viernes, 30 de julio de 2010

Otro giro inesperado


Las cosas a veces dan unas vueltas inverosímiles. Unos lo llaman destino, otros casualidad, y otros preferimos llamarlo providencia. Lo de ayer puede ser un buen ejemplo.
Antes de ayer vino un hombre a traer una invitación para el director. Era una invitación para una presentación de una empresa en uno de los hoteles de lujo de la ciudad. Felipe me dijo que iba a intentar ir, y yo le pregunté si podía ir con él. Era una forma de meterme un ratito entre los peces gordos, y ver cómo es ese ambiente. Y por qué negarlo, seguramente de pegarme una comilona buena en el lunch, que nunca está de más. Así que me fui a clase pensando en acudir a esta historia a las 6.
Cuando después de comer le pregunto que cómo vamos a quedar, me dice que al final no va a ir. Ha preguntado a alguien, y le han dicho que va a ser un acto muy politizado (como casi todo aquí), y que dado que el hotel en cuestión está construido a partir de una casa que les expropiaron alegremente a los claretianos(bueno, mejor dicho, una de las casas, esto es así), que es mejor no ir. Vaya, una pena. No ya sólo por no ir a ello, sino porque era el único plan que tenía para esa tarde. Así que me di un par de vueltas, acompañé al párroco a hablar con una gente que había invadido un terreno de unas señoras de la parroquia para decirles que sacaran todo el material de obra que después de robar habían puesto allí para vender, y poco más. Y como me había llamado por teléfono uno de los del coro con los que estuve el sábado, me pasé por su ensayo, que era de 7 a 8.30. Ahí estuve sentado, viendo cómo preparaban la misa del domingo, sincronizaban las cuatro voces que hacen, etc…
Había quedado con José Ramón en que iba a venir a buscarme para subir en coche al seminario. Quizá por eso no me fui antes, porque la verdad que aquello era bastante aburrido. Pero al fin y al cabo, allí me quedé. Al final llegó la directora con cara larga. No entendí muy bien lo que decía, pero algo así como que había muerto alguien, y que iba a ir al velatorio a acompañar. Invitó a la gente del coro a ir, y estos aceptaron. “Como ya no está el cuerpo presente allí, vamos, estamos un rato, y nos vamos” dijo uno de ellos. Así que a la salida se fueron para la casa. El que me había llamado, que creo que llegaba un poco tocado ya, me dijo de ir a tomar algo al bar con él, y yo le dije de ir con ellos.
Una de las cosas que me faltaba por ver aquí era cómo se vive una muerte. Pero claro, eso es más difícil de ver, porque no es plan de meterme en una casa en la que no conozco a nadie y plantarme allí. Si ya llamo la atención por el color de mi piel, como para meterme de estrangis, así que esta era una muy buena oportunidad. De camino me dice la directora “Vamos a un sitio muy malo, ya puedes tener cuidado, no vayas a coger una enfermedad”. Pues allí que nos fuimos. Entramos en un patio interior gigantesco, del que si os enseñara una foto pensarías que aquello no era Malabo, sino Sarajevo después de un bombardeo. Nos metimos por un callejón (para la tranquilidad de padres y novia diré que éramos casi 20 personas las que íbamos juntas) donde no se veía nada de nada. “Ten cuidado por aquí, pisa donde yo pise” me dice la directora. Fuimos sorteando chabolillas muy deterioradas, en las que dudo que yo pudiese estar de pie sin tener que agachar la cabeza. Atravesamos un camino en el que habían puesto llantas de coche para poder pasar sin meter el pie en los riachuelillos infestados de las aguas negras de la zona. Todo esto, por supuesto, alumbrando con el móvil, porque no se veía nada.
Al llegar allá, nos juntamos casi 50 personas. Los del coro montaron el órgano, y empezaron a cantar. Alguna vez ya os he comentado que no hablamos el mismo idioma aunque las palabras que utilicemos sean las mismas. Ese “un ratito” se convirtió en dos horas y media cantando, orando, y sobre todo, acompañando a la mujer y la familia del difunto. Los hermanos de éste habían llevado el cuerpo al depósito antes de que la viuda hubiera llegado: todavía estaba en Bata, en el continente, en los actos del funeral de su suegra. Así que la pobre estaba destrozada.
Las canciones se sucedían, y yo al principio estaba preocupadísimo de hacer ver que me las sabía todas. Y es que os podéis imaginar que llamó mucho la atención que un blanco, maletín de portátil al hombro, entrara allá, así que tenía que “justificar” mi presencia haciendo ver que pertenecía al coro. Y eso es muy difícil si no me sé las canciones. Pero poco a poco, me fui dando cuenta de que eso daba igual. Lo que importaba allí, era estar. Le pregunté a la mujer que estaba a mi lado si conocía al difunto. Ella me dijo que no, que habían venido a acompañar a la directora.
Y así nos dieron las 11.30 de la noche en la casa. Parece increíble cómo esas 20 personas, que ni conocían a este hombre, estaban allí sin importarles la hora, ni si habían dejado en casa a sus familias, ni si al día siguiente tenían que ir a trabajar. Ni siquiera había sido algo premeditado, sino que había surgido de repente. Espectacular. Del mismo modo, casi nadie de los que estábamos allí se movió en este tiempo.
Le pregunto a uno de los chicos si suelen hacer esto muy a menudo, y me dice que sí, que en ocasiones incluso les llaman para que vayan. Que una vez les llamaron desde Libreville (capital de Gabón, justo al sur de la frontera pero en la parte continental) y estuvieron una semana.
Unas cuantas mujeres estuvieron todo el rato preparando cosas para los presentes. Fantas, Cocacolas, brandy, vino, cerveza, café. Al final sacaron una bandeja con alitas de pollo y pescado. “Hay que picar algo para poder irnos”, me dice la mujer de al lado. Qué ironías. Por la mañana yo pensaba que iba a acudir a un buen lunch, cargado de comida y vacío de sentido, y acabé compartiendo un par de alitas de pollo, en un lugar donde se encarnaba esa frase de “te acompaño en el sentimiento” que muchas veces en España no se entiende.
Un giro casi tan bonito como inesperado. Llamadlo coincidencia, o destino si queréis. Yo prefiero seguir llamándolo providencia.


jueves, 29 de julio de 2010

Nadie es tan pequeño que no pueda ayudar a sonreír

A veces hay que irse muy lejos para descubrir lo que uno tiene muy cerca. Hay una revista llamada “Mundo Negro” que editan los misioneros combonianos en España, para hacer llegar las noticias del continente africano a todo el mundo. Aquí están suscritos, y en la casa se pueden encontrar, entre otros, los últimos 8 números. Desde que llegué suelo ojearla un ratito después de comer, ya que tiene cosas muy interesantes, entre otras la sección “Gente solidaria”, donde cuenta las historias de personas decididas a hacer algo por los demás. Acabo de leer el del número de Julio-Agosto, y me ha gustado tanto que os lo dejo a continuación:
Ramón Herrero
“¿Puede haber algo más fuerte que sobrevivir a una hija de 16 años?”, lanza Ramón Herrero, el padre de Alaine, en un momento de nuestra conversación, dejándonos sin palabras. Cuesta creer que detrás de este jovial y emprendedor bilbaíno afincado en Madrid se encierre una historia vital tan dura.
Hace seis años, en enero de 2004, a su hija Alaine, cuando tenía 15 años, le detectaron un tumor en el cerebro que después de operar se le reprodujo de una manera muy agresiva. Sus padres hicieron todo lo que estaba en sus manos.
A los tres meses de su final, inmovilizada de cuello para abajo y sin poder articular palabra, unos amigos de la familia decidieron llevarle sendos pósters dedicados por los futbolistas Iker Casillas y David Beckham.
La cara de Alaine resplandeció y de nuevo brotó su inmemorable sonrisa. “Con ello aprendimos que no todo era buscar nuevos diagnósticos, nuevos tratamientos, sino que existían otros frentes adicionales que cubrir. Descubrimos así que el bienestar emocional también es importante”
El 16 de julio de 2004 Alaine les dejaba. Un año después, sus padres, Ramón Herrera y Arantza Vicente, con el apoyo también de los cuatro abuelos de Alaine, comenzaron a darle vueltas a una iniciativa: poner en marcha una Fundación que tratara de mantener vivo el espíritu y el ánimo que Alaine siempre tuvo. Generosa con su tiempo, conciliadora, amiga de todos y siempre dispuesta a echar una mano a quien lo necesitase. “Alaine no podía entender por qué había personas que tenían más oportunidades que otra, y éstas dependían del lugar en donde naciera cada pesona, también le revolvía el maltrato infantil y las injusticias con las mujeres”.
Ramón y su mujer decidieron dedicar el dinero que anualmente dedicaban a la educación y mantenimiento de su hija a la nueva Fundación .Así, pusieron en marcha el “Programa Sonrisas”, con el que quieren seguir aportando bienestar emocional a los niños – que como Alaine padecen una enfermedad grave-, multiplicando la sonrisa que su hija les dedicó al recibir las fotografías con los autógrafos. Otro de los programas que ha puesto en marcha la Fundación Alaine es “Grano de Arena”, dedicado a financiar proyectos educativos ene l norte Benín.
Lo que comenzó siendo un proyecto familiar se ha convertido en una modesta organización solidaria que cuenta ya con un centenar de socios, gracias al boca a boca, la capacidad de convocatoria, además de la simpatía e implicación personal de Ramón y Arantza. Empezaron con un festival de Navidad en el Teatro de la Casa de la Cultura de Tres Cantos 87Madrid), con lo que financiaron una primera escuela de Educación Primaria en Kalaé, en el noroeste de Benín, en donde estudian 150 niños y niñas. Después vendría la escuela de Buka y más tarde, en Wé Wé, inauguraron una tercera escuela primaria. “Vimos a los niños en clase debajo de los árboles. Nos contagiamos de su entusiasmo y recogimos la propuesta de financiación de las manos del P. Patrick Bio, un misionero diocesano encargado de la zona”, cuenta Ramón mientas nos enseña las fotos del proyecto.
También han enviado 100 ordenadores, gracias a la donación del BBVA, para equipar once aulas de informática. Más tarde construyeron un centro de educación secundaria, con laboratorio, también en Kalalé. Otra de sus obras ha sido la financiación de un internado en la zona de Kopargó, que dirigen las Hermanas de San Agustín, una congregación local beninesa. Ahora están financiando una maternidad, en la diócesis de Djougou, petición que le ha hecho el obispo, Mons. Paul Kouassivi Vieira.
Ramón Herrero tiene planeado viajar a Benín en septiembre con toda su familia, Arantza y su otro hijo, “para no guardarme para mí sólo la experiencia de ver a tantísimos niños felices y sonriendo”.


Os dejo aquí la dirección de la fundación, por si le queréis echar un ojo.

A veces una pequeña chispa, como la sonrisa de Alaine en ese momento, es capaz de desencadenar el mayor de los fuegos, que haga llegar a cualquier parte el calor humano que tanta falta hace en nuestro mundo. Con ejemplos como éste, y como muchos otros que podemos encontrar en cualquier parte del mundo, queda claro que cuando hay determinación y carisma, se puede llegar tan lejos como la propia imaginación permita soñar. Hay miles de historias como estas. Porque en este mundo hay miles de razones por las que sonreír.

miércoles, 28 de julio de 2010

Esto es un guineano, un americano y un español que están en un bar...


No, no es un chiste. Aunque seguramente podríamos hacer varios usando estos personajes, pero en este caso no es un chiste. Es el “consejo de sabios” que nos hemos reunido estas dos últimas tardes-noches en el bar Flores, regentado por un español, que está en frente del colegio. Parece ser el lugar de reunión no sólo de los profes, sino también de algunos de los claretianos que están en la parroquia.
Ahí hemos pasado bastantes ratos, y estas dos últimas noches nos hemos juntado Edmundo y yo, a la que salíamos del colegio, con el padre Paul, un californiano que lleva unos 15 años en Guinea. Y ahí hemos hablado de varias cosas, desde el increíble hecho de que un país que extrae 400.000 barriles de petróleo al día se quede sin luz cada dos por tres, hasta la situación política de España y Estados Unidos.
Es curioso cómo se siguen las cosas desde aquí. En un primer momento, hace gracia que todo el mundo sea o del Madrid o del Barça, pero es que la cosa va más allá, ya que muchos guineanos comentan cómo está el patio político en nuestro país. El nombre de Zapatero sale muchas veces a relucir, el de Rajoy alguna que otra, y los Obama, McCain y Swarchzeneger (o como sea) también son seguidos con atención. Hoy hemos estado hablando entre otras cosas de cómo funcionan las cosas en los tres países. A Edmundo se le salían los ojos cuando le contábamos que se puede hacer la compra en el supermercado desde casa, y al día siguiente tienes a alguien con ella en tu puerta (especialmente cuando toca comprar las garrafas de agua, ¿eh?). Y es que hay cosas que parecen impensables para esta gente. Aquí lo más parecido que tienes es un séquito de porteadores a la entrada de los almacenes donde se compran las cajas de carne y pescado congelados, pertrechado con unos carros de dos ruedas donde colocar tu compra para que te lo lleven hasta la puerta. Y es que, como ya hemos visto varias veces, cada uno se busca la vida como puede.
El tema de la electricidad es increíble. Cuando se va, nunca sabes hasta cuándo será, así que las clases de informática pueden terminar antes de tiempo si estás en un centro que no cuenta con un generador que a cambio de gasolina te dé la ansiada corriente. Antes de empezar el curso, bromeaba diciendo que empezaría dando las clases de informática, y las de inglés las daría cuando se fuese la luz. Y quizá no sería tan mala idea.
El hecho de que la electricidad en ocasiones sea intermitente no quiere decir que no se pague. Ahora la cosa debe estar bastante bien, y en el peor de los casos “sólo” tarda una noche en volver, pero es que hace años la cosa era peor. En Luba, la segunda ciudad de la isla, estuvieron sin luz un año. No, no me he equivocado al querer escribir una semana. Estuvieron un año sin luz, con lo que ello supone, no ya por no poder poner la tele o el microondas, sino por no poder disponer de frigorífico ni congelador para la comida. Cada día que preguntaban a los responsables, la respuesta era la misma: “Sí, mañana vendrán a ver si lo arreglan”. Pero nunca se arreglaba. Eso sí, la factura seguía llegando todos los meses.
Seguramente estáis pensando que el día que volvió por sorpresa la luz, casi se hizo una fiesta nacional. Pues no. Volvió, pero con tanta intensidad, que quemó todos los aparatos que había conectados, con tal suerte que casi fue peor el remedio que la enfermedad. Por eso ahora en muchos sitios podemos ver unos “estabilizadores de corriente”, que se encargan de que sea cual sea el voltaje que llega de la red, a los aparatos solamente lleguen 220 voltios.
Cuando se va la luz en toda la ciudad, llega la oscuridad. Pero aún así se puede ver una luz resplandeciente. Allí a lo lejos. Es la planta petrolífera, donde nunca falta la luz, e incluso como ellos dicen, “allí las bombillas brillan de verdad, no como aquí”. Es un mundo paralelo, con su propio abastecimiento de corriente, su tensión de 110 V y 60 Hz0 americanos, su propio idioma (el inglés), y donde seguramente se moverán dólares en lugar de francos centroafricanos. Quizá por eso, cuando no se ve nada, todo el mundo mira allá. Y piensa en Obama. Y en Clinton. Y se preguntan cómo será eso de no tener que preocuparse por cosas tan necesarias, y que en nuestro mundo pasan tan inadvertidas.
Contaba Paul que estando de vacaciones en EEUU, se fue la luz. Su hermana, que entonces tenía 55 años, era la primera vez que vivía esa situación. Y fueron las cuatro horas más largas de su vida. “Vamos a ver la tele”. No. “Vamos a hacer unas palomitas en el microondas”. Tampoco. “Vaya, sí que tiene que ser duro vivir así en África”. Si ese fuera el mayor problema…

martes, 27 de julio de 2010

Terapia para una baja autoestima


Si sabéis de alguien que tenga baja la autoestima, mandadle para Guinea Ecuatorial, y decidle que se quede parado en medio de la avenida Hassan II, justo donde está el seminario en que estoy viviendo. En breves instantes se sentirá la persona más importante del mundo. No pasarán más de diez segundos sin que algún coche llame su atención mediante el claxon. Igual le extraña que la inmensa mayoría de los coches que lo hacen sean blancos, a excepción de los capós y el techo, que son de color rojo. De hecho, se sorprenderá al ver que si responde saludando al coche que le pita al acercarse, parará delante suyo. Y es que en Guinea, lo de los taxis funciona así.
Mucho más de la mitad de los coches que circulan por Malabo son taxis. Se puede distinguir por el color de los mismos, aunque también hay algunos piratillas que no pagan, y lo hacen de extranjis con los coches (o para sacarse un sobresueldo después de trabajar, y así intentar llegar a final de mes). Y pitan, pitan mucho, continuamente. Si vas caminando por la calle te pitan para ver si te llevan, si te quedas parado al borde de la carretera ya no te quiero ni contar. Seguro que muchos estáis pensando que por qué hay tantos sin van siempre vacíos y buscando gente a quien llevar. Je. Eso no es así aquí. El que vaya alguien en el taxi no significa que no pueda montar a nadie más. De hecho, cuando uno para un taxi, le dice donde va, y si le viene bien para dejar al ( o a los) que ya está llevando, pues te dice que sí, y te montas. Bueno, o da otro pitido en señal de aprobación.
Y así el taxi se va llenando y vaciando a medida que avanza por las calles. Ya me ha tocado un par de veces montarme en uno que ya tenía tres pasajeros, por lo que nos ha tocado ir como sardinas en lata.
Pero, ¿cómo se sabe cuánto tiene que pagar cada uno, hay varios taxímetros? Jeje. Aquí eso del taxímetro no se lleva. Es tarifa plana. 500 FCFAs por trayecto. Vayas donde vayas. Bueno, hay alguna excepción. Si vas a la zona de Malabo 2, te pueden cobrar 1000 (no entiendo por qué, si hay zonas más lejanas que están dentro de la “tarifa”), y creo (no lo tengo constatado) que si se montan tres personas, también se paga 1000, si son dos 500. Está claro por qué, ¿no? Si se montan tres sólo pueden coger a uno más por el camino.
Aunque no fuesen así de identificados, se podría distinguir a un taxi a distancia: si el coche está demacrado, le falta uno o los dos retrovisores, tiene una pedrada en la luna delantera que ocupa casi todo el cristal, o desprende una densa nube de humo negrísimo, tienes anti ti un taxi. De hecho, estoy convencido de que si uno se compra un coche nuevo, y lo quiere usar como taxi, primero le pegará unos cuantos martillazos por todas partes, y luego le romperá algún piloto, o dejará alguna parte colgando. De las tapicerías y su limpieza mejor no hablamos, ¿no?
Y por dentro, pues toda una caja de sorpresas. Desde lo mínimo y necesario para que el coche ande, entre lo que no está incluida la palanca de los intermitentes, hasta potentes equipos de música. Lo más bestia que me he encontrado, era uno que tenía dvd, y la pantalla estaba en el parasol del copiloto. Seguro que cuando su inventor lo puso ahí, pensando en que fuese más seguro, no se imaginaba al conductor con medio cuerpo girado para poder verlo desde su asiento a la que esquivaba coches por la calle. Y lo que no suele faltar son banderines del madrid o del barça. Y lo más increíble que he visto, un coche al que le faltaba la manilla para abrir la puerta desde dentro, y el conductor tenía que echar el brazo atrás porque sólo él donde estaba el alambre del que había que tirar para abrirla. Ahora acabo de llegar a casa, y venía en un taxi bastante decente, detrás de otro que en lugar de luna trasera llevaba un plástico encintado, lo justo para evitar que entrara el agua. Y es que aquí las cosas tienen otra importancia. Si de camino a tu destino el taxi pasa por una gasolinera, y anda justo de combustible, se para a repostar. Y si hay una fila de diez coches por surtidor, se espera. Aquí nadie se extraña si llegas tarde.

sábado, 24 de julio de 2010

La paella más bonita


Hoy sábado ha sido un día raro. Es el día que más triste me he sentido desde que llegué aquí, y también el que más feliz. Bueno, más bien habría que decir que ha sido un día intenso. Os pongo en antecedentes.
Hoy Leticia y Moncho, dos de mis hermanos de comunidad, se han casado. Cuando nos anunciaron su boda yo ya me había decidido a venir aquí todo el verano, así que desde el primer momento supe que no iba a poder compartir con ellos ese día. Pero aún así, hoy me he levantado tristón, mirando continuamente el reloj, y pensando qué estarían haciendo en cada momento. Ahora estará Moncho esperando en la puerta. Ahora estarán en el consentimiento. Así todo el rato.
Pero hoy tampoco era un día normal para mí. Por fin iba a poder hacer algo que estaba deseando hacer desde que llegué. Acompañar a un grupo de jóvenes en una convivencia. Cuando me lo dijo Juan Domingo, el párroco, me pidió que preparase un ratito de diálogo-reflexión-charla con ellos, para que no fuese sin más ir a la playa, así que pregunté a unos jóvenes qué temas podrían ser buenos para tratar con gente de 18-20 años, según los problemas que encuentran aquí, y ellos me indicaron que hablar sobre las relaciones de pareja podría ser una buena opción, porque el compromiso y la fidelidad no están muy de moda que digamos. Y así lo hice, preparé unas cuantas cositas con las que llenar la mañana.
Cuando me reuní el jueves con el párroco, me dijo que esos jóvenes tenían en torno a unos treinta años, y la mayoría eran padres o madres de familia. Viendo que casi me podrían dar clases ellos a mí de cómo ha de ser una relación, tuve que replantear el tema. Y me dijo que les hablase de las relaciones en un grupo, y más específicamente, de cómo ha de ser la relación entre los miembros de un grupo cristiano. Así que sin mucho tiempo por delante, me puse a preparar otras dinámicas. Y menos mal. Lo de 30 años debía ser la media, porque algunos aparentaban casi 40. Y ni siquiera se trataba de un grupo normal, sino que era un coro, uno de los muchos que hay en la parroquia.
Así que a las 8.30 estaba allí listo para salir, aunque, con la tranquilidad tropical que se respira por aquí, no hemos salido hasta las 10. Hemos ido a Luba, y una vez en la Iglesia, hemos empezado sobre las 11. Las 12 en España. Hora en que Leticia, que espero que no les haya hecho esperar mucho, estaría entrando en nuestra parroquia.
Al principio notaba miradas un poco distantes por su parte, pero no es de extrañar, eso aquí no indica indiferencia, sino que es el estándar ante una situación de estas. Y como estábamos un poco parados, lo mejor siempre es empezar con un juego que haga moverse a la gente, correr y reírse un poco. Ahí estaba yo, saliendo de la iglesia con 20 personas de entre 20 y 40 años, para jugar un inquilino. Es un juego que solemos hacer con gente de 11 o 12 años en España, pero como aquí no están acostumbrados a este tipo de cosas, esperaba que funcionara. Y así ha sido. Se han reído un montón, han corrido como locos, en parte porque el juego es así, y en parte porque como muchos no lo han entendido bien. Pero ha estado muy divertido, y ha dado justo el efecto que buscaba. Volviendo a entrar en la iglesia, y al ver que estaban animados, he pedido ocho voluntarios para que, de dos en dos, escenificaran una situación, y a partir de ahí poder hablar de lo que es la empatía, y he sacado dos conclusiones: una, que desconocía, que son buenos improvisando, y lo han hecho con mucha gracia y muy poca vergüenza. Y la otra, que ya me venía haciendo a la idea: que utilicemos el mismo lenguaje no quiere decir que hablemos el mismo idioma. Dos de las cuatro parejas han hecho una escenificación que no tenía nada que ver con lo que les había dicho.
Así que después de improvisar un poco en las conclusiones de la dinámica (claro, es que no habían hecho lo que tenían que hacer) hemos empezado a hablar de qué esperan de su grupo, qué tiene que haber en un coro para que funcione bien, y qué debe caracterizar a un grupo cristiano. Han salido muchas cosas, algunas interesantísimas, como que muchos iban buscando un sitio donde sentirse queridos, apoyados, escuchados. Han manifestado que en momentos difíciles, se han sentido muy arropados por el grupo. Y también han salido algunas otras cosas que sonaban a que alguno estaba sacando trapos sucios. Pero ha sido un diálogo muy interesante.
Y a partir de ahí, les he estado hablando de cómo es, o debería ser, la relación entre los miembros de un grupo. De hecho, como es de lo que tengo idea, les he hablado de cómo ha de ser en una comunidad, que por lo visto es lo que muchos buscaban en ese coro. He empezado con lo típico de buscar el bien común por encima del personal, para hablar de los pilares de la comunidad (en tu honor Moncho), y de cómo para mí la fraternidad es el más importante, porque es sobre el que se apoyan todos los demás. Hemos visto la importancia de sentir al compañero como un hermano, y de cómo a partir de ahí, lo demás viene rodado. También sobre cómo es muy difícil vivir la Fe de forma individual, por lo que es muy importante contar con un grupo donde poder hacerlo. Y apoyándome en la carta de Corintios sobre los miembros del cuerpo para hablar de la diversidad de dones, y de cómo cada uno tiene su función en una comunidad; y en el Evangelio de Juan que dice “en esto sabrán que sois mis discípulos, en que os amáis los unos a los otros” para afianzar el amor mutuo en los hermanos, he ido repasando lo que hace que mi comunidad sea imprescindible en mi proceso de Fe. Y sin darme cuenta, esa tristeza que por la mañana me invadía por no poder estar en la boda, se ha convertido en una alegría inmensa por saber que yo estaba allí con Leticia y con Moncho, acompañándoles en la distancia. Porque de hecho, todo estaba ocurriendo de forma simultánea. Pero no hay kilómetros cuando hablamos de sentimientos.
Así que he llegado a la eucaristía que teníamos a continuación con una paz interior, que me ha permitido disfrutar muchísimo de la misa. Sólo estábamos 20 allí, pero las canciones sonaban como si la iglesia estuviese llena, con tres o cuatro voces perfectamente sincronizadas. Y es que no sé cómo funcionarán como grupo, pero como coro lo hacen de lujo.
Al salir varios se me han acercado para decirme que les había gustado muchísimo la charla, que habían anotado muchas cosas, y que realmente tenían el convencimiento de que ese es el camino que debían seguir como grupo. También nos hemos hecho una foto en la puerta de la iglesia, pero mi cámara estaba en el coche, así que cuando me las pasen ya os las colgaré.
Y de ahí, a la playa. Hemos ido a Arena blanca, una de las poquitas playas de arena que hay en la isla. Allí hemos encontrado varias cosas: un grupo de unos cien jóvenes, del Centro Juvenil Don Bosco de los salesianos, grupos de españoles en las terracitas comiendo, y lo más triste de todo: cantidades ingentes de basura, sobre todo latas y botellas de cerveza, que rodeaban una alargada y estrecha playa digna de cualquier resort de Punta Cana. Y es que aquí, lo de las papeleras o contenedores, no se estila mucho. Ni en la playa, ni en la ciudad.
Pero bueno, allí hemos comido una paella que tiene historia. Nos hemos bañado en un Océano Atlántico muchísimo más cálido que el que encontramos en España, e incluso hemos estado un rato largo volando una de las cometas que me dio mi hermana para que trajese aquí. Ella me las dio pensando en los niños, pero es que, ante la novedad, eran los mayores los que estaban deseando cogerla. Aquí la ilusión no se encuentra sólo en los pequeños.

Y desde ahí carretera y manta hasta Malabo. Miento, hemos parado a mitad de camino, para que muchos se metieran en un rio, no demasiado limpio que digamos, a quitarse el salitre. Yo, a lo español, ya me había cambiado. Pero ha sido curioso.
Al llegar, me he ido corriendo a un locutorio a llamar a alguno de los que estaban en la boda. Era la hora del baile, así que me ha costado, pero al séptimo intento he podido hablar con los novios, para felicitarles, y poder regalarnos unos cuantos te quieros cargados de emoción. Y me he emocionado al oír que la pobre Ana ha llorado como una madalena cuando le han entregado los novios, y yo no estaba con ella. Y es que hoy no sólo le he hablado a un grupo acerca de lo que es una comunidad. Hoy ha sido uno de los días en que más he vivido aquello que decía.

Así que después de un día tan intenso, me veo en la necesidad de coger un par de taxis de ida y de vuelta para colgaros este relato, porque siento que necesito compartirlo con vosotros. No me cabe duda de que hoy ha sido el día más bonito desde que aterricé en Guinea.
Sólo me queda contaros la historia de la paella. Me dijo el párroco que la había encargado. Pero luego me ha confesado que una de las mujeres del coro se había comprometido a hacerla, con tal de poder pasar un día con su grupo intentando mejorar las relaciones. Eso sí, no quería que nadie lo supiera. Su grupo, aún sin saberlo, seguro que se lo agradece muchísimo, pero quizá yo aún más, por haber podido compartir un día como el de hoy, ya que puede que yo sea el que más lo ha aprovechado. Probablemente esa es la paella con más “tropezones” que haya comido en mi vida.
Un beso para todos. Se os quiere.

viernes, 23 de julio de 2010

Buscándose la vida

La sociedad guineana va en avance, como todas. Pero arrastra cierto lastre en forma de desarrollo tardío, que en ocasiones deja situaciones extrañas. Uno de los ejemplos, me lo contaba una de las hermanas salesianas al poco de llegar. En Guinea casi se puede decir que no existe el teléfono fijo. No es que no haya ninguno, es que prácticamente ningún hogar lo tiene. Quizá sea algo que sólo existe en instituciones, empresas, entidades, etc… Pero desde luego, no paréis a un guineano por la calle y le pidáis su número de casa.
Sin embargo, no ocurre lo mismo con los teléfonos móviles. Aquí sí que podéis parar a cualquiera y pedirle su número de móvil. Todo el mundo tiene uno. De hecho, es que sin un móvil es difícil estar en contacto con la gente. A mí, en las dos primeras semanas, me lo pidieron unas 53 veces. Más o menos. Así que yo también he claudicado, y tengo número de móvil guineano.
Aquí entre dos compañías se reparten el pastel: una es Getesa (en este país, el 90% de las empresas lleva las siglas GE, ya sea al principio o al final), que opera bajo la marca Orange, y Hits, una compañía que yo no había oído en mi vida, pero que resulta que está en España también. La partida la gana la primera de larguísimo. Pero la cuestión es que prácticamente cualquier guineano de más de 12 años tiene un móvil. Como decía la hermana, “aunque muchos no tienen ni un enchufe en casa donde cargarlo”. Una muestra de cómo la sociedad de consumo es capaz de penetrar en cualquier recoveco, por pequeño que sea. Hasta el punto de que han aumentado los número en una cifra: antes eran de 8, y ahora tienen 9 cifras. Pero que no os engañen, todos los de Getesa empiezan por 222.
La cuestión no es que lo tengan, sino que lo usan. Y mucho. Se llama muchísimo, y es muy habitual ver a muchísima gente hablando por el móvil por la calle. Pero lo más curioso, es cómo se paga. Aquí creo que no se lleva lo del contrato, sino que prácticamente todos son de prepago. ¿Y dónde se recarga? ¿En los cajeros? Mpf… No. En las tiendas oficiales. Casi que tampoco. Coged un dardo, lanzadlo con los ojos vendados hacia un mapa de Malabo, y a menos de 30 metros de donde caiga tendréis un sitio donde recargar vuestro móvil.
Y es que aquí cualquiera se busca la vida como puede, y la llegada del móvil ha abierto una fuente de ingresos para mucha gente mediante un sistema inédito en España: el traspaso de saldo. Sí, yo compro saldo en gran cantidad, pongamos, 100.000 FCFAs, y me regalan 30.000. Pues me dedico a hacer transferencias de saldo a la gente que quiere recargar sus tarjetas, hasta que transformo ese crédito de regalo en dinerito contante y sonante. De esta manera, a cada paso que se da se encuentra un cartel escrito con más o menos elegancia, y en el que dice “Aquí se pone saldo”. ¿Y qué hay detrás? Lo único que seguro que encontraréis es una silla con un fulano sentado, pero todo lo demás es innecesario. Yo me he encontrado gente vendiendo saldo en la puerta del banco, en el hueco del futuro ascensor del edificio de la policía, en la ventana de su piso bajo a pie de calle, hasta en medio de la carretera. Solamente hace falta eso: un cartel, y una silla. También hay puestos donde “Se pone carga”, pero no de saldo, si no de batería. No sé cuánto costará, pero ahí te cargan el móvil o cualquier otro aparato electónico, ya sea porque no te diste cuenta y se te apagó, o porque a tu casa no llega la luz eléctrica.
Así que todo el mundo se busca la vida como puede, si consigues que entren 2000 francos (3€) frescos al día, pues eso que te llevas por delante. Tampoco es que suponga un gran esfuerzo.
La última curiosidad sobre los móviles, es en qué rivalizan estas dos empresas. Su guerra ha llegado hasta una batalla muy curiosa: ver cuál de las dos coloca más carteles en Malabo que digan “5 de junio, cumpleaños del presidente. Felicidades, presidente”. Espectacular.

jueves, 22 de julio de 2010

Me lo repiting please?

Bueno, toca ya que os cuente lo que estoy haciendo estos días durante el comienzo de curso. El martes nos juntamos en el colegio Claret de Malabo para comenzar las clases. La lista de inscritos decía que tendríamos unos 25 profesores inscritos, a lo que habría que sumarle los que se fueran apuntando según se desarrollase el curso. Pero la realidad es que de esos 25 sólo aparecieron unos 13 o 14, que con los de última hora hicieron un total de unos 18. Les dije que para informática les quería dividir en dos grupos, uno de iniciación, desde cero, y otro de un nivel medio, con aquellos que ya supieran manejar Windows y un poquito de Word. Solamente cuatro levantaron la mano en este segundo supuesto, por lo que tengo un gran grupo de profes que no saben ni encender el ordenador (la mitad de ellos literalmente), y un pequeño grupito que se defiende más o menos.
El plan es el siguiente: lunes, martes y jueves, informática, miércoles y viernes inglés. Una sesión de informática con cada grupo, de 9 a 10.30 y de 11 a 12.30, y una única sesión, de momento, con los de inglés, de 10 a 12. Así que ese mismo día empezamos con la informática, que para eso era martes. Con los primero di media clase con el ordenador apagado, e incluso les desenchufé todos los cables de la parte trasera para que aprendieran a conectarlos (quién sabe si alguien les regalará un ordenador viejo, y no sabrán ni montarlo). Alguno de ellos movía el ratón con más miedo que alma, y tardaba medio minuto en hacer cruzar al puntero la pantalla de lado a lado. Por no hablar de que al pinchar lo hacían con tan poca seguridad, que la flechita se movía y hacían clic en todo menos en lo que lo tenían que hacer. Pero bueno, poco a poco creo que fueron entendiendo en qué consiste esto. Lo cierto es que no me hicieron casi ninguna pregunta, así que no sé, igual me estaban mirando como las vacas al tren. Creo que no.
Con el otro grupo empecé también desde lo más básico, pero muy rápido, para llegar (agárrense señores) a crear una carpeta, copiarla, crear un acceso directo, moverlo, y luego eliminarlo. Una locura. Todo esto lo hicimos en el aula de informática del colegio, donde ya sólo daremos un día a la semana, ya que por lo menos los otros dos los haremos en un colegio que tiene una sala muy moderna. Esto es, cómo no, gentileza de Mobil, una de las empresas que explota el combustible de la isla. Así que ahí trabajaremos hasta con internet. Espero.
Y hoy hemos empezado con el inglés. Me dijeron que empezara de cero. Y eso he hecho. Hemos empezado con el abecedario, para dedicarnos a aprender frases hechas, del tipo “Hello, my name is Jorge. I live in Logroño. I´m a teacher”. Así que de ahí, en adelante. No sé dónde llegaremos, pero era bastante cómico verme en la situación de leer una frase en inglés, y parar para escuchar como 25 personas, con acento guineano, repetían lo que yo había dicho. O algo parecido.
Ya os comenté que aquí muchos hablan pichi, una especie de inglés mal hablado, que no sé hasta qué punto será una ventaja o un inconveniente, pero la verdad que hoy todos decían las frases con bastante fluidez. Cuando les he invitado a leer un ejercicio que ellos mismos habían hecho en alto, les he intentado motivar diciéndoles que no tengan vergüenza, que es para su bien, etc. Joder, a estos no hacía falta, todos levantando la mano para participar. Eso es bueno, están motivados. Partiendo del hecho de que no soy profe de inglés, y no sé cómo hay que empezar a enseñarle a alguien (aunque no está mal practicar, para cuando tenga alumnos pequeñitos pequeñitos, jeje), creo que la cosa ha ido bien, así que satisfecho. Hasta hemos conectado un cañón que he conseguido que me traigan. El próximo día, con los números, les voy a poner algunas actividades de Jclic que me he descargado hoy. Van a flipar. Igual hasta terminamos haciendo clases de tres horas, que son muy majetes…
Pues esa va a ser mi rutina matinal semanal. Por las tardes de momento nada de nada, así que poca cosa. Aunque ya alguno va amenazándome con echarme el guante, para darle alguna clase particular, como el director, o el bueno de Edmundo (sí, a ver si le saco una foto, lo prometo), que es de los que más me interesa formar, para que él pueda seguir formando después.
Además, la agenda del fin de semana está completita. El sábado me iré con algunos jóvenes de la parroquia de excursión, a Luba, pero creo que más concretamente a Arena Blanca, la única playa que merece llamarse como tal en toda la isla. Y el domingo, Echube, el director, me ha dicho que me llevará a Moka, su pueblo, a pasar el día, que creo que tienen una comida o algo así. Si podéis buscadlo en el mapa, porque la zona sur de la isla es una reserva natural, y Moka está dentro de ella. De hecho, es el último pueblo al que llega la carretera, ya que a Eureka, la más meridional, sólo se llega o en cayuco en un viaje de 4 horas, o andando en un viaje de 6. A mí no se me ha perdido nada allí, así que todo pa´ellos.
Como ahora me conecto en el colegio, creo que los fines de semana no podré hacerlo, aunque el sábado, con esto de que voy con el párroco, igual me escapo en la parroquia y os cuento. ¡Quién sabe!
¡Hasta mañana! O como han aprendido a decir mis alumnos, see you tomorrow!

miércoles, 21 de julio de 2010

Por los que no saben qué es la solidaridad.

Mucha gente me pregunta que si se ven muchos blancos por aquí, si hay españoles, etc… Lo cierto es, que si no hubiera ido al centro cultural español a ver los partidos de España, no habría visto a casi ningún español. Además de los religiosos, claro.
El día antes de salir hacia aquí, estuvimos viendo Ana y yo el capítulo de Españoles por el mundo que hablaba de Guinea Ecuatorial. Me impresionó, porque mostró una imagen de desarrollo que no hubiera imaginado nunca. Pero desde la ignorancia, no se aprecian las cosas de la misma manera. Buscando páginas por internet, me topé con esto: “Españoles por el mundo… en otro mundo”. En este artículo de opinión cuenta el autor cómo se quedó estupefacto al ver el reportaje. La razón: ninguno de los seis protagonistas era religioso. Incluso en algunas ocasiones, se omitía que son los religiosos quienes están detrás de las instituciones que visitan, como es el caso del Colegio Español (regentado por Salesiano) o los archivos del Colegio Claret de Luba, donde estuve yo este fin de semana pasado.
Y es que si hubiera un censo que constatase cuántos españoles hay en Guinea Ecuatorial, igual nos llevábamos una sorpresa. Son muchísimos los curas, hermanas y hermanos que han llegado a Guinea desde España, y que tras muchísimos años aquí, han hecho de ésta su tierra. Benjamín, Carlos, Dori, Luis Javier, Elena, Teresa, Rosa, etc… Yo llevo poco tiempo aquí, y he conocido a muchos. Y si no fuera por el mundial, sólo conocería a un español que no fuera religioso.
¿Dónde están los españoles? Pues la inmensa mayoría trabajando para las empresas, ya sean petroleras o de otro tipo, principalmente trabajan para alguno de los gigantes que operan en este enanito país, a excepción de algunos, que supongo que no serán muchos, que trabajan en la embajada o los centros culturales. ¿Pero no se suponía que esto era España hace 40 años? Sí, pero con la independencia llegó la dictadura de Macías, un hombre que sólo tenía una cosa en la cabeza: los españoles. Y en un lugar muy concreto: entre ceja y ceja. Así que parece que la limpieza que hizo fue de escándalo. ¿Y quiénes quedaron? Pues los de siempre, los religiosos. Los que no tienen más gente que la gente de su pueblo, y que como pasa siempre y en todas partes del mundo, son los últimos en marcharse. Y eso, que el amigo Macías, tenía una segunda fijación: la Iglesia, y cerca estuvo de cerrar todos los templos del país. Hoy en día, sin embargo, todos quieren llevar a sus hijos a los colegios religiosos de Guinea. Los directores de los colegios bautistas, adventistas y demás sectas, mandan a sus hijos a los colegios católicos, porque sabes que es donde más se trabaja por la educación en este país. Y si les pasa algo, ojalá les lleven a un dispensario de las hermanas, y no al hospital de Malabo…
Pero esto es la historia de siempre. Los que venimos aquí de pasada, ya sea para una temporada corta, media o larga, llamamos mucho la atención. Y la tele muchas veces viene a buscarnos. Ya no digo nada si se trata de políticos, que no se mueven si no llevan una cámara pegada a su espalda. Pero hay otra gente que no se preocupa ni un poquito de salir en las noticias. Que a veces incluso hace lo posible por evitarlo, por pura timidez. Que la única razón por la que hacen lo que hacen, es porque creen que tienen que hacerlo, y se sienten enviados a ello. Y rompen con todo, y se comprometen hasta el final, a veces incluso sabiendo que lo que les espera es muy oscuro (no dejéis que me marche de aquí sin hablaros de “los suicidas de Dios”). Y esos, son los religiosos. Y están en todas partes, en países que no sólo no conocemos, sino que seríamos incapaces de pronunciar.
Cada vez que ocurre una desgracia en un país, ya sea una catástrofe natural, o un conflicto armado, las embajadas se apresuran a sacar a sus compatriotas de allí. Cuando, por desgracia, ocurra alguna de estas desgracias en el futuro, fijaos quiénes son los últimos en irse. O mejor dicho, fijaos quiénes son los únicos que no se van. Vaya por ellos hoy este homenaje. Por la gente que no sabe lo que es la solidaridad. Pero no porque no la practiquen, sino porque no son capaces de entender una vida vivida de forma distinta a como ellos y ellas lo hacen. Ellos sí son una imagen de Iglesia viva.

martes, 20 de julio de 2010

La casa de los horrores

Bueno, pues ya estoy en mi nueva casita. Ahora, como no tengo internet en casa, os escribiré en diferido, es decir, la mayoría de los días lo haré por la noche, un ratito antes de irme a la cama, y os lo colgaré en el blog al día siguiente por la mañana.
Lo dicho, ya me he movido a mi nueva casa. Antes estaba en el Santuario Claret, y ahora estoy en el seminario Padre Sialo. Ya preguntaré por la historia de este padre. Algo tuvo que hacer para que le dediquen un seminario.
El sitio es idílico. Una casa, también de estilo colonial, en medio de hectáreas de verde con muchísimos tipos de plantas y árboles. Ya os lo enseñaré. Una casita de dos pisos, con una terracita que rodea la casa, en la que yo personalmente echo en falta una hamaquita, pero que promete unas sobremesas más que agradables.
Uno de los inconvenientes, además de lo de internet, que es lo que me ha dado la vida durante esta época de poca actividad, es que no hay agua. Bueno, no la hay en los grifos, sí en un pozo en la misma casa, por lo que retomaré la táctica de tampucho, consistente en meterse a la ducha con un cubo de agua, y lavarse como uno buenamente puede. No os ocultaré que echaba en falta hasta ahora una cosita: la sensación de volcarte un cubo entero de agua al acabar la ducha. En sitios donde se suda tanto como aquí, es una gozada.
Pues ha sido tocar, ducharme y marchar, ni he deshecho la maleta, me he vuelto al colegio, donde me esperaba Edmundo para terminar de preparar la sala para mañana. De camino he ido con Ángel y Jacinto, dos estudiantes que me comentaban la particular visión de la situación política y social del país desde el punto de vista de un joven. Interesante, otro día os lo cuento.
En el colegio, tenía a Edmundo como un niño con zapatos nuevos. Hasta ahora no tenía apenas manera de conectarse a internet, y sin embargo ahora puede hacerlo desde su sala, y a una velocidad buena para el sitio en el que estamos (60 kb/s en descarga directa, aquí es todo un lujo). Y ¿os imagináis que es lo que más le interesa de internet? No, no son páginas tontas donde pasar un rato. Es buscar cursos online para seguir aprendiendo informática. Bueno, también me ha preguntado varias veces por los chats, pero desde luego lo de los cursos es lo que más le interesa. Si es que, Dios da pan a los que no tienen dientes.
Y al volver a casa, sesión de noche. Llego, todo a oscuras. Entro en la casa, todo a oscuras. Doy el interruptor, todo a oscuras. No hace falta que os diga la razón, ¿verdad? Llego a la habitación alumbrando con la pantalla de la cámara de fotos, y me encuentro a José Ramón, el claretiano que me vino a recoger al aeropuerto, y que vive en esta casa. Me alumbra con su linterna para que encuentre la mía, y va encendiendo velas a lo largo de toda la casa. A la que vamos a buscar alguna más, entramos en la despensa, y ¡Oh, Dios, mío! Empiezan a corretear cucarachas de todos los tamaños por todas partes. Yo casi ni pestañeo, y salimos de allí. Me dice José Ramón, Botoko de apellido, que hay un generador, pero que él no sabe encenderlo. Me sale la vena de echao p´adelante, y le digo que por qué no lo intentamos. A la que atravesamos el comedor, intento convencerme a mí mismo de que no he visto un ratón pequeñito entrar corriendo por el agujero que queda detrás de un enchufe que está fuera de su zócalo.
Tras toquitear un poco, enciendo el motor, y me dan ganas de decir “pon un ingeniero en tu vida” (no lo hago porque se me llena la boca sólo de pensarlo). Bueno, pues ya tenemos luz. Estaba viendo que no íbamos ni a cenar, porque sin luz, el microondas como que no. Y aquí empieza lo divertido.
Mientras deshago la maleta, y voy buscando por toda la casa las cosas que necesito, empiezo a pensar que esta casa sería un filón para rodar una peli de miedo. Os pongo en antecedentes. Esto es un seminario donde calculo que habrá unos 25 estudiantes, con tres o cuatro formadores que viven aquí de forma continua. Ahora mismo están de vacaciones, por lo que en la casa sólo estamos Felipe (el director del colegio) Echube, José Ramón (secretario de los claretianos y encargado de resolver todos los asuntos burocráticos, incluidos los míos) Botoko y yo. Este tipo de casas ganan en tenebrosidad según baja el número de habitantes, así que ahora está a nivel casi máximo. Y empezando por la campana que hay en medio del pasillo (sólo de imaginármela sonar en medio de la noche a oscuras y sin nadie tirando de la cuerdecita se me ponen los pelos de punta), y acabando por esos pasillos alicatados, estrechos e interminables, llego a la conclusión de que esta casa haría que a Amenábar se le cayera la baba.
Hecho un valiente, cojo un bote de insecticida que hay en mi habitación, y bajo a la despensa a acabar con las cucarachas. A algunas de ellas, después de enchufarles un buen chorro, sólo les falta atusarse las antenas, como si les acabaran de echar perfume. Bueno, realmente empiezan a correr, pero no caen muertas. Miro el bote, y lo cierto es que todos los insectos que aparecen dibujados en él son bastante pequeñitos. Estas cucarachas medirían fácilmente 4 o 5 centímetros, eran gigantes. Un poco más pequeñas, eso sí, que la araña que las observaba impasible. Esta seguro que llegaba a los 6 cm entre patas. Decido darlo por imposible.
A la que voy a cenar, me encuentro lo último que me faltaba por ver. Un gato. Sí, un gato dentro del salón. Pienso “vaya, ya nos hemos dejado la puerta abierta, y ha entrado por ahí”. Pero no, la puerta está cerrada con llave. No quiero pensar por dónde ha entrado (quizá por donde escapó el ratón). Le abro la puerta, le persigo por el otro lado y sale disparado. En fin, a cenar. Y a la que voy a lavarme las manos, un lavabo llenito de mugre, del que, por supuesto, no sale agua.
Así que después de cenar, me he subido a la habitación a colocar todo en el armario, haciendo caso de los consejos que me daba mi madre, de poner bolsas de plástico en los armarios. En este caso es que hay una tupidísima capa de polvo.
Y aquí estoy, escribiendo en el ordenador, en calzones (no hace falta que me imaginéis haciéndolo, os podéis ahorrar el mal trago. Seguro que después de leer esto todos lo habéis hecho. Y seguro que si alguno faltaba, después de leer esto último también lo ha hecho) y casi sudando, ante lo que promete ser una calurosa noche la sauna en que suele convertir una mosquitera a cualquier cama.
Pero ojo, no quiero que leáis esto y penséis que estoy reprochando nada.

Esta es la realidad que viven muchísimos guineanos cada día. O peor, porque yo incluso disfruto de un generador que alimenta la casa cuando no hay luz. Y no penséis que los insectos son fruto de la dejadez. Esto es pura jungla, y aquí es muy difícil ponerle puertas al campo. Me dice José Ramón que han fumigado mil veces, sellado juntas, puesto pegamento, etc…, pero que no hay manera, que siempre aparecen. Y es que esto, amigos, es lo que vive esta gente día a día. En ocasiones, y yo el primero, podemos tender a pensar que efectivamente son dejados, que vaya desastre, que no cuidan nada. Pero es que aquí es muy difícil plantar cara, cuando vives entre una naturaleza tan salvaje. Así que ni me puedo quejar, ni pienso hacerlo. Al fin y al cabo, dentro de cinco semanas yo volveré a mi casita impoluta, donde no hay problemas de plagas, ni de agua corriente, ni de luz. Pero esta gente seguirá igual. Y tampoco se trata de sentirse culpables por tener lo que tenemos. Se trata de sentirse afortunados.

Pues nada gente, que muy gustosamente, porque es como me siento aquí, me voy a la camita. Bueno, igual hasta me doy el lujo de ponerme un capitulito de Me llamo Earl antes de irme a la cama. Lo dicho, mañana os contaré qué tal ha ido el comienzo del curso. Sed buenos!

lunes, 19 de julio de 2010

Cambio de ubicación, comienzo de clases


Pues definitivamente esta tarde me moveré al Seminario Padre Sialo. En teoría, es sólo que me muevo de aquí, a este otro sitio. En la práctica, supone un problema un poco más gordo: creo que allí no voy a tener internet. Pero bueno, para actualizar el blog en principio no debería haber problema, traeré escrito todo y lo colgaré desde el aula donde daremos clase, que en principio allí voy a tener red, así que os seguiré contando cositas. Lo que será más difícil es seguir manteniendo el contacto con casa.
Pero así las cosas, mañana empiezo el curso. En principio voy a tener dos turnos, uno de 9 a 10.30, y otro de 11 a 12.30 (una hora más en España). Las tardes las tendré libres, así que a ver si me busco alguna cosita que se pueda hacer. Veremos, porque hay días que se hacen muy largos aquí, y necesito ir encontrando otras cosas.
Parece también que voy a ir dando días alternos inglés e informática. Aprovecharé para así poder ir dos días a la semana a Santa Teresita, que tienen una sala de informática que está de lujo, ya la quisiera yo para mi cole. Ahí han tenido la suerte de que una de las empresas petrolíferas que explotan el petróleo guineano se la haya pagado. De vez en cuando se reparten migajas, parece. Y en cuanto al inglés, me han dicho que empiece desde cero patatero. No sé yo, se me hace muy poco tiempo para ello, pero veremos si la gente puede aprovecharlo, les pica la curiosidad, y luego siguen dando un poquito de inglés aquí.
Ale, que os dejo, hoy poquita cosa. Si alguno no habéis leído este fin de semana, leed el artículo de abajo, que merece la pena.

domingo, 18 de julio de 2010

La maldición de "el Sur"


Ya estamos de vuelta. Después de visitar el otro lado de la isla, regresamos a la que, aunque sólo durante un día más, sigue siendo mi casa. Son varias las cosas vividas, así que vamos poco a poco.
Breve puesta en antecedentes: la hermana Araceli, directora de Sta. Teresita, me había invitado a ir a su pueblo, junto con dos hermanas más, al poco de llegar aquí. Resulta que Benjamín, claretiano que ha pasado algunos días por esta casa, es el cura de dicho pueblo, Ruiché, que está al lado de Lubá, segunda ciudad en importancia dentro de la isla. Además, Edmundo, el profe de informática, da clases en Lubá también, con lo que nos acompañaría estos días. Así que el plan queda en pasar el fin de semana allí, durmiendo viernes y sábado en el colegio Claret de Lubá, y volviendo el domingo.
Había quedado con el padre Benjamin en salir como a la 1.30 de la tarde. Él se va a España de vacaciones con su familia esta semana, y anda de papeleos, así que no llegó hasta las 3.30. A las 5 nos esperaban en el pueblo para unos bautizos. Así que salimos en el coche Benjamín, una señora con su hijo, y yo. Estos dos invitados sorpresa van a un pueblo que está en la carretera. Bueno, mejor dicho, en la carretera les espera el desvío hacía su pueblo, separado por hora y media de camino, cargando con sus cestos. Ir allí en coche nos costaría media hora de ir y otra de volver (imaginaos qué camino), así que resulta imposible.
Y es que los caminos en esta parte de Guinea son peculiares. ¡Qué tendrá el Sur, que en todas partes se olvida antes! Desde Lubá hacia Ruiché hay varios tramos. El primero, el que enlaza la ciudad, con el barrio de Las Palmas. El asfalto hace pensar que en su día aquello fue una carretera en condiciones, pero a día de hoy, hay partes por las que hay que pasar a 5 km/h.
Este es el barrio de Las Palmas. Para ver bien las fotos, podéis pinchar en ellas. Si lo hacéis con la tecla control pulsada, no os desaparecerá esta página.

Y desde ahí, hay varios desvíos: hacia Ruiché, hacia Bellevue y hacia Bokoricho. Ambos datan de la época de los españoles, es decir, de hace más de 40 años. Y no os imaginarías cómo es aquello. Una carretera, con pendiente constante y fortísima, que se abre paso entre la densísima jungla guineana, y en el que la parte asfaltada se reduce a… ¡las dos rodadas! Es decir, dos tramos paralelos de 40 cm de ancho cada uno, por donde debes llevar las ruedas de tu coche, y césped salvaje entre ambos. Menos mal que como eran las fiestas del pueblo, y se preveía mucho tráfico, habían chapeado (cortado las hierbas y ramas), que si no. Y por supuesto, las risas vienen cuando se cruzan dos coches por el camino. Pero esto es un caos organizado: hay preferencia para el que sube, así que el que está bajando tiene que dejar paso (o literalmente, arrojarse a un lateral, en ocasiones estoy seguro que cerrando los ojos y cruzando los dedos). Y es que en ocasiones, como se pare el que está subiendo, igual se queda ahí tirado.
La gracia es que aquí no todo el mundo dispone de un vehículo, así que el coche del cura se convierte en el remolque de todos los que vamos encontrando por el camino. Salimos de Lubá seis personas, los otros cuatro eran 3 personas mayores, y la nieta de uno de ellos, así que me ofrecí para ir en el remolque, que ya había experiencia de cuando estuvimos en Honduras. Al pasar por Las palmas, subieron cuatro más. Ellos ni siquiera iban a Ruiché, sino a Basakato, pero las tres o cuatro horas de camino se les habían convertido por arte de magia, en 30 minutitos de llano. No va nada.
Llegamos a Ruiché, y apareció ante nosotros un pueblecito, desparramado por la montaña, con mucho encanto. Fuimos directos a la Iglesia, donde esperaba parte de la gente. El resto fueron llegando no tras el toque de campana, que no hay, sino al oír la llanta de coche que colgada en la puerta de la escuela (tampoco hay iglesia) cuando era golpeada con una barra de hierro.
Ya veis que no os miento con lo de la llanta.
Tras los bautismos, llegó la celebración. Primero, fui con la hermana Araceli a conocer su casa y su familia. Allí estuvimos a oscuras, no porque se fuese la luz, aquí nunca ha llegado, sino porque no funcionaban los generadores de la familia. Así que a la luz de un candil estuvimos compartiendo un ratito. La hermana es auténtica dulzura, una mujer que derrocha amor y paz por los poros. De ahí fuimos a bendecir una casa que si bien no era nueva, había sido reformada. Parecido a lo que habíamos comentado otras veces: estructura y cerramientos de madera, interiores de cemento, ésta incluso con baldosas. Los tejados son siempre de chapa metálica ondulada, sujeta por la estructura en triángulo de madera, y con una especie de falso techo de madera, que más que embellecer, se encarga de evitar que los sólidos que se puedan colar por el tejado lleguen al interior. 

Y tras la bendición, subimos a casa de uno de los hombres que había bautizado a su hija, donde nos esperaba un suculento banquete, a base de arroz, pescado, alguna alita de pollo, dulces, refrescos y cervezas, y la novedad del día: antílope. Si, un nuevo bicho que añado a la colección. Una carne un poco dura, pero está buena. Estuvimos un ratito, y para casa. Nos costó un rato llegar al coche, porque el camino era con mucha pendiente y muy resbaladizo. Y por supuesto, a oscuras.
Al día siguiente subió con nosotros Edmundo, y una hermana que está en Batete, otro pueblo del que os hablaré otro día. También se unieron por el camino otros tres hombres, que se ahorraron las dos horas de subida a pie. Ese día era la misa mayor de las fiestas, la primera comunión de 8 niñ@s, y el ingreso de una nueva hermana en la Cofradía del Carmen, aprovechando el día de su patrona. Así que la misa estuvo entretenida, hasta el punto de que rozamos las 2 horas. Pero eso aquí no es tanta novedad. A la salida fuimos a hacer una oración en lo que será la nueva Iglesia, cuatro pilares que se abren camino entre la maleza que casi ni deja que se vean.

A partir de aquí, comienza la ruta gastronómica de Ruiché. Primero, una especie de Lunch preparado por los padres de los niños que hacían la comunión. Paella de langostinos, pollo, y fanta de piña (sí, hay también de fresa, pero no es tan popular), haciendo malabares para que no se caiga nada mientras comemos de pie. De ahí a la casa de la cofradía, donde de nuevo nos invitan a “picar algo” (aquí también lo llaman así, pero puede ser desde tomarse una tapita, hasta comer en condiciones): arroz, plátano, y un poquito de pollo. Qué difícil es partir el pollo con un tenedor de plástico sentado en un sillón. Y por último, a casa de la hermana Araceli, donde ya nos sentamos en torno a una mesa, pero sin cambiar mucho el menú: paella (véase arroz con colorante y algo de sustancia), plátano, pescado en salsa, y chicharro a la plancha. De todo un poco, amigos!
Esto que habéis leído en un minutito, no os exagero si os digo que nos costó cosa de dos horas y media. El padre Benjamín es de los que cada vez que sube al pueblo, saluda a todo el mundo, aunque sea a la carrera para ir a dar otra misa. Así que esta vez que iba con tiempo, nos lo raptaban a cada poco.  Íbamos por delante, y al darnos la vuelta, ya no había rastro de él. Pero es que eran las fiestas del pueblo, y todo el mundo quería que el padre fuera a las casas. Algunos por superstición (aquí se lleva mucho lo de bendecir casas, coches, niños), otros por abrir su casa al que pasa, y ofrecerle todo lo que tiene. Igual no es mucho. Bueno, qué coño: es más que mucho, es todo.
 Atención a las vistas del pueblo: todo el litoral de la isla, hasta Malabo. No me quiero imaginar cómo será Bellevue

Y de ahí, viendo cómo la hermana sorteaba los abrazos de  los borrachos, que empezaban a abundar, nos fuimos de vuelta a Lubá. Salimos un ratito a tomar algo al barrio de Las Palmas, esta vez en un R4, de los que tienen una palanca de cambios que quitan el hipo(os pongo la imagen porque lo merece), y con un conductor que no tiene carnet. El bueno de Edmundo dice que en los tres años que lleva conduciéndolo, no ha tenido tiempo de sacárselo. Pero no se alargó mucho la cosa: se fue la luz, y nos quedamos en el pub en cuestión bajo la luz de una vela. Mal momento para tener problemas con el suministro: ya no volvió en toda la noche, y en Malabo no ha habido hasta media tarde. A saber allá. Que aquello es “el sur” de la isla.
De izquierda a derecha, una de las hermanas Concepcionistas, la hermana Araceli, con el "uniforme" de su familia, y la hermana Victoriosa, de Batete.

Hala, que menuda brasita os he vuelto a dar. Mañana seguimos. Parece que ya toca que se ponga esto en marcha. Veremos. ¡Saludos a todos!