasar penurias. De hecho, quería venir conmigo en taxi hasta Malabo, para luego volverse él de nuevo, porque decía que estaba muy lejos. Qué va. Ni siquiera el peor viaje en taxi que he tenido hasta ahora, yendo siete personas (3 delante y cuatro detrás, imaginaos mi cara cuando ya estábamos seis dentro y ha parado a coger al séptimo) en un corolla que adelantaba por cualquiera de los dos lados a todo el que fuese a menos de 50, puede empañar una experiencia que ya he empaquetado para llevarla conmigo a España.
Muchos me habéis comentado que os sorprendía la facilidad con la que escribía, como con mucha soltura. Os puedo asegurar que para ninguno de los escritos que llevo hasta ahora he tenido que pensar tanto las palabras que mejor definen cómo se vive una ironía tan injusta como ésta. Y también podéis tener claro que sentarme delante del ordenador, para intentar poner por escrito lo vivido, hace que todo profundice y cale de verdad en mí. Vosotros, todos los que leéis esto, sois los culpables de que cada noche me obligue a escribiros un pequeño relato. Por eso, de verdad, gracias.




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Parece que está habiendo algunos problemillas con los blogs, y durante un par de semanas no estarán disponibles los comentarios. Si queréis hacerme llegar algún comentario, podéis hacerlo por e-mail, y yo intentaré colgarlos aquí, aunque no prometo nada!

jomorea@gmail.com

miércoles, 18 de agosto de 2010

Una cuestión de orgullo


Una de las hermanas de Batete, con las que compartí tarde el domingo pasado, me enseñaba unos vídeos de las actuaciones que habían hecho los alumnos de su colegio. Cuando veíamos una especie de obrilla de teatro, me decía “es difícil conseguir que lo hagan bien, porque les falta ese amor propio que empuja a uno a obligarse a hacerlo un poquito mejor”.
No quiero que entendáis este artículo como una crítica, sino como una descripción. Como ya os conté ayer, estoy empezando a hacer juegos con los niños, y la verdad es que la experiencia está resultando positiva. A pesar de tener que gritar, de ver como algunos no escuchan y por ende no entienden cómo funciona un juego, y demás situaciones que recuerdan al colegio más de lo que me gustaría, me permite ver otra realidad entre ellos.
Una de las cosas que más llama la atención al que llega de fuera es lo sonrientes que son los niños. Realmente, apoyándose en la seguridad que hay en las calles (o puede que sea mejor llamarlo falta de inseguridad) los niños disfrutan correteando por ahí. Y sonríen, tanto que hace que sus ojos y dientes, que son lo único blanco que tienen, resplandezcan más de lo que uno está acostumbrado a ver. Y así se comportan también cuando uno hace este tipo de juegos: corren, y corren, y ríen, a pesar de no entender muy bien qué es lo que están haciendo.
Pero incluso aquí se nota esa falta de amor propio que me decía la hermana. Muchas veces da igual que hagan las cosas bien o mal, incluso en una carrera parece que van a “paso de burra”. Pero por eso os digo que no quiero que veáis esto como una crítica, porque no lo es. Realmente lo único que buscan es disfrutar lo que hacen en el momento. ¿Y quién no?
Del mismo modo que los niños sonríen, los jóvenes no lo hacen tanto, y los mayores deambulan con rostro serio. Y es que hacerse mayor en África tiene que ser duro: pasar de la felicidad que nace de la ausencia de preocupaciones, a un despertar a todos los problemas que uno se encuentra en su día a día aquí. Es algo que también se puede ver en España, pero a muy pequeña escala. Quizá hoy nuestros niños están tan alienados por la televisión-consola-ordenador, y tan acostumbrados a encontrar novedades en cada día de su infancia, que no reaccionan con el mismo entusiasmo ante las pequeñas cosas. Aquí uno suelta un balón de fútbol e inmediatamente oye a todos los niños chillar y perseguirlo. Porque no hace falta mucho más.
Hoy algunos niños han descubierto que una clase estaba abierta, y han entrado. Cuando he ido a decirles que salieran fuera para jugar con los demás, me he encontrado a varios sentados en los pupitres, como “jugando” a ser estudiantes. Y es que aquí el verano se hace más largo, porque no hay campamentos, ni piscinas, ni nada que haga de las vacaciones otra cosa que una sucesión de fines de semana, que a la larga se hacen hasta tediosos. Por no haber, no hay ni playas. Y eso que estamos en una isla.
Quizá esa falta de amor propio no es la razón de la situación del país, sino una consecuencia de la misma. Pero hasta eso cuesta ver con la mirada del que viene de fuera, porque lo que uno piensa es que es la causa de los problemas. Quizás muchos nunca han tenido a nadie que les enseñe qué es eso del orgullo, de la esperanza, del espíritu de superación. Tal vez todas éstas sean de las cosas que más hacen falta, pero que nadie ha sabido despertar.

martes, 17 de agosto de 2010

Y llegaron los niños!

Hace un par de semanas, cansado de no tener nada que hacer por las tardes, pero no de seguir buscando, hablé con el párroco. Le di un papel con unos horarios para que viniesen los niños de la parroquia por las tardes y así hacer juegos con ellos. Los convoqué por edades, porque si venían de golpe los 200 que hay en misa de niños, a ver qué hacía yo con ellos. El lunes no iba a poder, pero el martes allí estuve preparado para ver cuántos venían. Incluso les dije a los jóvenes de la convivencia de Luba que vinieran, para echarme una mano. Así, si no venían niños, por lo menos hacía algo con los mayores.
Pero allí no apareció nadie. Estuve toda la tarde allí, más tirado que una colilla, esperando que vinieran. Finalmente vi al cura que había dado la misa de niños, y me dijo que a él no le habían dado ningún aviso, por lo que él tampoco había dicho nada a los niños. Vaya. Todo mi gozo en un pozo.
Pero este domingo lo tenía más fácil. José Ramón daba la misa de niños, y a él se lo podía decir directamente. De hecho, como en todo mi domingo la única actividad fue hacer una tortilla de patata para que la probaran los curas, me fui con él a esa misa. Y de hecho no sólo lo dijo y lo vendió como una semana cultural (pfff), sino que incluso añadió “y estaréis con ese blanco que habéis visto que ha venido a comulgar, y que está allí al fondo”, con lo que los niños sabían hasta a quien buscar.
Y allí estaba yo a las cuatro de la tarde. Pero ni rastro de un niño. A las cuatro y media ha venido un hombre mayor preguntando por ello, y yo le he dicho que sí, que se iban a hacer juegos, pero que no había venido ningún niño. Por lo menos he conseguido que me dijera que iba a traer a un par de niños que tiene, y a algún amiguito del barrio. Menos da una piedra.
Con toda mi desolación, cojo el teléfono cuando me llama José Ramón. “¿Oye, estás con los niños?”. No, no ha venido nadie. “Pues es que tengo aquí como a unos 15, que están en la iglesia.” ¡Pues mándamelos! No hace falta que redunde en los problemas de entendimiento con los guineanos, ¿no?
Pues aún así tendré que hacerlo, porque si con los mayores es difícil entenderse, con los niños ni os cuento. “Para pillar jugando a la cadeneta tenéis que estar todos unidos de las manos, no os podéis soltar”. Y cuando doy la señal, salen todos disparados cada uno por su lado. “Bueno, vamos a cambiar las normas. Podéis soltaros, pero no podéis salir de estas dos líneas”. Y cada uno corriendo por donde le daba la gana. Bastante desesperante la verdad. Pero ha estado bien. Lo que tendré que hacer será buscar juegos para muchos niños, y que sean muy sencillitos muy sencillitos. El que mejor ha funcionado hoy es el de “Aviso, peligro, ¡bomba!”, que yo he rebautizado como ¡rayo!, no sea que a alguno le resulte familiar. De cualquier modo, se admiten sugerencias sobre qué juegos hacer.
Así que las próximas tardes de esta semana prometen. Prometen hasta hacerme llegar al inicio de curso con los problemillas de garganta de los que me había olvidado este verano. Pero en cualquier caso, bienvenidos sean.
Al final les he dicho que se pusieran para hacernos una foto, y me he tirado casi 10 minutos. No me hacían ni caso, así que otro día intentaré hacer algunas que salgan mejor. De momento, os dejo estas dos.

lunes, 16 de agosto de 2010

Alquimia genética

Ayer estuve en una fiesta. No es novedad, porque casi todos los fines de semana hay algo que celebrar. Tampoco fue novedad conocer a alguien que ha conseguido un estatus de vida relativamente bueno a base de cultivar la tierra. Parece que aquí todo el mundo está tan centrado en el petróleo, que se olvidan de lo esencial. La facultad de ingeniería está llena, mientras que la tierra está abandonada, a pesar de que utiliza como reclamo esa tremenda fertilidad de la que ya os he hablado alguna vez. Pero sí que los protagonistas de esta fiesta eran algo reseñable.
Era el cumpleaños de un amigo de Felipe. Nos habían dicho que pasásemos a partir de las 4. Llegamos a las 6, y allí no había nadie ajeno a la casa. De hecho, la comida no se sirvió hasta las 9.30. Horario guineano. Lo primero que me llamó la atención fue ver una blanca allí. Además, con cierta pinta de española. Y Felipe me contó que era la nueva novia de su amigo. ¿Y sabéis cómo la había conocido? Por internet. Je. Para que luego me digan que no sirve de nada estar todo el día en el ordenador…
Si Malabo es un pueblo, y las noticias entre la gente vuelan, imaginaos un caso así, de los que todavía por aquí no hay muchos. No porque no quieran ligar por internet, sino porque lo de acceder a la red está un poco difícil. Sin embargo ya veis que estas cosas también pasan por aquí, y eso que en la tele guineana no ponen el “Diario de Patricia”.
Pero eso no es lo más curioso de todo. Al menos no para mí. Lo curioso eran ellos dos en sí. Ahmed, que así se llama el hombre en cuestión, tiene sangre guineana y árabe. Si uno lo mira, después de fijarse en la claridad de su piel, pensaría que tiene ascendencia polinesia, por los rasgos de su cara. Vamos, un conjunto muy difícil de ver por aquí. Y ella resulta que no era española, sino cubana. Cubana de piel blanca y ojos azules. Vamos, otra muestra del legado que dejó la amistad comunista entre Rusia y Cuba.
Recopilando toda la información que tenemos hasta ahora: si tienen hijos, sus genes saldrán de una batidora en la que mezclaremos ingredientes guineanos, árabes, cubanos, y rusos. Los pobrecitos no van a saber con quién ir cuando haya olimpiadas…
Y es que por aquí, aunque no sean demasiados, sí que se ven casos de mezcla genética. Hay mucha gente con la piel muy clara, incluso he visto varios albinos. La verdad es que es bastante impactante, porque tienen todos los rasgos faciales de un guineano, pero en blanco y con muchas pecas. Al menos aquí no pasa como en otros sitios, porque leí hace unos días que un albino africano había tenido que salir de su país para evitar que lo mataran, a consecuencia de las muchas supersticiones que abundan en este continente.
Vamos, que aquí también uno puede encontrar casos de mestizaje bastante extraños. Y aunque muchas familias no ven con buenos ojos uniones de negros y blancos, es más fácil que se dé que entre las dos etnias principales. Más que nada por las costumbres. En el caso de los Fang, los hombres pagan una dote a la familia de la mujer. Pero a cambio, la mujer está mucho más dedicada a su marido, dando por hecho es que si hay ruptura los niños se quedan con el hombre. Entre los bubis no se hace esto, y es normalmente la mujer la que mantiene la custodia. Eso en los casos en que puede hacer frente a la situación, porque hay muchas que no son independientes económicamente. Por cosas como éstas es difícil las uniones entre ambas etnias.
Pero como en todo, parece que la cosa se va relajando, y poco a poco se va dando más libertad a la hora de elegir con quién quiere estar una persona. Aunque todo tiene su peaje: es otro de los factores que llevan a una maternidad que en España consideramos prematura, pero que aquí se ve como algo normal. ¿O quizá también eso está cambiando? Parece que poco a poco, las mujeres se van dando cuenta de que hay tiempo de todo en la vida, y que tener un niño a los 16 años frena mucho las posibilidades de formarse. Para “animar” a ello, en muchos centros el que una niña menor de edad quede embarazada lleva directamente a su expulsión del colegio. Cuando uno oye esto la primera vez, le resulta duro. Pero más duro es ver a niñas de 14 años con un niño a la espalda. Y aunque uno intenta pensar que así es, resulta que no: rara vez es su hermanito.

domingo, 15 de agosto de 2010

Hacer las cosas mal para que salgan bien.

Hacer las cosas mal para que salgan bien
Mucha gente piensa que en África viven en una jungla. Pero aquí la única jungla que hay es de asfalto. Uno no sabe bien qué es lo que piden para sacar el carnet, pero la pregunta tampoco tiene demasiado sentido cuando ve que lo normal es no respetar ninguna norma, y menos aún cuando hay mucha gente que conduce sin tener carnet.
Hay que tener en cuenta dos factores. Primero, las características de las carreteras de la ciudad. A esta gente le daría la risa si viese aquellos socavones que retrasaron las obras del AVE. Aquí hay auténticos cráteres en medio de la calzada, que hacen imposible que circulen por el carril correspondiente a su sentido. Y segundo, las características de los coches de aquí. No hay término medio: o coches que uno no se explica cómo pueden seguir funcionando, o todoterrenos de gran lujo, los cuales no son complicados de encontrar. Aún así, lo más normal es ver coches que en España no pasarían una itv ni de broma. Ya sea porque tienen los retrovisores colgando, o porque directamente no los tienen, o porque llevan las ruedas tan deshinchadas que se puede oír la llanta contra el suelo, o porque dejan una estela de humo negro a su paso ante la que a veces hay que pararse, cerrar los ojos, y contener la respiración. Mención aparte merecen los taxis. Si ya os comenté que algunos tenían la luna delantera rota, hace poco me tocó montar en uno que llevaba el golpe en la parte del conductor, por lo que continuamente tenía que ir moviendo la cabeza para ver algo, e incluso sacarla por la ventana. Algunos llevan tal pedrada, que se forma como una bolsita hacia dentro del coche, de hasta cinco centímetros de profundidad. Vamos, que si estuviese hacia fuera podrían usarla de posavasos.
Y aunque en algunos cruces hay semáforos, todavía son mayoría los cruces que quedan a la libre interpretación de los conductores. El problema es que cada uno lo interpreta a su manera. Los semáforos es lo único que se respeta, por lo que es lo demás, nada de nada. En España, ante una rotonda, uno supone que el que pretende entrar en ella normalmente parará para dejar paso al que ya está tomándola. Aquí, uno supone que el que quiere entrar en la rotonda ni siquiera va a mirar a ver si viene algún coche. Menos mal que cuando a uno le pitan, se podría decir que ni hace ademán de haber oído nada, que si no acabarían a palos.
Lo de los intermitentes es también para hacer un estudio. El día que un guineano ponga un intermitente, no ya para señalar que va a girar, sino para indicar que va a frenar en seco para dejar a alguien, me pararé y aplaudiré entusiasmadamente.
Aún así, no se ven muchos accidentes, porque todo el mundo tiene tan claro que el otro puede hacer cualquier cosa, que cuentan con ello y reaccionan rápido. Es como si hubiera que hacer las cosas mal, para que salgan bien. Bueno, esto es lo que os habría contado si este post lo hubiera escrito hace unas semanas. Porque en apenas cinco días, tuve noticia de tres muertes por atropello, dos accidentes con varias víctimas en la carretera de Luba a Malabo, e incluso fuimos testigos de un par de ellos. Y en varios de ellos, los que lo habían provocado eran altos cargos de la policía. Se ve que ellos están al margen de la ley, pero no de la Física.
Yendo por la carretera del seminario, con dos o tres carriles para cada sentido, vimos como un jefecillo entraba sin mirar, chocaba con un taxi, y hacía que ambos coches cruzaran de lado a lado hasta chocar con una farola de la otra acera. Menos mal que coincidió con uno de los pocos momentos en que no pasaba nadie en sentido contrario. Otro de los días, estando en la terraza, oí una de esas frenadas que parecen eternas, y que hacen que uno estire el cuello para ver si se oye un “pum” al final. Pues esta vez sí que se oyó. Botoco salió corriendo desde su habitación, y vimos como un taxi había perdido el control y se había estrellado contra una señal de peligro (menudo vidente el que la puso ahí) hasta tumbarla en la acera. Edmundo fue el que me contó que yendo de Malabo a Luba vio un choque frontal de dos coches, y cómo se podían ver los cristales llenos de sangre.
Y es que en carretera, uno sufre. Porque lo de las líneas del suelo es algo orientativo. Aquí una línea continua no significa nada, y los coches invaden el carril contrario sin temer que aparezca un coche desde más allá de los diez metros de visibilidad que tiene la curva. Yo me pongo malo, porque no hay necesidad ninguna de hacerlo, y uno duda que vayan a tener esa capacidad de reacción para volver a su carril si aparece alguien en el otro sentido.
En esa carretera que une las dos ciudades más importantes de la isla, se puede ver cada pocos kilómetros cómo los “quita miedos” ya han hecho su función, pero no están listos para volverla a ejercer. Hay algún coche volcado en los arcenes, y en uno hasta se ven ramos de flores, indicando que ese fue el triste final de algún conductor. Por no hablar de los puntos desde donde se accede a las canteras, que están llenas de gravilla. En fin, un peligro importante, rebajado ligeramente por el hecho de que no se puede correr mucho. Pero hasta las señales de velocidad son orientativas, y hay tramos de 50 en que todos los coches van a 90.
No sé si hace falta a estas alturas que os hable de los pasos de cebra, donde uno se santigua antes de empezar a cruzar la carretera. O aquello de incorporarse en una carretera de varios carriles hacia la izquierda, donde dan ganas de decir “una, dos y tres”, y cerrar los ojos.
Los primeros días me preguntaba si yo podría conducir con el carnet de España. Después me enteré que simplemente tenía que ir a tráfico para que dieran uno convalidado. Ahora me alegro de no haberlo hecho. Todo para ellos.





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Actualizando:
El otro día me acordé de dos problemas de entendimiento con los guineanos que no os había contado. El primero es encontrarse de frente con la pregunta: "¿Y cuál es su gracia?". Se ve que esto significa que quieren saber cómo te llamas, pero vaya, como para adivinarlo...

Y la segunda ya es la bomba. "Abre el bote, lo utiliza, y si falta lo tiene que tirar". Vamos a ver, si falta, tendré que abrir otro, ¿no? Pues no, aquí vuelven a intercambiar dos palabras que para colmo son antónimos. "Si falta" quiere decir si sobra. Así que "faltan" los comentarios.

sábado, 14 de agosto de 2010

De Ma....labo a Ma....iami

Acabo de llegar de hacer un viaje de miles de kilómetros. He viajado de la costa este de Estados Unidos, a la costa Oeste de África, a una islita llamada Bioko cuya capital es Malabo. ¿Que cómo he podido hacer ese viaje? En coche. Son cinco minutitos (eso sí, con peaje incluido). De hecho, a la Miami de aquí se le conoce como Punta Europa, y es un sitio de torres metálicas altas con luces rojas en lo alto, para que los aviones que pasan apurando puedan esquivarlas. Alguno incluso podría pensar que es una ciudad olímpica, porque tiene antorcha. Pero esta no indica que estamos en plena olimpiada, sino que el petróleo y el gas siguen fluyendo al mismo ritmo que los dólares.
En el sitio de donde vengo no se habla español, se habla inglés. Así lo atestiguan las señales de tráfico en lengua anglosajona. Pero es un sitio raro: allí todos son inmigrantes, pero no se ve miseria. De hecho, son los locales los que ocupan los puestos de la hostelería, para servir los cócteles a los que vienen de lejos. Esto en España sólo se entendería en un sitio de turismo, pero los que llenan los bares no son turistas, sino trabajadores. Es algo así como el mundo al revés.
Lo que tiene en común con la cuidad es que también son todo casitas bajas. Solo que en muchas de estas hay máquinas de gimnasio, y hasta jacuzzis. Y el club social, o “Club House” como lo llaman, podría pasar como el bar de un hotel de cuatro estrellas a pie de mar, con su piscinita y todo. Sí, de esa que tiene unas luces que la iluminan por la noche, y queda la mar de bonito. Hasta hay un pequeño edificio donde se hace animación, y los ingleses, estadounidenses y demás “inmigrantes” disputan un concurso de preguntas y respuestas, dirigido por el “equipo de animación”. Pero vuelvo a repetiros que esto no es un resort. Es un sitio de trabajo.
Ana, la chica de Logroño, vive en la planta petrolífera. Trabaja para una de las empresas que explotan (literal y metafóricamente) los recursos del país. A ella no le gusta mucho, pero la llegada de extranjeros pudientes ha puesto tan alto el precio de los alquileres en la ciudad, que no le ha quedado más remedio. Y me invitó a pasar allí la noche del viernes, que coincidía con la “happy hour” del Club House. Como si allí hubiera alguna hora triste…
Es un sitio más que curioso. De verdad que uno podría pensar que está en Salou, o en Tenerife, o en cualquiera de esos sitios diseñados para los turistas de piel quemada por el sol. Y allí hemos estado, tomando unas cañas, e incluso permitiéndonos el lujo de pedir algo de comer de la carta, después de degustar las costillas de cerdo del buffet que ponen, para que la gente que se toma dos cervezas al precio de una no se emborrache demasiado. Y eso que allí, un sitio donde no creo que haya nadie que esté por una razón distinta al dinero, no importa gastarse pasta. Más que nada porque lo único que uno se gasta es calderilla. Resulta muy violento ver que una hamburguesa cuesta la mitad de lo que se pagaría en la ciudad por algo peor, cuando los que se la toman cobran diez veces más que la gente de a pie de Malabo.
Para que os hagáis una idea. El otro día estábamos Edmundo y yo tomándonos un helado en un bar, y vinieron tres niños, se apoyaron en la barandilla, y me dijeron “Siento hambre”. Hay tres cosas que me repateaban de esa situación. La primera es que me lo dijeran a mí por el hecho de ser blanco. La segunda, que seguro que me lo dijeran no porque tuvieran hambre de comida, sino de helado. Y la tercera, que esa carita de pena se transformara en risas y choteo cuando les dije “esperad aquí y ahora os cojo algo”. Pero al fin y al cabo no dejan de ser niños, y me da igual si era verdad o no que tenían hambre. Prefiero dar lugar a que me engañen, que negarle comida a un niño. De modo que cuando nos tomamos el helado, fui al “restaurante” de enfrente, y les compré un plato de patatas fritas para llevar. Me costó 2000 francos. Hoy, por el mismo precio, me he tomado una hamburguesa con queso, bacon y patatas fritas que no sólo estaba de miedo, sino que además era bien contundente. Ahora comparad el poder adquisitivo de la gente que visita un lugar y otro.
La gente que está en la planta tiene ciertos privilegios. Pero como en todas partes, hay clases y clases. Los jefazos tienen casitas unifamiliares con todo tipo de detalles. Los operarios, viven en casas de plástico. Los primeros tienen cocina. Los segundos no. La diferencia principal no es que uno puedan comer en casa, y otros tengan que ir a la cantina, sino que aquellos que pueden cocinar tienen cada dos semanas un “Food drop”. Vamos, que viene un avión lleno de comida fresca (carne, pescado, fresas, frambuesas, y demás cosas imposibles de encontrar en la ciudad), una especie de supermercado en el que la única diferencia es que no se paga al salir. Al ir a trabajar dejas tu ropa sucia en la puerta, y al volver por la tarde la encuentras lavada y planchada. Que bastante “sacrificio” hace ya esta gente al salir de su país para ir a ese lugar tercermundista… Y me cuenta Ana que mucha de la gente se queja. Y le dan ganas de decirles “¿Pero tú que vives, en Ma….labo, o en Ma….iami?”
Ana no tiene esos privilegios. A ella la contrataron ya desde Guinea, por lo que no tiene el trato de expatriada, lo que no sólo afecta a su sueldo, sino también a sus vacaciones. Pero apostaría a que es mucho más feliz que el resto. Mucha de la gente que hay allí no habrá pisado nunca la ciudad. De hecho, desde la planta se inculca cierto miedo, vendiendo que es una ciudad muy peligrosa (otra cosa igual sí que es, pero peligrosa os aseguro que no). De ese modo, se evita que salgan y se pierdan. Es muy triste comprobar que algunos van del aeropuerto a la planta, y de la planta al aeropuerto.
Es una ciudad ficticia, en la que se aplica la forma de vivir de los Estados Unidos. Esto es, el miedo. Bajo el lema de “Safety first” (la seguridad es lo primero), todo se controla. No os quiero ni contar el cuadro que se ha montado cuando a uno se le ha caído el vaso al salir a la terraza, y han quedado cristales por el camino. Dos camareros avisando a todos los que pasaban, hasta que se ha podido barrer y colocar uno de esos carteles amarillos que indica “suelo húmedo”. Aún así a los diez minutos ha pasado uno y se ha caído. Pero como era la hora feliz, no había lugar al enfado.
En fin, que los que aquí vienen a llenarse los bolsillos (cosa muy respetable, por otro lado) pueden relajar tensiones en el súper gimnasio con máquinas de última generación, o en las pistas de tenis, o en las canchas de baloncesto, o hasta en el campo de golf (sic). Al fin y al cabo ellos lo han dejado todo para venirse aquí a sufrir. Pero me da igual. Yo no cambio mi vida por la suya.
Al principio a uno le surge la duda de si debe ir ahí. De si no será eso un ejercicio de hipocresía, después de conocer la auténtica realidad de esta ciudad. Pero luego te das cuenta de que todo lo que sea conocer le sirve a uno. Incluso aunque sea para confirmar que dos mundos tan injustamente diferentes conviven a apenas cinco kilómetros. Porque el sabor agridulce que se saca de allí es fruto de la rabia que provoca ese contraste, y la satisfacción de saber que finalmente uno quiere tomar la opción que le hará más feliz. La que, a pesar de ser la más difícil, le permite a uno saber que su vida es un poquito más auténtica. Y que esa realidad tan irreal se la queden ellos. Que yo aspiro a ser ciudadano, del mundo de a pie.

viernes, 13 de agosto de 2010

Misma lengua, distinto idioma

Una de las preguntas que más me hacían cuando decía que venía a Guinea, era que qué idioma hablaban aquí. Yo respondía que español, que era el único país de África hispanoparlante. Iluso de mí. Una cosa es que lo hablen, y otra como lo hablan.
Uno encuentra varias barreras lingüísticas cuando llega aquí. La más difícil es la de los dialectos. El español es el idioma oficial, y todo el mundo lo sabe hablar, pero entre ellos utilizan normalmente las lenguas de sus etnias. Los fang hablan fang, y los bubis también tienen su dialecto, pero suelen hablar en pichi. Después de un tiempo he llegado a la conclusión de que esa palabra viene del “speak English”, que ellos pronuncian “pichinglis”. Es una mezcla rara de inglés, alguna palabra en español, y un ingrediente secreto indescifrable para alguien que viene de España.
Cuando hablan con un blanco, lo hacen en español, pero cuando se encuentran con alguien pasan a la otra modalidad, por lo que uno no se suele enterar de nada. Pero es entendible que lo hagan, porque es lo que suelen hacer normalmente. Los que hablan en pichi, cambian alternativamente al español, sin que uno entienda en qué momentos concretos lo hacen. Es bastante raro.
Otro problema es el del volumen. Si metemos en una coctelera una persona acostumbrada a hablar para el cuello de su camisa, con alguien que viene de La Rioja, donde no es que seamos muy sutiles ni con el tono ni con el volumen, obtiene como resultado un dolor de cuello al intentar estirarlo para oír lo que dicen. No pocas veces he tenido que repetir hasta tres veces a alguien un “es que no te oigo”, pero ellos no suben el tono, más que nada porque el significado que tiene para ellos esa frase es “no te entiendo”, pero no se dan cuenta de que el problema es de volumen. Me alucinaba al principio como cuando uno iba en un taxi y alguien hacía una seña de que quería montar, decía a volumen bajito el lugar al que quería ir, y el taxista, aún con la música altita, le entendía. Yo casi ni percibía que había dicho algún sitio. Sin embargo, cuando era yo el que decía un sitio desde fuera del coche, aún medio gritando, no me entendían. Pero parece que a todo se hace uno, porque ya voy captando esas cosas, quizá también en parte porque voy conociendo los sitios que dicen.
Pero lo más complicado es el significado distinto que tiene las palabras aquí y allá. Porque aunque hay palabras propias de aquí, no son muchas. Por ejemplo, chapear significa cortar la hierba, cebu significa vaca, etc… Eso sí, cuando uno dice una frase cuyo significado cree que está claro, y o no te entienden, o hacen algo que no tiene nada que ver, hay que empezar a pensar que quizá sea porque la semántica de las palabras utilizadas poco tiene que ver con lo que conocemos en España.
Varios ejemplos. Cuando fui con la gente del coro a Luba, les decía una situación que tenían que interpretar. De las cuatro parejas, sólo dos hicieron algo parecido. A unos les dije que uno de ellos tenía que pedirle al otro que le ayudara a preparar unas canciones, pero éste estaba cansado y se tenía que ir a casa. La dramatización que hicieron fue que uno paraba a otro para decirle que tenía un problema muy serio, y el otro le respondió que claro, que iban a tomar una cerveza para que le contara qué le pasaba. Cuando terminaron tuve que improvisar rápido algo, para evitar que pareciera que pasaba un seto rodando por delante nuestro ante mi estupor. En la otra pareja, el papel del primero era el mismo, y el segundo, aunque tenía que ir a recoger a su hijo, tras hacerse de rogar, terminaba accediendo. El resultado fue que uno hacía que llamaba por teléfono al otro, quien directamente aceptaba sin poner ni media queja. ¿Alguien se lo explica? Yo no.
Este sábado, hice unos juegos con los seminaristas. Aprovechando que éramos todo chicos, hice el juego de la manta. Os lo cuento rápidamente. El voluntario tiene que ir diciendo prendas que lleve encima, hasta que acierte cuál hemos elegido los demás. Cada vez que dice una prenda, y no es, se la tiene que quitar. Así, hasta que se le deja en calzoncillos, porque la prenda en cuestión es la manta que usamos para taparle. Se lo explico al primero, y me dice que vale, que lo entiende. Y dice
- La camiseta de Antonio.
- No, no, tienes que decir una prenda que lleves tú encima.
- La bufanda.
- ¡Pero si no llevas bufanda!
- Las sandalias de Jesús.
Y así todo el rato, hasta que parece que lo entendió. Cuando el segundo que salía al juego empezó a hacer lo mismo, me empecé a dar cuenta. Lo que significa para nosotros quitar, para ellos es sacar. Porque quitar significa quitarle a alguien. Aunque hay veces que los significados se intercambian. Uno se “saca” una prenda y “quita” una foto. Una auténtica locura.
Ya ni hablamos del verbo venir.
- ¿Vienes?
-Sí, vengo.
Y por último, el tono. Cuando uno viene aquí se siente violento por la forma de decir las cosas. Parece que te van a morder, porque son muy bruscos en las formas y en las palabras que utilizan. Se me salían los ojos de las cuencas cuando veía a Edmundo, que es todo pachorra y calma, chillando a uno de sus alumnos del curso de verano (que tendría unos 40 años) porque no sabía hacer una cosa que acababan de explicar. Yo, que a la hora de hablar con la gente prefiero pecar de suavidad, alucinaba. Pero luego te das cuenta de que es la forma de hablar de ellos, y aunque parece que se están echando broncas continuamente, el “abroncado” no parece darle mucha importancia.
Por todo esto que os acabo de contar, si cuando vuelva me preguntan que qué idioma hablan en Guinea, les diré: Mira, no lo tengo muy claro.

miércoles, 11 de agosto de 2010

¡Mira un chino!


Mi amigo Diego, que cuando le da por un chiste te lo puede contar mil ochocientas veces, nos dijo durante un tiempo: Tú vas por la calle, ves un chino, y dices “Mira un chino”. Lugo ves a un japonés, y dices “Mira un chino”.
Pues eso es una de las primeras cosas que podría haber dicho cuando llegué a Guinea. Bueno, hubiera sido más correcto decir “Mira un camión cargado de chinos”. Y para dar todos los datos ,“Mira un camión cargado de chinos un domingo a las seis de la mañana”.
Y es que uno podría pensar que todas esas grandes obras que leíais en el post de ayer dan trabajo a casi todos los guineanos. Pero no es así. En infinidad de obras se ven a chinos trabajando desde que sale el sol (o antes incluso) hasta que se pone. Y no es una exageración lo que os digo del camión. En un remolque se transporta a tantos chinos como en él caben de pie. Cuando le pregunté a un guineano que por qué había tantos, me dijo “es que son mano de obra barata”. Joder, escuchar eso aquí impresiona. Pero es la única forma de entender cómo habiendo tantas obras en marcha, hay tanto paro en el país.
Cuando uno va por Malabo 2, uno de los grandes edificios que se ven es el de China Daliang. Y es que se ven chinos no sólo levantando construcciones, sino también en las obras de urbanización de la ciudad (aunque la expresión parece un contrasentido, aquí primero se construyeron las casas, y luego se llevaron las instalaciones de alcantarillado y líneas eléctricas). Por eso, si uno se mueve por la ciudad a las 6 de la mañana, o a las 6.30 de la tarde, seguramente verá alguno de esos camiones en los que se mete a las personas como si fueran mercancía. Quizás porque en efecto lo son. Estos chinos no vienen por su cuenta al país, a buscarse la vida. Es la propia empresa la que los trae, y aunque no he hablado con ninguno para que me lo corrobore, os podéis hacer una idea de en qué condiciones laborales hacen su trabajo.
Hay un caso que a mí me llama particularmente la atención. Toda la gente de Guinea conoce dos edificios que hay un poco más abajo de mi casa. Eso sí, seguro que ninguno sabe deciros para qué son. Bueno, sí sabrían deciros con qué fin se construyeron, pero no qué utilidad se les da. Son dos edificios bastante altos (aquí si una casa tiene tres plantas ya se puede considerar una torre), y bastante bonitos. Muchas veces, cuando paso por delante, hago el esfuerzo de intentar ver que hay dentro. Al principio me extrañaba no ver nada, luego me di cuenta de que eso es lo que hay: nada. Están vacíos. ¿Qué se suponía que eran? Viviendas sociales, vpo´s, para entendernos. ¿Qué utilidad tienen? Una muy extraña en otros sitios, pero muy habitual en esta: tapar. Hacer pensar que detrás no hay nada. Porque detrás, está Niumbili, el barrio más marginal de la capital. Y eso visto desde la gran avenida, no queda bonito.
Estas son las casas

Y esto lo que se ve entre ambos edificios
Justo al lado del recinto (porque está vallado, tiene zona ajardinada y hasta farolas modernas que iluminan por la noche), se ve una barrera de chapa, y una especie de viviendas hechas con contenedores prefabricados, de hasta dos pisos y todo. Dentro sólo se ve una cosa: carteles con letras chinas. Uno no tarda en comprender que ese es uno de los sitios donde hacinan a los trabajadores de las obras. Así se ahorran el transporte.
Sin embargo no son los únicos chinos. Por toda la ciudad se pueden ver carteles de “Estudio de fotos”, “Llamadas internacionales”, o hasta “Se vende chapa”, detrás de los cuales los únicos rasgos que uno encuentra son orientales. También hay bazares (con las mismas marcas que uno encuentra en España, y que aunque tengan nombre español vienen de China), restaurantes y tiendas de muebles de segunda mano. Todos estos son los chinos que uno ve por la calle y que no llevan un mono azul manchado de tierra.
Pero no sólo hay chinos. La otra gran empresa de construcción es Arab Constractors. Los árabes tienen mucha fuerza también aquí, y la mayor parte de las veces que uno ve a alguien que no es negro, suele ser árabe. Por eso supongo que vuela aquí Air Maroc, compañía con la que vine yo. También tienen restaurantes, almacenes de venta al por mayor, que comunican por el interior con supermercados que venden la misma mercancía pero en lotes más pequeños, restaurantes, etc… En la zona del antiguo estadio de Malabo, se pueden ver decenas de coches aparcados que importan los libaneses.
En la zona sur de la isla, también desarrolla trabajos una empresa de la India, por lo que más de una vez me he cruzado a alguno con un punto rojo en la frente. Y así, muchísimas nacionalidades.
Los otros que viven la cara más dura de la emigración son los cameruneses y nigerianos. Estos se suelen dedicar, además de a la construcción, a la agricultura y a la vigilancia. En la mayoría de los sitios, los guachis (maltraído del inglés “watches”) son extranjeros, y es que muchos no se fían de contratar a un guineano, porque dan por hecho que se pondrá de acuerdo con algún amigo para llevarse algo del sitio por la noche.
Vamos, que incluso en un sitio donde la pobreza se respira en el ambiente, la inmigración es un fenómeno de mucha importancia. Solo que aquí su explicación resulta más dura, porque la necesidad de un trabajo es mayor, y en lugar de dar trabajo a la gente del lugar, se conceden las grandes obras a empresas extranjeras que directamente se traen a sus operarios de sus países. Y es que, claro, para compensar los cánones que supongo que se dejarán en la administración, hay que traer a “mano de obra barata”. Aunque aquí, eso de “barata” creo que se queda corto, muy corto.

lunes, 9 de agosto de 2010

Hoy de comer…


Voy a hablaros de comida. Por lo menos de lo que he probado, que yo creo que es casi todo lo típico. Nunca he rehusado comer nada. Si algo no me hacía mucha gracia, sólo lo dejaba de lado en caso de poder elegir, y si no, para adentro. Que quién sabe cuándo tendré otra vez la oportunidad de volver a probar algo así. Además, forma parte de mi propósito de “ni pedir, ni rechazar”, aceptando lo que se me ofrezca, y sólo lo que se me ofrezca.
Bueno, la comida típica guineana consiste en algo de carne o pescado, arroz, y plátano. La carne y el pescado ya os comenté en algún momento que suele ser todo congelado. Me comentaron que la carne viene de Camerún o del Líbano (hay muchos árabes que hacen negocio con la importación de comida al por mayor), y se compran en cajas de diez kilos normalmente. Como visteis en una de las fotos de la primera semana (en torno al 6 de julio), hay pollo y pavo principalmente, también algo de cerdo y ternera (o cebu, como lo llaman aquí), y de pescado hay chicharro y merluza, amén de otros tipos que entran en la categoría de “pescados variados”. Supongo que será como los sobres sorpresa que venden los “hippies” en San Mateo, pero de pescado. Lo más raro de nombre que he probado yo es el pez sagrado. No sé si se llama así, o si le entendí mal a la cocinera y quería decir pez salado, porque madre mía, casi salían llagas en la boca.
¿Y no hay carne y pescado fresco? Sí, pero caro. Como en Malabo se mueve pasta, ya sea por parte de las empresas o de los altos cargos, la mercancía fresca sube mucho de precio, haciendo casi imposible que la gente de a pie pueda alcanzarla. El pescado fresco, que supongo que perderá gran parte de ese calificativo en cuanto lo plantan encima de esas tablas de madera al aire libre donde se vende, puede alcanzar los 6000 francos (9 €) por kilo, así que ni hablar. Y la carne fresca, yo, ni la he visto. Sólo se debe vender en algún mercado concreto por el que no he pasado.
Hay otra variedad de carne que es la autóctona. Aquí se come todo lo que se mueve, y las dos variedades más exóticas que he probado son el antílope y el puercoespín. El antílope sabe muy bueno, es una carne bastante dura, pero que bien cocida está muy rica. Y el puercoespín (o chuchú creo que lo llaman) es normal, aunque tiene pinta de pescado, porque la columna vertebral tiene como espinas. Y por supuesto se come entero, pero José Ramón no ha encontrado en mi un rival a la hora de decidir quién se come la cabeza del bicho: todo tuya.
Y otras dos cosas que se comen mucho, a tenor de la cantidad de puestos en la carretera donde se puede comprar, son los caracoles y los cangrejos. Los segundos no los  he probado, así que ni idea. De los primeros, hay dos variedades. Los de tierra son los más comunes, se encuentran por todas partes, pero no son como los de España. Éstos miden como unos 10 cm, y son bastante duros. Las hermanas de Batete con las que comí ayer domingo llevan años aquí y no han sido capaces de probarlos, que les da mucha cosa. La segunda variedad son los caracoles blancos, que son de mar, y deben estar buenísimos. No he tenido el placer.
Todo esto se condimenta con su salsa. La que más he catado aquí es una como de tomate con guisantes, patata y zanahoria. Pierde la gracia cuando ves que el tomate viene concentrado en latitas, y lo demás en otra lata de macedonia de verduras, pero está bueno. Hay alguna otra salsa que es súper pesada. La primera vez que la probé me tuve que ir corriendo a echarme la siesta, porque la digestión prometía ser horrible. Y un día probé una salsa hecha con cacahuetes, que por cierto estaba muy buena.
Y acompañando todo esto, la guarnición. Lo más habitual, plátano, banana, yuca o unas pelotas hechas con harina y no sé qué más que son un poco fuertes para el estómago. Aquí cuando dicen plátano se refieren a una variedad mucho más grande que lo que conocemos, y muy verde. Se puede comer cocido, que es como dar bocados a un trozo de miga de pan, porque no sabe a nada, machacado, que tiene algo más de gracia, o frito, que a mí me encanta, porque saca un poco del dulzor al que estamos acostumbrados. Lo que nosotros llamamos plátano aquí es banana, y esto pocas veces se ve. La yuca sabe como a patata, pero mucho más insípida. Pero bueno, es una forma de llenar el buche.
Aquí se echa en el plato la carne o el pescado, el arroz y el plátano, y se va comiendo todo a la vez. Yo, que me gusta ser un poco organizadito, troceo todo y luego me lo como. Pero de todo hay.
Cuando estaba en Santuario, la primera casa que me acogió, Judith siempre nos preparaba una sopita. A veces de fideos, a veces de alubias, y otras de unos caracolillos de pasta gigantes. Yo que soy un sopazas disfrutaba de ello, pero aquí en el seminario no me ha tocado todavía. Aún así, la sopa más famosa es el pepesup, del que ya os hablé: una sopa de pescado con picante. Pero aquí con el picante no se bromea: echa una miguita de más en tu plato, y te querrás morir. Y que no pase del final de la lengua, porque si se te cuela un poco en la garganta empiezas a toser como un loco. Y mira que a mí me gusta el picante…
Y por último, las frutas. Papaya, guayaba, sandía, piña, banana, y alguna variedad muy extraña cuyo nombre no recuerdo y cuyo sabor no me agradó. La papaya roja es muy codiciada aquí, con la guayaba se hace de todo, incluidos batidos y mermelada, y la pena de la piña es que no es temporada, y la poca que se puede encontrar por aquí no está muy dulce. También es muy típico el aguacate (mucho más blando que el de España, sabe como a mantequilla) y la atanga, que es una especie de uva gorda morada y alargada, con un hueso que ocupa más de la mitad del fruto, y que a mí me supo fatal. Aquí les gusta mucho, pero también se la dejo toda.
Bueno, y poco más que contar. El pan es como los bollos de perrito caliente de allí ( un poco mejor, pero no mucho), y como dulces típicos lo único que he probado es el pastel, que es como ellos llaman al típico bizcocho casero. ¡Ah sí! El desayuno. Cada mañana cojo una taza, echo agua, la caliento en el microondas, y después introduzco una cucharada de café (soluble en polvo), tres cucharadas de leche (en polvo), dos terrones de azúcar, le doy vueltas, y cruzo los dedos para que salga bueno. La alquimia de la receta que os acabo de decir es el fruto de mis investigaciones por el método de prueba y error. Y para acompañar, algo de fiambre (ahora mismo se nos ha acabado y estoy tomando una especie de carne de ternera enlatada y con un color un poco raro, pero aceptable), y la variedad africana de la nocilla que se llama “Tartina”, y que sabe más a cacahuete que a chocolate (que también se nos ha acabado). De momento vamos tirando con unos paquetes de cereales que le regalaron a Felipe.
Se admiten preguntas (aunque tú Cortijo estás agotando el cupo). Y también paquetes de jamón serrano a mi llegada, por supuesto.

viernes, 6 de agosto de 2010

Tan lejos y tan cerca

En ocasiones uno necesita irse muy lejos para valorar lo que tiene muy cerca. Parece contradictorio, e incluso injusto en algunos casos. También es cierto que a veces damos las cosas por supuestas, pero con los sentimientos no vale la teoría, y hay que llevarlos a la práctica.

Me pasó algo parecido con mi abuela. Claro que la quería, pero no supe darme cuenta de lo que tenía hasta que ya llevaba varios años creciéndome la barba. Aún así, creo que supe ponerme el mono de trabajo y demostrar ese cariño de forma abierta, para aprovechar y disfrutar de ella unos cuantos de sus últimos años con nosotros.

Lo cierto es que a pesar de considerarme una persona extrovertida y abierta, en ocasiones me cuesta demostrar ese cariño a la gente que más cerca tengo. Y después pensándolo, me siento fatal, pero ni siquiera con esas suelo ser capaz de cambiar este aspecto.

Hoy os quiero escribir a vosotros dos. Los que lo habéis dado todo por mí, y aún así siento que no he sabido agradecéroslo lo suficiente. Sí que lo he hecho de forma indirecta, pero no tantas veces de manera directa. Y creo que ya es hora de empezar a hacerlo. Por eso, esto pretende ser un homenaje a todos los que sois padres, y en especial a vosotros, papá y mamá.

Sé que muchas de las decisiones que he tomado, especialmente en estos últimos años, puede que no las hayáis entendido del todo, y aunque no creo que haya sido un chico difícil, muchas veces os ha tocado preguntaros el por qué de algunas de las cosas que hago. Pero todo lo que soy es a partir de vosotros, a partir de la educación que me habéis dado, y de lo que he “mamado” en casa.

Muchas veces digo que no entendería mi forma de ser y de vivir la religión si no fuera por los grupos de la parroquia. Y es cierto que allí es donde he forjado gran parte de las cosas que soy hoy en día, pero no es menos cierto que no hubiera llegado allí si no fuera porque vosotros me animasteis a hacerlo, y me disteis el empujoncito que me hacía falta en momentos en que me apetecía menos. Y tampoco hubiera llegado hasta aquí si no fuera porque lo que veía allí abajo tenía una continuación en casa.

Aunque a menudo podáis no saber de dónde me vienen las cosas que veis en mí, la raíz de todo lo que soy viene de los valores que me habéis inculcado. El ambiente en que me he ido moviendo y las cosas que he ido viviendo han terminado de forjar mi forma de ser y de actuar, pero en la base, estáis vosotros. En un sitio medio escondido, pero sin el que no se entendería nada. Y es que algo que he descubierto durante estos años es que cada uno está llamado a una cosa concreta, pero la base es la que es, y eso es lo que importa. De mamá me han llegado más los valores concretos que he hecho míos, en incluso la vocación de docente, y de papá el recordar de dónde me viene todo y la importancia de esforzarme en lo que hago (aunque esto lo lleve un poquito peor).

La decisión de venir a Guinea estaba tomada desde hace más de un año. A vosotros tardé más en decíroslo, porque me daba miedo que no supierais entender qué es lo que me movía a venir aquí. Y aunque en un principio no gustó la idea (también es lógico desde el punto de vista de unos padres), jamás hubiera imaginado sentirme tan apoyado por vosotros como me estoy sintiendo aquí. Todos esos “nosotros siempre contigo” llevaban implícito mucho más de lo que cabe en una línea de texto. Y es que, sólo por la sintonía que hemos llegado a tener durante este tiempo, ya ha merecido la pena venir hasta este sitio.

Me hacía gracia el hecho de que en este mes hayamos hablado más de lo que solemos hacerlo cuando estoy en casa. Incluso me han sorprendido muchos de los mails que nos hemos cruzado, portando frases que no acostumbramos a decirnos, y hablando de cosas que no solemos hablar. Y es que quizás, desde la distancia, se aprecian las cosas de otra manera. Tal vez sea cierto que a los padres les toca no entender lo que hacen sus hijos, y a los hijos no comprender por qué sus padres no les entienden. Y puede que esto sea así, a pesar de que todos miran en la misma dirección, pero cada uno con sus propias gafas.

Me ha ayudado sobremanera que desde que puse un pie aquí me hayáis hecho ver que entendíais la razón que me había traído a Guinea, que no era un capricho, sino algo que realmente necesitaba hacer. Y todo esto que estoy escribiendo aquí, a oscuras en un porche perdido en medio del mundo, termina de demostrar que esto no es un viaje de cooperación, sino una experiencia personal.

Gracias. Mil gracias, de verdad. Todo lo que soy, es gracias a vosotros. Y no pienso en el tiempo que he podido tardar en decidirme a demostrároslo de forma abierta, sino en todo el tiempo que me queda por delante para poder hacerlo.

El proyecto más importante que tengo en mi vida es el de formar una familia. Y no digo “pertenecer a una familia”, sino dedicarme en pleno a ella y saber llevar todo el calor posible hasta mi casa. Y hoy, lo único que puedo pedir, es saber hacerlo tan bien como lo habéis hecho vosotros durante estos años. Y esperar que mis hijos me quieran tanto yo quiero a mis padres. Siempre he pensado que os quería, pero cada vez me doy más cuenta de que los sentimientos hay que ponerlos en práctica. Tal vez hoy, aunque sea desde la distancia, puede ser un buen momento para empezar a hacerlo más todavía.
Por todo esto, y muchas más cosas que podría decir: OS QUIERO.

jueves, 5 de agosto de 2010

Logroñeses por el mundo

Ayer estuve entre españoles. El día de la final del mundial conocí a una chica de Logroño (resulta raro que te digan “tú me suenas de algo” cuando acabas de llegar a 4000 km de tu casa), y ayer estuvimos dando una vuelta. Primero fuimos al centro español, donde cogimos una de las pocas mesas libres que quedaban en el restaurante. Aquello estaba hasta la bola, y estuvimos tomando una cerveza con un amigo de Ana. Ellos hacía tiempo que no se veían, así que se pusieron un poco al día, y yo empecé a empaparme de la “red social española” de la ciudad. De todo un poco, la mayoría es gente que trabaja para empresas (para mi sorpresa hay pocas que sean españolas aquí), o que están con la cooperación/embajada. Y algunos viven a caballo, es decir, cada dos o tres meses se vuelven, algo que, según dicen, necesitan como el comer. Este chico es director de una sucursal de transporte aquí en Malabo, lleva tres años, y en su forma de hablar se notaba cierto hastío de este lugar. La verdad es que si esto es pequeño, el grupo de gente con el que se suelen mover los españoles es más pequeño todavía, así que Malabo se termina convirtiendo en un pueblecillo.
Después hemos ido a cenar a un camerunés con dos amigos. En la carta “oral”, filete de pescado, chuleta de cerdo, chuletillas de cordero, pollo asado, solomillo, y no sé si algo más. Después se elige la guarnición: patatas, plátano, arroz, verduras. A mí me han dejado pedir el primero, y no sabía si no resultaría raro que un español pidiera plátano, más aún para acompañar unas chuletillas de cordero, pero resulta que todos lo hemos pedido, ya fuera para el pescado o para el pollo. Buenísimo todo, y muy barato por cierto. Total, que el restaurante está a la vuelta del colegio, en la misma manzana, así que aquí todo queda al ladito. Eso sí, no busquéis ningún local a pie de calle, este sitio está en un piso cuyo portal no anuncia por ningún sitio que arriba haya un restaurante.
Hemos estado con una chica que está haciendo su tesis sobre la importancia de la caza en la alimentación del país, y un hombre que acaba de abrir el primer concesionario oficial de Mercedes en Malabo. Nos ha contado cómo era increíble la cantidad de cosas que había que tener en cuenta para montar un negocio así en un lugar como éste. Además de destacar por encima de todo la cantidad de sobornos que había que pagar por todas partes, desde para sacar los coches del puerto, hasta para pasar las numerosas barreras donde todo militar espera obtener un extra, uno de los problemas que había era que la legislación alemana no permite abrir negocios en países que estén en la lista negra de Derechos Humanos. Éste es uno de ellos, así que tienen que hacer el pufo poniendo como titular a una empresa suiza (estos suizos, siempre dispuestos a colaborar con los negocios) para así burlar esa traba.
Me ha resultado curioso empezar a ver el punto de vista de los españoles de lo que pasa en Malabo. No he querido rascar mucho, porque la conversación ha fluido principalmente en torno a los cotilleos de la gente de aquí, especialmente sobre las noches guineanas, pero esperaré a poder hablar un día con más tranquilidad con Ana para que me cuente cómo lo ve, ya que ella lleva aquí tres años, y aunque ahora esté viviendo en la planta petrolífera, ha pasado gran parte del tiempo en la ciudad. Esperaré a entonces para daros un poco esa visión.
Pero ha sido una gran noche. No hemos hecho nada, pero viene bien también romper un poco con la monotonía, y cambiar de ambiente un poquito. Lo que sí os puedo adelantar, es que da la sensación de que no hay mucho contacto con los locales. Quizá con los que he compartido sean de los que más lo tienen, pero creo que hay muchos españoles que vienen aquí, pasan un par de años trabajando como expatriados, y vuelven a España con los bolsillos llenos. Lo cual está bien, pero termina de confirmar que en un solo país, aunque sea tan pequeño como este, pueden coexistir realidades diametralmente opuestas.