miércoles, 15 de septiembre de 2010

De vuelta al estrés!!!

Madre mía, esto no puede ser. Ha sido volver a casa, y volver al estrés y al no tener tiempo de ná. Voy a intentar colgaros algo esta semana, que si no luego llega San Mateo y se complica la cosa. Lo siento!!!

lunes, 6 de septiembre de 2010

Un aro obstruido por tanto tráfico

Todo es relativo en Guinea. Desde la obligación de ceder el paso al entrar a una rotonda, hasta el concepto de “seguridad” de las fuerzas del Estado.
Cuando uno circula por las carreteras del país se encuentra de vez en cuando con dos tipos de obstáculos. Unos son fáciles de evitar, los peajes, donde el mayor problema son los badenes que te encuentras al llegar, ya que su altura es casi mayor de lo que distan los bajos de los maltrechos coches. En la isla, que no cuenta con 200 km de carreteras, vi cuatro, de los cuales sólo estaba funcionando uno de ellos. No es caro, 100 FCFA´s (15 céntimos), pero teniendo en cuenta que no hay alternativa gratuita, parece un poco abuso que te obliguen a pagar por ir a tu casa. Más aún cuando con el dinero que deja el petróleo se podrían construir carreteras mucho mejores que éstas que son de pago.
El otro tipo de obstáculo es algo más complicado. O por lo menos mucho más incómodo. Son las barreras de los militares, con las que se pretende controlar no sé bien qué. En la isla hay unas cinco, y al no haber frontera, el control no es tan exhaustivo. Básicamente, si es de día, rara vez te preguntan algo. Si es de noche, entonces sí que te pararán y tendrás que dar explicaciones de dónde vas, y a qué te dedicas. La única vez que me hicieron bajar del coche y enseñar el pasaporte fue cuando iba de Luba a Malabo en un autobús (lo llamaban así por la ocupación, no por la capacidad, porque íbamos 15 en un coche donde sólo deberían ir 10). Yo creo que la razón principal por la que están allí es intentar sacar algo, ya sea en especie o en billete. Aunque, como digo, en la isla no nos volvían muy locos, en cuanto veían un blanco dentro del coche se acercaban a “molestar” como dicen ellos. Y es que los blancos normalmente trabajan para las empresas, y los que trabajan para las empresas tienen dinerito, así que son visitantes interesantes. Pero cada vez que el que llevaba el coche le decía que era cura, aparecía en la cara del militar un gesto de desolación. “¿El blanco también es cura?”. “Sí”. Y esa era una de las múltiples veces en que pasaba por sacerdote.
Sin embargo en el continente los controles eran mucho más exhaustivos. Hay muchos cameruneses, senegaleses y nigerianos que en ocasiones entran sin visado en el país, así que en estos lugares directamente te abrían la puerta del coche y te pedían el pasaporte. A algunos incluso les preguntaban de qué tribu eran, teniendo que dar explicaciones de por qué se movían por su país.
Pero lo dicho, en muchas ocasiones lo que quieren es que les den algo de dinero, sacar su mordida. Cuando oías un “Aquí estamos”, quería decir que a ver si les dabas algo para tomarse una cerveza mientras trabajaban. Porque lo que no solía faltar al lado de las barreras era un bar.
Otro ejemplo de que la seguridad es algo relativo, y sobre todo de las diferencias entre la isla y el continente, la viví en el viaje a Bata. Podría haber subido al avión con un AK-47 o un rifle automático, porque allí no pasé ni un control. Nada de nada. De hecho, podría haber viajado con un nombre distinto al mío, porque tampoco me pidieron el pasaporte en ningún momento. Sin embargo, al llegar a Bata, nos pusieron a todos en fila para que dos perros olisquearan nuestro equipaje de mano, y supongo que lo mismo harían con lo que habíamos facturado. Y antes de coger las maletas, control de pasaporte, con foto y escaneo de los dos dedos índices. Antes de sacar la maleta del aeropuerto, control de maletas en la zona de aduana (¡pero si no habíamos salido del país!). Una negra tremenda me dijo “Ven, ven, a ver qué tienes para mí”. Me preguntó que para qué empresa trabajaba, y al decirle que para ninguna, que era misionero, me dijo “Oh, pues seguro que tienes un rosario para mí”. Otra que se llevó una decepción al ver que viajaba sin nada de nada. Al volver a Malabo, en el aeropuerto de Bata, sí que me pidieron el pasaporte, me hicieron control de visado (que no de metales), y la cosa estaba mucho más controlada. En la isla ni me revisaron la maleta a ver qué llevaba.
También es relativa la espera. Se ve que el tiempo de unas y otras personas no vale lo mismo, porque si tienes que hacer alguna gestión y no conoces a nadie, puedes echar raíces allá donde vayas. Cuando fuimos a recuperar mi pasaporte, intentamos hacerlo primero sin tirar de contactos. Después de 20 minutos esperando sin éxito a que apareciera alguien en el puesto de información, intentamos averiguar qué teníamos que hacer. Imposible. Tuvimos que tirar de teléfono y contactar con una tía de Félix para que nos dijera qué hacer. Aún tuvimos suerte. En Niefan conocí a una chica de Barcelona que había pasado 10 de sus 20 días en Guinea intentando que le dieran el permiso de residencia. Y eso que iba para hacer un campamento con los niños, que si llega a ser para ganar su dinerito…
En general, el abuso de poder es una constante. En frente de Santuario, la casa donde pasé mis primeros días, se colocaban un par de policías bastante estiradas que paraban a los coches que les daba la gana, para molestar y sacar algo. Me contaron algunos casos sorprendentes, como el de un chico que fue a comprar al supermercado, y al ir a salir, vio que habían cortado la calle, como cada vez que el presidente pasaba por la ciudad. Al preguntar que por dónde podía salir, el policía le dijo que su coche estaba retenido. Su infracción: ir a comprar cuando el presidente decidía dar un paseo. El policía le dijo que le entregara la llave, y que fuera a recuperarlo la mañana siguiente a las 7 de la mañana. A esa hora el policía se presentó en bermudas, demostrando que lo único que quería era un “rescate” por el coche. El chico tuvo suerte porque su padre conocía a gente y pudo librarse, pero si no quizá le hubieran intentado sacar 50.000 o 100.000 FCFA´s (75-150 €).
Cuando fui a Kogo, tuvimos que ir a recuperar el pasaporte de un gabonés que había ido con los claretianos, y al que, después de hacerle pasar por tres mesas seguidas, donde le hicieron pagar en cada una de ellas por vete tú a saber qué, decidieron retener su documentación. ¿Qué por qué? Según ellos, porque a los guineanos les tratan muy mal en Gabón. Algo parecido decían cuando molestaban a los cameruneses. Vamos, que la ley del Talión se lleva mucho en unos países que se supone que están unidos por el proyecto de la unión centroafricana.
Y es que cuando hablas con muchos guineanos, ellos mismos te dicen que con esa mentalidad el país no puede avanzar. Mientras se siga extorsionando y presionando como si se tratara de una parte más del trabajo, no sólo se vivirán a diario situaciones desagradables, sino que además se estará impidiendo el desarrollo de un país ávido de desarrollo. Hay tanto tráfico para un aro tan pequeño, que claro, se obstruye.

lunes, 30 de agosto de 2010

Jugando con la "Buena Esperanza"


Un día me contaban que en Gabón se está llevando bien el tema de la vivienda. Allí, el gobierno compra un terreno, construye una casa, y “obliga” a una familia que vive en situación de miseria a comprarla, a un precio razonable, pagando con su antiguo terreno parte de la nueva vivienda. Y así, sucesivamente, haciendo una cadena de renovación de casas, de modo que mediante ayudas estatales fuera más fácil acceder a una vivienda digna.
Aquí parece que el gobierno se decidió a hacer lo mismo. Alguna vez os he hablado de Niumbili, la zona más marginal de la ciudad. Pues bien, se empezaron a construir un montón de viviendas que, aunque algo apartadas de la ciudad, están bastante bien. Un sitio donde primero se urbanizaba, y luego se construía, de modo que el acceso a la electricidad y al agua estaba bastante garantizado.

Cuando una pasa por allí con el coche, lo cierto es que impresiona. Ya desde lo lejos se divisan todas las casitas (en España lo llamaríamos unifamiliares, pero aquí es que es la forma de construir) distribuidas en una planta hecha con escuadra y cartabón. Tiene espacios verdes, alguna zona deportiva, y está todo lo limpio que se espera de un sitio recién construido, y donde se puede aplicar la política de recogida de basuras desde el principio.
Aunque se supone que son viviendas sociales, el precio es un poco alto. No tanto por el precio, que eran 10 millones (15.000 €), sino porque la entrada que se exigía era demasiado para una sociedad que no está acostumbrada a ahorrar para tener un colchón de seguridad. Pero no cabe duda de que podría ser una oportunidad buena si se combinara con una financiación asumible. Había nacido una nueva zona en la ciudad: Buena esperanza.
Así, se dijo a los propietarios de casas en Niumbili que pasaran por el ministerio para comenzar las gestiones. Muchos se apresuraron, aliviados por fin al pensar que les llegaría un poco de todo el dinero que deja el petróleo en esta tierra. Pero cuando iban allí, nunca conseguían que les atendieran. O les pedían un papel que el día anterior no se había mencionado, o simplemente se les invitaba a volver al día siguiente, porque todavía no estaba lista la gestión. Y muchos fueron día tras día esperando poder acceder a una de esas casitas tan monas que se les había prometido.
Esta situación duró varios meses, de tal modo que muchos empezaron a sospechar. Y entonces fue cuando se destapó la liebre. No había ministro que no se hubiera agenciado unas diez casitas, para después venderlas a “precio de mercado” y embolsarse dinerito, no sé si la diferencia, o directamente todo el dinero que se pagara por un bien que había sido gratuito para ellos.
Consecuencia: toda la gente de Niumbili sigue en su sitio, mientras que las pocas casas que han sido habitadas tienen por inquilinos a aquellos que tienen un buen padrino. Pero aquí no hay lugar a los levantamientos populares: no sé si por el miedo a las represalias, o porque nadie terminó de confiar mucho en las buenas intenciones que se vendían por radio y televisión. Es ese conformismo que cuando uno llega aquí no consigue comprender, pero al que poco a poco termina amoldándose.
Cuando visitamos la zona en coche, vi un grupito de casas un poco más apartadas del resto. Casi que me arrepentí de preguntar. Todas esas viviendas era de la primera dama. “¿Pero para qué las quiere? ¡Si tiene mil posesiones!”. Y es que aquí, aquello del “Tanto tienes, tanto vales”, parece no tener límite, ni siquiera el del sentido común.
Hay situaciones que a uno de dan mucha rabia, pero cuando ve que se juega con la “Buena esperanza” de los que menos tienen, ese sentimiento se convierte en algo muy difícil de explicar.

domingo, 29 de agosto de 2010

Ya en casa

Os escribo ya desde Logroño. Todo ha ido perfecto, y aunque el viaje fue bastante pesadito, ya me he medio recuperado.

El recibimiento fue de sobresaliente, así que ha sido un fin de semana de reencuentros. A partir de mañana os cuelgo más historias, entre otras, las más controvertidas que no me apetecía contar estando todavía allí.

Mientras os dejo un par de fotos de la llegada...



Besitos pá tós!

viernes, 27 de agosto de 2010

De vuelta

Hola de nuevo! No, no he desaparecido, es sólo que Malabo ha estado 48 horas sin luz (y con esto no quiero decir que haya vuelto ya), así que me ha sido imposible conectarme.

Aunque este post lo veais cuando ya estoy en el aire camino de casa, lo estoy escribiendo desde un ciber de Malabo que sobrevive gracias a uno de los muchos motores que no paran de rugir en la ciudad. El caso es que de muchos ya me he despedido, de otros lo haré ahora, y sobre todo estoy deseoso de volver a ver a toda mi gente de nuevo.

¿Cómo resumiría mi experiencia? Pues veréis, cuando volví de Honduras, me sentía un poco estúpido cuando la gente me preguntaba "¿Qué tal en Honduras?", y yo respondía un simple "Bien, muy bien". Así que esta vez me he propuesto hacer una especie de balance de la experiencia para poder resumir a aquellos que me pregunten lo que esto ha significado para mí. Aunque seguro que para poder ver qué me ha aportado esto, tendrá que pasar tiempo, quizás mucho tiempo.

Y una vez más, aún a riesgo de parecer cansino, os puedo asegurar que esta experiencia no hubiera sido la misma sin esto del blog, sin tener un lugar donde pararme a reflexionar y a verbalizar lo que vivía día a día. Así que gracias a todos, porque esto no habría sido lo mismo sin vosotros. Por eso, lo que sí os puedo asegurar es que aunque mi experiencia se haya acabado, este blog todavía no lo ha hecho, así que durante por lo menos un mes más seguiré escribiendo. Me quedan muchas cosas porcontaros, así que de momento voy a ir lanzándoos una propuesta. ¿Cómo resumiríais vosotros lo que habéis visto/leido aquí? ¿Con qué os quedáis, qué poso os deja a aquellos que habéis ido siguiendo el blog? Os agradecería un montón que dejárais aquí vuestra opinión, que yo leeré ya desde casa.Y después de este fin de semana, en el que me dedicaré a descansar y estar con mi gente dos días antes de volver al curro, yo os pondré mi resumen, con muchas de las fotos que se me han quedado en el tintero.

Nos vemos!!

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02:32   Actualizando

Aquí estoy, en la sala de espera del aeropuerto, enganchado a una red que se llama "No valies pa naaaaaa", y que se conecta a internet a través del Reino Unido. Muy bien.

El caso es que la espera de 3.30 se me está haciendo algo más agradable, porque he coincidido con una chica que también vuelve hoy, y aquí hemos estado, más de dos horas contándonos experiencias.

Pues eso, que he pasado todos los controles, y no me han detenido, así que allá vamos!!!!

lunes, 23 de agosto de 2010

Orgulloso de ser… claretiano

Cuando fuimos a Honduras, una de las actividades que más nos llamaba la atención era la de ir a las aldeas. Consistía básicamente en que íbamos dos de nosotros a alguna de las aldeas, a visitarles, conocerles, y compartir nuestra vivencia de Fe, haciendo algunas veces alguna especie de catequesis con niños o jóvenes. Y nos atraía la idea, porque era poner en práctica aquello de “Id de dos en dos predicando el Evangelio”.
Esta vez en ese aspecto no se parece nada, más que nada porque he venido sólo. Pero sí que recuerda a aquello de “en aquel sitio al que lleguéis, quedaos en su casa, y comed lo que os den”. Si de algo no me puedo quejar es de la acogida que me han dado allá donde he estado. He pasado por 6 casas de claretianos, durmiendo en 5 de ellas: Santuario, Padre Sialo (Malabo) y Luba en la isla; Padre Xifré (Bata), Niéfang y Kogo en el continente. Y siempre han hecho que me sintiera como en casa.
Esto es algo que ya había experimentado en España. No sólo por lo que veía que ocurría con los claretianos que llegaban a Logroño, sino que también a nosotros nos han acogido con los brazos abiertos por donde quiera que pasáramos. Es parte del carisma claretiano, el de acoger, especialmente, a aquellos que forman parte del “proyecto”.
En casi todas partes piensan que soy cura. Es normal, vengo con ellos. Pero cuando les digo que no lo soy, muchos se preguntan que qué relación tengo con los claretianos. Lo cierto es que uno de los motivos de que esté aquí es que mis padres decidieron vivir en la calle Padre Claret, al lado de la parroquia que ellos regentan. Y según han ido pasando los años, me he ido identificando con ese carisma que ellos practican (tengo que decir que según pasa el tiempo, el carisma marista se asemeja más al claretiano).
Cuando me presentaba aquí, lo hacía diciendo que era misionero seglar claretiano. Misionero en este caso es sólo un estado. ¿O no? Tal vez sea una manera de expresar la implicación con el proyecto, ya sea desde mi ciudad o a miles de kilómetros de ella. Lo de seglar es mi vocación, de ser cristiano en medio del mundo. Y lo de claretiano, hacía que aquí todo el mundo pusiera expresión de, digamos, admiración. Y es que aquí en Guinea, los claretianos han hecho una labor impresionante.
Cuando empezó la tarea de evangelizar Guinea, hace más de cien años, los primeros que llegaron fueron los Jesuitas. Pero todos los que llegaban, enfermaban y morían. Así que decidieron poner fin a la tarea antes de que acabara con todos ellos. Después llegaron sacerdotes diocesanos. Y todos los que llegaban, enfermaban y morían. Así que también dejaron de venir. Tras ellos llegaron los claretianos. Y todos los que llegaban, enfermaban, y morían. Así que, siguieron viniendo más. Y siguieron muriendo. Hasta que poco a poco, consiguieron estabilizarse, y ser los que pusieron las primeras piedras de la iglesia guineana. Un proceso en el que murieron o enfermaron gravemente 3000 claretianos. Todo esto hizo que recibieran el calificativo de “los suicidas de Dios”.
Hoy en día, la presencia claretiana aquí es impresionante. En un país que no escasamente llega al millón de habitantes (acaba de empezar un proceso de empadronamiento en Malabo y Bata, porque no hay cifras oficiales exactas), tienen multitud de colegios, parroquias, e incluso dos seminarios. Pero como os decía, ante todo tienen el respeto de todas las demás congregaciones, por la labor que durante todos estos años han realizado en este pequeño país.
Tiene gracia que cuando a algún español le dices que eres claretiano, muchos fruncen el ceño, no habiendo oído nunca nada de ellos. Sin embargo, aquí en Guinea, todo el mundo les conoce, y sabe cómo trabajan. Y eso que la congregación nace en España. Pero quizá sea por aquello de que su nombre completo es el de “Misioneros Claretianos”, y su presencia no queda sólo en nuestro país, sino que llega hasta una infinidad de países donde su lucha por la evangelización y el desarrollo de los pueblos más necesitados es el objetivo principal.
Así que si ya lo estaba, después de esta experiencia estoy todavía más orgulloso de ser claretiano.

viernes, 20 de agosto de 2010

El amanecer de África


Hoy termina la semana más larga desde que llegué aquí. No porque haya tenido más días, sino porque ha sido realmente intensa. Todas las mañanas curso, a comer a la 1.30, de dos a tres a buscar juegos para hacer con los niños, a las 3 bajar al colegio para conectarme y hablar con mi gente, de 4 a 6 juego, de 6 a 7.30 con Edmundo enseñándole alguna cosita, y a partir de las 7.30 por ahí dando una vuelta, para llegar a casa tarde y escribir un ratito. Si a todo esto le sumamos el clima de aquí, que hace entender porqué el ritmo de esta gente es tan pausado, tenemos que hoy a las 6 estaba muerto. Y todavía tenía que ir a instalar una impresora e imprimir unas cositas para dar mañana a los profes. Estaba chorreando de sudor y medio muerto. Así que cuando me ha llegado el mensaje de mi paisana Ana diciendo que se encontraba mal y no podía quedar, casi que lo he agradecido.
Si ayer hablábamos de las pequeñas cosas que aquí tanto se valoran, hoy también lo he experimentado, aunque fuera de otra manera. Que cayera un chorrito de agua en las duchas que hay fuera de la casa, encontrar un zumito en la nevera, y sobre todo, que hubiera luz, han sido unos pequeñitos regalos que en conjunto formaban más de lo que podría pedir. Así que aquí estoy, en una tumbona en la terraza escribiendo unas líneas con la satisfacción de que, aunque ahora mismo esté roto, la semana ha merecido la pena.
Ya os comenté  que el lunes tardaron en venir los niños, pero cada día el número ha ido creciendo, hasta tener unos 40 o 50 alguno de los días. La verdad que sin la ayuda de Edelmiro y Domingo, dos estudiantes que han estado por aquí echándome una mano, esto habría sido más difícil. Pero lo cierto es que los niños han disfrutado mucho, y se han quedado un poco planchados cuando les he dicho que ya no haríamos juegos más días. Pero les he animado a que, ahora que han aprendido cosas nuevas, sigan jugándolas entre ellos. Aunque no sé yo si serán capaces, porque muchos juegos no los entendían muy bien.
La verdad es que estos niños son incombustibles. Quizás cuando llegan a casa caen rendidos, pero aquí no paran de correr y de chillar y de saltar. Y están bastante más hechos al sufrimiento que los nuestros.
Ayer a mitad de tarde una de las niñas se hizo un corte en el pie. Yo sólo veía algo de sangre, pero se apreciaba bien qué tenía, ni cómo se lo había hecho. Llamé al director para ver si tenían botiquín, pero todo lo que encontramos fueron un par de botes de agua oxigenada. Así que me cargué a la niña a la espalda, y nos fuimos a la farmacia, porque me dijo Edmundo que allí le podían curar. Imaginaos la cara de la gente cuando veían a un blanco con una niña a la espalda cuyo pie estaba sangrando. Je je, muy curioso. El caso es que llegamos a la farmacia y nos dijeron que allí no le podían curar, que la llevásemos a una clínica que había al lado. Los que veis los Simpsons sabréis perfectamente lo que pasó por mi cabeza si os digo que aquello parecía el garito del médico argentino de la serie. Así que cogimos un taxi, y con Jesús, el amigo de Edmundo, nos vinimos al seminario. Saqué el bolsón de farmacia que me preparó Ana, y guante en mano, le limpié un poco, le di yodo y apareció ante mis ojos un corto no profundo, pero sí grande. Así que le puse unos puntos de aproximación, una gasita, y a correr. La niña no se quejó ni un poco, y eso que se retorcía bastante entre el dolor y el escozor, pero ni medio chillo. Le di un zumito, una camiseta y un juguete de esos que vienen con los cereales, y se fue más contenta que “chupín”.
Me quedé un poco preocupado por si realmente necesitaría que se lo cosiesen, pero esta tarde ha venido y ha estado jugando con los demás.
¿Sabéis con qué se cortó? Con alguna de las más de veinte chapas de botellines de cerveza que he recogido esta tarde. O a lo mejor con alguno de los cristales de las mismas. A menudo se hacen celebraciones en el patio del colegio, y aunque se limpia, quedan muchísimos restos que son fatales para unos niños que sólo tienen sandalias.
Pero de verdad que me ha sorprendido verla correr, porque supongo que aunque le doliera, quería aprovechar otra tarde un poco diferente a las normales. Y es que estos niños disfrutan, aunque no entiendan a qué están jugando. De los treinta que hemos jugado hoy al balón quemado, creo que sólo uno ha comprendido bien cómo iba la cosa. Porque los límites del campo de juego no pueden frenar a un niño que quiere divertirse, y por eso ellos corrían, corrían, y corrían, sin importarles salirse del terreno.
No puedo evitar dejaron unas fotos de algunos de ellos, incluso un vídeo de la “carrera de borrachos” (por supuesto que no les he dicho que se llama así) que hemos hecho hoy. Ha sido muy curioso. En principio era una carrera de relevos entre cuatro grupos, por lo que tenía que haber cuatro niños haciéndolo a la vez. Alguno de los viajes he visto a algún niño que me sonaba que ya lo había hecho, y poco a poco, he ido comprobando que cada vez había más, hasta un momento que estaban casi diez. Ya os digo que las normas para estos no existen. Así que hemos hecho un experimento, y han salido los 40 a la vez a hacerlo. El resultado, a continuación.




Como veis, he tenido niños de todas las edades, desde unos tres o cuatro niños, hasta alguno de más de catorce. Y por supuesto que son como todos los niños del mundo, incluso con más genio, porque hoy hasta ha habido varios que se han sacudido. Pero esa alegría e ilusión que derrochan es impresionante, y de verdad que me da muchísima rabia haber venido durante las vacaciones, y no haber podido hacer alguna especie de cursillo con los catequistas para enseñarles juegos de éstos.
Esos niños son el futuro de África, y uno sólo puede desear que esa ilusión no desaparezca, que ese brillo en los ojos no pierda fuerza, que esa alegría les haga pelear por un futuro mejor. Aquí deben saber de la importancia que tienen, porque incluso les han dedicado una calle. y es que todos estos niños se lo merecen.



Dos cositas: Ya están disponibles los comentarios, pero están a modo de pruebas, así que no sé si funcionarán bien. Si los colgáis, y al cabo de un tiempo veis que pone que los he suprimido yo, no os asustéis, es un fallo del programa, pero tampoco los volvais a escribir, ya que yo sí que puedo verlos, y los publicaré cuando pueda, así que paciencia, ¿vale?

La semana que viene es posible que no consiga escribir en el blog. No estaré en el colegio, así que no sé si me podré conectar. Así que en cuanto pueda os escribiré para contaros.