domingo, 15 de agosto de 2010

Hacer las cosas mal para que salgan bien.

Hacer las cosas mal para que salgan bien
Mucha gente piensa que en África viven en una jungla. Pero aquí la única jungla que hay es de asfalto. Uno no sabe bien qué es lo que piden para sacar el carnet, pero la pregunta tampoco tiene demasiado sentido cuando ve que lo normal es no respetar ninguna norma, y menos aún cuando hay mucha gente que conduce sin tener carnet.
Hay que tener en cuenta dos factores. Primero, las características de las carreteras de la ciudad. A esta gente le daría la risa si viese aquellos socavones que retrasaron las obras del AVE. Aquí hay auténticos cráteres en medio de la calzada, que hacen imposible que circulen por el carril correspondiente a su sentido. Y segundo, las características de los coches de aquí. No hay término medio: o coches que uno no se explica cómo pueden seguir funcionando, o todoterrenos de gran lujo, los cuales no son complicados de encontrar. Aún así, lo más normal es ver coches que en España no pasarían una itv ni de broma. Ya sea porque tienen los retrovisores colgando, o porque directamente no los tienen, o porque llevan las ruedas tan deshinchadas que se puede oír la llanta contra el suelo, o porque dejan una estela de humo negro a su paso ante la que a veces hay que pararse, cerrar los ojos, y contener la respiración. Mención aparte merecen los taxis. Si ya os comenté que algunos tenían la luna delantera rota, hace poco me tocó montar en uno que llevaba el golpe en la parte del conductor, por lo que continuamente tenía que ir moviendo la cabeza para ver algo, e incluso sacarla por la ventana. Algunos llevan tal pedrada, que se forma como una bolsita hacia dentro del coche, de hasta cinco centímetros de profundidad. Vamos, que si estuviese hacia fuera podrían usarla de posavasos.
Y aunque en algunos cruces hay semáforos, todavía son mayoría los cruces que quedan a la libre interpretación de los conductores. El problema es que cada uno lo interpreta a su manera. Los semáforos es lo único que se respeta, por lo que es lo demás, nada de nada. En España, ante una rotonda, uno supone que el que pretende entrar en ella normalmente parará para dejar paso al que ya está tomándola. Aquí, uno supone que el que quiere entrar en la rotonda ni siquiera va a mirar a ver si viene algún coche. Menos mal que cuando a uno le pitan, se podría decir que ni hace ademán de haber oído nada, que si no acabarían a palos.
Lo de los intermitentes es también para hacer un estudio. El día que un guineano ponga un intermitente, no ya para señalar que va a girar, sino para indicar que va a frenar en seco para dejar a alguien, me pararé y aplaudiré entusiasmadamente.
Aún así, no se ven muchos accidentes, porque todo el mundo tiene tan claro que el otro puede hacer cualquier cosa, que cuentan con ello y reaccionan rápido. Es como si hubiera que hacer las cosas mal, para que salgan bien. Bueno, esto es lo que os habría contado si este post lo hubiera escrito hace unas semanas. Porque en apenas cinco días, tuve noticia de tres muertes por atropello, dos accidentes con varias víctimas en la carretera de Luba a Malabo, e incluso fuimos testigos de un par de ellos. Y en varios de ellos, los que lo habían provocado eran altos cargos de la policía. Se ve que ellos están al margen de la ley, pero no de la Física.
Yendo por la carretera del seminario, con dos o tres carriles para cada sentido, vimos como un jefecillo entraba sin mirar, chocaba con un taxi, y hacía que ambos coches cruzaran de lado a lado hasta chocar con una farola de la otra acera. Menos mal que coincidió con uno de los pocos momentos en que no pasaba nadie en sentido contrario. Otro de los días, estando en la terraza, oí una de esas frenadas que parecen eternas, y que hacen que uno estire el cuello para ver si se oye un “pum” al final. Pues esta vez sí que se oyó. Botoco salió corriendo desde su habitación, y vimos como un taxi había perdido el control y se había estrellado contra una señal de peligro (menudo vidente el que la puso ahí) hasta tumbarla en la acera. Edmundo fue el que me contó que yendo de Malabo a Luba vio un choque frontal de dos coches, y cómo se podían ver los cristales llenos de sangre.
Y es que en carretera, uno sufre. Porque lo de las líneas del suelo es algo orientativo. Aquí una línea continua no significa nada, y los coches invaden el carril contrario sin temer que aparezca un coche desde más allá de los diez metros de visibilidad que tiene la curva. Yo me pongo malo, porque no hay necesidad ninguna de hacerlo, y uno duda que vayan a tener esa capacidad de reacción para volver a su carril si aparece alguien en el otro sentido.
En esa carretera que une las dos ciudades más importantes de la isla, se puede ver cada pocos kilómetros cómo los “quita miedos” ya han hecho su función, pero no están listos para volverla a ejercer. Hay algún coche volcado en los arcenes, y en uno hasta se ven ramos de flores, indicando que ese fue el triste final de algún conductor. Por no hablar de los puntos desde donde se accede a las canteras, que están llenas de gravilla. En fin, un peligro importante, rebajado ligeramente por el hecho de que no se puede correr mucho. Pero hasta las señales de velocidad son orientativas, y hay tramos de 50 en que todos los coches van a 90.
No sé si hace falta a estas alturas que os hable de los pasos de cebra, donde uno se santigua antes de empezar a cruzar la carretera. O aquello de incorporarse en una carretera de varios carriles hacia la izquierda, donde dan ganas de decir “una, dos y tres”, y cerrar los ojos.
Los primeros días me preguntaba si yo podría conducir con el carnet de España. Después me enteré que simplemente tenía que ir a tráfico para que dieran uno convalidado. Ahora me alegro de no haberlo hecho. Todo para ellos.





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Actualizando:
El otro día me acordé de dos problemas de entendimiento con los guineanos que no os había contado. El primero es encontrarse de frente con la pregunta: "¿Y cuál es su gracia?". Se ve que esto significa que quieren saber cómo te llamas, pero vaya, como para adivinarlo...

Y la segunda ya es la bomba. "Abre el bote, lo utiliza, y si falta lo tiene que tirar". Vamos a ver, si falta, tendré que abrir otro, ¿no? Pues no, aquí vuelven a intercambiar dos palabras que para colmo son antónimos. "Si falta" quiere decir si sobra. Así que "faltan" los comentarios.

sábado, 14 de agosto de 2010

De Ma....labo a Ma....iami

Acabo de llegar de hacer un viaje de miles de kilómetros. He viajado de la costa este de Estados Unidos, a la costa Oeste de África, a una islita llamada Bioko cuya capital es Malabo. ¿Que cómo he podido hacer ese viaje? En coche. Son cinco minutitos (eso sí, con peaje incluido). De hecho, a la Miami de aquí se le conoce como Punta Europa, y es un sitio de torres metálicas altas con luces rojas en lo alto, para que los aviones que pasan apurando puedan esquivarlas. Alguno incluso podría pensar que es una ciudad olímpica, porque tiene antorcha. Pero esta no indica que estamos en plena olimpiada, sino que el petróleo y el gas siguen fluyendo al mismo ritmo que los dólares.
En el sitio de donde vengo no se habla español, se habla inglés. Así lo atestiguan las señales de tráfico en lengua anglosajona. Pero es un sitio raro: allí todos son inmigrantes, pero no se ve miseria. De hecho, son los locales los que ocupan los puestos de la hostelería, para servir los cócteles a los que vienen de lejos. Esto en España sólo se entendería en un sitio de turismo, pero los que llenan los bares no son turistas, sino trabajadores. Es algo así como el mundo al revés.
Lo que tiene en común con la cuidad es que también son todo casitas bajas. Solo que en muchas de estas hay máquinas de gimnasio, y hasta jacuzzis. Y el club social, o “Club House” como lo llaman, podría pasar como el bar de un hotel de cuatro estrellas a pie de mar, con su piscinita y todo. Sí, de esa que tiene unas luces que la iluminan por la noche, y queda la mar de bonito. Hasta hay un pequeño edificio donde se hace animación, y los ingleses, estadounidenses y demás “inmigrantes” disputan un concurso de preguntas y respuestas, dirigido por el “equipo de animación”. Pero vuelvo a repetiros que esto no es un resort. Es un sitio de trabajo.
Ana, la chica de Logroño, vive en la planta petrolífera. Trabaja para una de las empresas que explotan (literal y metafóricamente) los recursos del país. A ella no le gusta mucho, pero la llegada de extranjeros pudientes ha puesto tan alto el precio de los alquileres en la ciudad, que no le ha quedado más remedio. Y me invitó a pasar allí la noche del viernes, que coincidía con la “happy hour” del Club House. Como si allí hubiera alguna hora triste…
Es un sitio más que curioso. De verdad que uno podría pensar que está en Salou, o en Tenerife, o en cualquiera de esos sitios diseñados para los turistas de piel quemada por el sol. Y allí hemos estado, tomando unas cañas, e incluso permitiéndonos el lujo de pedir algo de comer de la carta, después de degustar las costillas de cerdo del buffet que ponen, para que la gente que se toma dos cervezas al precio de una no se emborrache demasiado. Y eso que allí, un sitio donde no creo que haya nadie que esté por una razón distinta al dinero, no importa gastarse pasta. Más que nada porque lo único que uno se gasta es calderilla. Resulta muy violento ver que una hamburguesa cuesta la mitad de lo que se pagaría en la ciudad por algo peor, cuando los que se la toman cobran diez veces más que la gente de a pie de Malabo.
Para que os hagáis una idea. El otro día estábamos Edmundo y yo tomándonos un helado en un bar, y vinieron tres niños, se apoyaron en la barandilla, y me dijeron “Siento hambre”. Hay tres cosas que me repateaban de esa situación. La primera es que me lo dijeran a mí por el hecho de ser blanco. La segunda, que seguro que me lo dijeran no porque tuvieran hambre de comida, sino de helado. Y la tercera, que esa carita de pena se transformara en risas y choteo cuando les dije “esperad aquí y ahora os cojo algo”. Pero al fin y al cabo no dejan de ser niños, y me da igual si era verdad o no que tenían hambre. Prefiero dar lugar a que me engañen, que negarle comida a un niño. De modo que cuando nos tomamos el helado, fui al “restaurante” de enfrente, y les compré un plato de patatas fritas para llevar. Me costó 2000 francos. Hoy, por el mismo precio, me he tomado una hamburguesa con queso, bacon y patatas fritas que no sólo estaba de miedo, sino que además era bien contundente. Ahora comparad el poder adquisitivo de la gente que visita un lugar y otro.
La gente que está en la planta tiene ciertos privilegios. Pero como en todas partes, hay clases y clases. Los jefazos tienen casitas unifamiliares con todo tipo de detalles. Los operarios, viven en casas de plástico. Los primeros tienen cocina. Los segundos no. La diferencia principal no es que uno puedan comer en casa, y otros tengan que ir a la cantina, sino que aquellos que pueden cocinar tienen cada dos semanas un “Food drop”. Vamos, que viene un avión lleno de comida fresca (carne, pescado, fresas, frambuesas, y demás cosas imposibles de encontrar en la ciudad), una especie de supermercado en el que la única diferencia es que no se paga al salir. Al ir a trabajar dejas tu ropa sucia en la puerta, y al volver por la tarde la encuentras lavada y planchada. Que bastante “sacrificio” hace ya esta gente al salir de su país para ir a ese lugar tercermundista… Y me cuenta Ana que mucha de la gente se queja. Y le dan ganas de decirles “¿Pero tú que vives, en Ma….labo, o en Ma….iami?”
Ana no tiene esos privilegios. A ella la contrataron ya desde Guinea, por lo que no tiene el trato de expatriada, lo que no sólo afecta a su sueldo, sino también a sus vacaciones. Pero apostaría a que es mucho más feliz que el resto. Mucha de la gente que hay allí no habrá pisado nunca la ciudad. De hecho, desde la planta se inculca cierto miedo, vendiendo que es una ciudad muy peligrosa (otra cosa igual sí que es, pero peligrosa os aseguro que no). De ese modo, se evita que salgan y se pierdan. Es muy triste comprobar que algunos van del aeropuerto a la planta, y de la planta al aeropuerto.
Es una ciudad ficticia, en la que se aplica la forma de vivir de los Estados Unidos. Esto es, el miedo. Bajo el lema de “Safety first” (la seguridad es lo primero), todo se controla. No os quiero ni contar el cuadro que se ha montado cuando a uno se le ha caído el vaso al salir a la terraza, y han quedado cristales por el camino. Dos camareros avisando a todos los que pasaban, hasta que se ha podido barrer y colocar uno de esos carteles amarillos que indica “suelo húmedo”. Aún así a los diez minutos ha pasado uno y se ha caído. Pero como era la hora feliz, no había lugar al enfado.
En fin, que los que aquí vienen a llenarse los bolsillos (cosa muy respetable, por otro lado) pueden relajar tensiones en el súper gimnasio con máquinas de última generación, o en las pistas de tenis, o en las canchas de baloncesto, o hasta en el campo de golf (sic). Al fin y al cabo ellos lo han dejado todo para venirse aquí a sufrir. Pero me da igual. Yo no cambio mi vida por la suya.
Al principio a uno le surge la duda de si debe ir ahí. De si no será eso un ejercicio de hipocresía, después de conocer la auténtica realidad de esta ciudad. Pero luego te das cuenta de que todo lo que sea conocer le sirve a uno. Incluso aunque sea para confirmar que dos mundos tan injustamente diferentes conviven a apenas cinco kilómetros. Porque el sabor agridulce que se saca de allí es fruto de la rabia que provoca ese contraste, y la satisfacción de saber que finalmente uno quiere tomar la opción que le hará más feliz. La que, a pesar de ser la más difícil, le permite a uno saber que su vida es un poquito más auténtica. Y que esa realidad tan irreal se la queden ellos. Que yo aspiro a ser ciudadano, del mundo de a pie.

viernes, 13 de agosto de 2010

Misma lengua, distinto idioma

Una de las preguntas que más me hacían cuando decía que venía a Guinea, era que qué idioma hablaban aquí. Yo respondía que español, que era el único país de África hispanoparlante. Iluso de mí. Una cosa es que lo hablen, y otra como lo hablan.
Uno encuentra varias barreras lingüísticas cuando llega aquí. La más difícil es la de los dialectos. El español es el idioma oficial, y todo el mundo lo sabe hablar, pero entre ellos utilizan normalmente las lenguas de sus etnias. Los fang hablan fang, y los bubis también tienen su dialecto, pero suelen hablar en pichi. Después de un tiempo he llegado a la conclusión de que esa palabra viene del “speak English”, que ellos pronuncian “pichinglis”. Es una mezcla rara de inglés, alguna palabra en español, y un ingrediente secreto indescifrable para alguien que viene de España.
Cuando hablan con un blanco, lo hacen en español, pero cuando se encuentran con alguien pasan a la otra modalidad, por lo que uno no se suele enterar de nada. Pero es entendible que lo hagan, porque es lo que suelen hacer normalmente. Los que hablan en pichi, cambian alternativamente al español, sin que uno entienda en qué momentos concretos lo hacen. Es bastante raro.
Otro problema es el del volumen. Si metemos en una coctelera una persona acostumbrada a hablar para el cuello de su camisa, con alguien que viene de La Rioja, donde no es que seamos muy sutiles ni con el tono ni con el volumen, obtiene como resultado un dolor de cuello al intentar estirarlo para oír lo que dicen. No pocas veces he tenido que repetir hasta tres veces a alguien un “es que no te oigo”, pero ellos no suben el tono, más que nada porque el significado que tiene para ellos esa frase es “no te entiendo”, pero no se dan cuenta de que el problema es de volumen. Me alucinaba al principio como cuando uno iba en un taxi y alguien hacía una seña de que quería montar, decía a volumen bajito el lugar al que quería ir, y el taxista, aún con la música altita, le entendía. Yo casi ni percibía que había dicho algún sitio. Sin embargo, cuando era yo el que decía un sitio desde fuera del coche, aún medio gritando, no me entendían. Pero parece que a todo se hace uno, porque ya voy captando esas cosas, quizá también en parte porque voy conociendo los sitios que dicen.
Pero lo más complicado es el significado distinto que tiene las palabras aquí y allá. Porque aunque hay palabras propias de aquí, no son muchas. Por ejemplo, chapear significa cortar la hierba, cebu significa vaca, etc… Eso sí, cuando uno dice una frase cuyo significado cree que está claro, y o no te entienden, o hacen algo que no tiene nada que ver, hay que empezar a pensar que quizá sea porque la semántica de las palabras utilizadas poco tiene que ver con lo que conocemos en España.
Varios ejemplos. Cuando fui con la gente del coro a Luba, les decía una situación que tenían que interpretar. De las cuatro parejas, sólo dos hicieron algo parecido. A unos les dije que uno de ellos tenía que pedirle al otro que le ayudara a preparar unas canciones, pero éste estaba cansado y se tenía que ir a casa. La dramatización que hicieron fue que uno paraba a otro para decirle que tenía un problema muy serio, y el otro le respondió que claro, que iban a tomar una cerveza para que le contara qué le pasaba. Cuando terminaron tuve que improvisar rápido algo, para evitar que pareciera que pasaba un seto rodando por delante nuestro ante mi estupor. En la otra pareja, el papel del primero era el mismo, y el segundo, aunque tenía que ir a recoger a su hijo, tras hacerse de rogar, terminaba accediendo. El resultado fue que uno hacía que llamaba por teléfono al otro, quien directamente aceptaba sin poner ni media queja. ¿Alguien se lo explica? Yo no.
Este sábado, hice unos juegos con los seminaristas. Aprovechando que éramos todo chicos, hice el juego de la manta. Os lo cuento rápidamente. El voluntario tiene que ir diciendo prendas que lleve encima, hasta que acierte cuál hemos elegido los demás. Cada vez que dice una prenda, y no es, se la tiene que quitar. Así, hasta que se le deja en calzoncillos, porque la prenda en cuestión es la manta que usamos para taparle. Se lo explico al primero, y me dice que vale, que lo entiende. Y dice
- La camiseta de Antonio.
- No, no, tienes que decir una prenda que lleves tú encima.
- La bufanda.
- ¡Pero si no llevas bufanda!
- Las sandalias de Jesús.
Y así todo el rato, hasta que parece que lo entendió. Cuando el segundo que salía al juego empezó a hacer lo mismo, me empecé a dar cuenta. Lo que significa para nosotros quitar, para ellos es sacar. Porque quitar significa quitarle a alguien. Aunque hay veces que los significados se intercambian. Uno se “saca” una prenda y “quita” una foto. Una auténtica locura.
Ya ni hablamos del verbo venir.
- ¿Vienes?
-Sí, vengo.
Y por último, el tono. Cuando uno viene aquí se siente violento por la forma de decir las cosas. Parece que te van a morder, porque son muy bruscos en las formas y en las palabras que utilizan. Se me salían los ojos de las cuencas cuando veía a Edmundo, que es todo pachorra y calma, chillando a uno de sus alumnos del curso de verano (que tendría unos 40 años) porque no sabía hacer una cosa que acababan de explicar. Yo, que a la hora de hablar con la gente prefiero pecar de suavidad, alucinaba. Pero luego te das cuenta de que es la forma de hablar de ellos, y aunque parece que se están echando broncas continuamente, el “abroncado” no parece darle mucha importancia.
Por todo esto que os acabo de contar, si cuando vuelva me preguntan que qué idioma hablan en Guinea, les diré: Mira, no lo tengo muy claro.

miércoles, 11 de agosto de 2010

¡Mira un chino!


Mi amigo Diego, que cuando le da por un chiste te lo puede contar mil ochocientas veces, nos dijo durante un tiempo: Tú vas por la calle, ves un chino, y dices “Mira un chino”. Lugo ves a un japonés, y dices “Mira un chino”.
Pues eso es una de las primeras cosas que podría haber dicho cuando llegué a Guinea. Bueno, hubiera sido más correcto decir “Mira un camión cargado de chinos”. Y para dar todos los datos ,“Mira un camión cargado de chinos un domingo a las seis de la mañana”.
Y es que uno podría pensar que todas esas grandes obras que leíais en el post de ayer dan trabajo a casi todos los guineanos. Pero no es así. En infinidad de obras se ven a chinos trabajando desde que sale el sol (o antes incluso) hasta que se pone. Y no es una exageración lo que os digo del camión. En un remolque se transporta a tantos chinos como en él caben de pie. Cuando le pregunté a un guineano que por qué había tantos, me dijo “es que son mano de obra barata”. Joder, escuchar eso aquí impresiona. Pero es la única forma de entender cómo habiendo tantas obras en marcha, hay tanto paro en el país.
Cuando uno va por Malabo 2, uno de los grandes edificios que se ven es el de China Daliang. Y es que se ven chinos no sólo levantando construcciones, sino también en las obras de urbanización de la ciudad (aunque la expresión parece un contrasentido, aquí primero se construyeron las casas, y luego se llevaron las instalaciones de alcantarillado y líneas eléctricas). Por eso, si uno se mueve por la ciudad a las 6 de la mañana, o a las 6.30 de la tarde, seguramente verá alguno de esos camiones en los que se mete a las personas como si fueran mercancía. Quizás porque en efecto lo son. Estos chinos no vienen por su cuenta al país, a buscarse la vida. Es la propia empresa la que los trae, y aunque no he hablado con ninguno para que me lo corrobore, os podéis hacer una idea de en qué condiciones laborales hacen su trabajo.
Hay un caso que a mí me llama particularmente la atención. Toda la gente de Guinea conoce dos edificios que hay un poco más abajo de mi casa. Eso sí, seguro que ninguno sabe deciros para qué son. Bueno, sí sabrían deciros con qué fin se construyeron, pero no qué utilidad se les da. Son dos edificios bastante altos (aquí si una casa tiene tres plantas ya se puede considerar una torre), y bastante bonitos. Muchas veces, cuando paso por delante, hago el esfuerzo de intentar ver que hay dentro. Al principio me extrañaba no ver nada, luego me di cuenta de que eso es lo que hay: nada. Están vacíos. ¿Qué se suponía que eran? Viviendas sociales, vpo´s, para entendernos. ¿Qué utilidad tienen? Una muy extraña en otros sitios, pero muy habitual en esta: tapar. Hacer pensar que detrás no hay nada. Porque detrás, está Niumbili, el barrio más marginal de la capital. Y eso visto desde la gran avenida, no queda bonito.
Estas son las casas

Y esto lo que se ve entre ambos edificios
Justo al lado del recinto (porque está vallado, tiene zona ajardinada y hasta farolas modernas que iluminan por la noche), se ve una barrera de chapa, y una especie de viviendas hechas con contenedores prefabricados, de hasta dos pisos y todo. Dentro sólo se ve una cosa: carteles con letras chinas. Uno no tarda en comprender que ese es uno de los sitios donde hacinan a los trabajadores de las obras. Así se ahorran el transporte.
Sin embargo no son los únicos chinos. Por toda la ciudad se pueden ver carteles de “Estudio de fotos”, “Llamadas internacionales”, o hasta “Se vende chapa”, detrás de los cuales los únicos rasgos que uno encuentra son orientales. También hay bazares (con las mismas marcas que uno encuentra en España, y que aunque tengan nombre español vienen de China), restaurantes y tiendas de muebles de segunda mano. Todos estos son los chinos que uno ve por la calle y que no llevan un mono azul manchado de tierra.
Pero no sólo hay chinos. La otra gran empresa de construcción es Arab Constractors. Los árabes tienen mucha fuerza también aquí, y la mayor parte de las veces que uno ve a alguien que no es negro, suele ser árabe. Por eso supongo que vuela aquí Air Maroc, compañía con la que vine yo. También tienen restaurantes, almacenes de venta al por mayor, que comunican por el interior con supermercados que venden la misma mercancía pero en lotes más pequeños, restaurantes, etc… En la zona del antiguo estadio de Malabo, se pueden ver decenas de coches aparcados que importan los libaneses.
En la zona sur de la isla, también desarrolla trabajos una empresa de la India, por lo que más de una vez me he cruzado a alguno con un punto rojo en la frente. Y así, muchísimas nacionalidades.
Los otros que viven la cara más dura de la emigración son los cameruneses y nigerianos. Estos se suelen dedicar, además de a la construcción, a la agricultura y a la vigilancia. En la mayoría de los sitios, los guachis (maltraído del inglés “watches”) son extranjeros, y es que muchos no se fían de contratar a un guineano, porque dan por hecho que se pondrá de acuerdo con algún amigo para llevarse algo del sitio por la noche.
Vamos, que incluso en un sitio donde la pobreza se respira en el ambiente, la inmigración es un fenómeno de mucha importancia. Solo que aquí su explicación resulta más dura, porque la necesidad de un trabajo es mayor, y en lugar de dar trabajo a la gente del lugar, se conceden las grandes obras a empresas extranjeras que directamente se traen a sus operarios de sus países. Y es que, claro, para compensar los cánones que supongo que se dejarán en la administración, hay que traer a “mano de obra barata”. Aunque aquí, eso de “barata” creo que se queda corto, muy corto.

lunes, 9 de agosto de 2010

Hoy de comer…


Voy a hablaros de comida. Por lo menos de lo que he probado, que yo creo que es casi todo lo típico. Nunca he rehusado comer nada. Si algo no me hacía mucha gracia, sólo lo dejaba de lado en caso de poder elegir, y si no, para adentro. Que quién sabe cuándo tendré otra vez la oportunidad de volver a probar algo así. Además, forma parte de mi propósito de “ni pedir, ni rechazar”, aceptando lo que se me ofrezca, y sólo lo que se me ofrezca.
Bueno, la comida típica guineana consiste en algo de carne o pescado, arroz, y plátano. La carne y el pescado ya os comenté en algún momento que suele ser todo congelado. Me comentaron que la carne viene de Camerún o del Líbano (hay muchos árabes que hacen negocio con la importación de comida al por mayor), y se compran en cajas de diez kilos normalmente. Como visteis en una de las fotos de la primera semana (en torno al 6 de julio), hay pollo y pavo principalmente, también algo de cerdo y ternera (o cebu, como lo llaman aquí), y de pescado hay chicharro y merluza, amén de otros tipos que entran en la categoría de “pescados variados”. Supongo que será como los sobres sorpresa que venden los “hippies” en San Mateo, pero de pescado. Lo más raro de nombre que he probado yo es el pez sagrado. No sé si se llama así, o si le entendí mal a la cocinera y quería decir pez salado, porque madre mía, casi salían llagas en la boca.
¿Y no hay carne y pescado fresco? Sí, pero caro. Como en Malabo se mueve pasta, ya sea por parte de las empresas o de los altos cargos, la mercancía fresca sube mucho de precio, haciendo casi imposible que la gente de a pie pueda alcanzarla. El pescado fresco, que supongo que perderá gran parte de ese calificativo en cuanto lo plantan encima de esas tablas de madera al aire libre donde se vende, puede alcanzar los 6000 francos (9 €) por kilo, así que ni hablar. Y la carne fresca, yo, ni la he visto. Sólo se debe vender en algún mercado concreto por el que no he pasado.
Hay otra variedad de carne que es la autóctona. Aquí se come todo lo que se mueve, y las dos variedades más exóticas que he probado son el antílope y el puercoespín. El antílope sabe muy bueno, es una carne bastante dura, pero que bien cocida está muy rica. Y el puercoespín (o chuchú creo que lo llaman) es normal, aunque tiene pinta de pescado, porque la columna vertebral tiene como espinas. Y por supuesto se come entero, pero José Ramón no ha encontrado en mi un rival a la hora de decidir quién se come la cabeza del bicho: todo tuya.
Y otras dos cosas que se comen mucho, a tenor de la cantidad de puestos en la carretera donde se puede comprar, son los caracoles y los cangrejos. Los segundos no los  he probado, así que ni idea. De los primeros, hay dos variedades. Los de tierra son los más comunes, se encuentran por todas partes, pero no son como los de España. Éstos miden como unos 10 cm, y son bastante duros. Las hermanas de Batete con las que comí ayer domingo llevan años aquí y no han sido capaces de probarlos, que les da mucha cosa. La segunda variedad son los caracoles blancos, que son de mar, y deben estar buenísimos. No he tenido el placer.
Todo esto se condimenta con su salsa. La que más he catado aquí es una como de tomate con guisantes, patata y zanahoria. Pierde la gracia cuando ves que el tomate viene concentrado en latitas, y lo demás en otra lata de macedonia de verduras, pero está bueno. Hay alguna otra salsa que es súper pesada. La primera vez que la probé me tuve que ir corriendo a echarme la siesta, porque la digestión prometía ser horrible. Y un día probé una salsa hecha con cacahuetes, que por cierto estaba muy buena.
Y acompañando todo esto, la guarnición. Lo más habitual, plátano, banana, yuca o unas pelotas hechas con harina y no sé qué más que son un poco fuertes para el estómago. Aquí cuando dicen plátano se refieren a una variedad mucho más grande que lo que conocemos, y muy verde. Se puede comer cocido, que es como dar bocados a un trozo de miga de pan, porque no sabe a nada, machacado, que tiene algo más de gracia, o frito, que a mí me encanta, porque saca un poco del dulzor al que estamos acostumbrados. Lo que nosotros llamamos plátano aquí es banana, y esto pocas veces se ve. La yuca sabe como a patata, pero mucho más insípida. Pero bueno, es una forma de llenar el buche.
Aquí se echa en el plato la carne o el pescado, el arroz y el plátano, y se va comiendo todo a la vez. Yo, que me gusta ser un poco organizadito, troceo todo y luego me lo como. Pero de todo hay.
Cuando estaba en Santuario, la primera casa que me acogió, Judith siempre nos preparaba una sopita. A veces de fideos, a veces de alubias, y otras de unos caracolillos de pasta gigantes. Yo que soy un sopazas disfrutaba de ello, pero aquí en el seminario no me ha tocado todavía. Aún así, la sopa más famosa es el pepesup, del que ya os hablé: una sopa de pescado con picante. Pero aquí con el picante no se bromea: echa una miguita de más en tu plato, y te querrás morir. Y que no pase del final de la lengua, porque si se te cuela un poco en la garganta empiezas a toser como un loco. Y mira que a mí me gusta el picante…
Y por último, las frutas. Papaya, guayaba, sandía, piña, banana, y alguna variedad muy extraña cuyo nombre no recuerdo y cuyo sabor no me agradó. La papaya roja es muy codiciada aquí, con la guayaba se hace de todo, incluidos batidos y mermelada, y la pena de la piña es que no es temporada, y la poca que se puede encontrar por aquí no está muy dulce. También es muy típico el aguacate (mucho más blando que el de España, sabe como a mantequilla) y la atanga, que es una especie de uva gorda morada y alargada, con un hueso que ocupa más de la mitad del fruto, y que a mí me supo fatal. Aquí les gusta mucho, pero también se la dejo toda.
Bueno, y poco más que contar. El pan es como los bollos de perrito caliente de allí ( un poco mejor, pero no mucho), y como dulces típicos lo único que he probado es el pastel, que es como ellos llaman al típico bizcocho casero. ¡Ah sí! El desayuno. Cada mañana cojo una taza, echo agua, la caliento en el microondas, y después introduzco una cucharada de café (soluble en polvo), tres cucharadas de leche (en polvo), dos terrones de azúcar, le doy vueltas, y cruzo los dedos para que salga bueno. La alquimia de la receta que os acabo de decir es el fruto de mis investigaciones por el método de prueba y error. Y para acompañar, algo de fiambre (ahora mismo se nos ha acabado y estoy tomando una especie de carne de ternera enlatada y con un color un poco raro, pero aceptable), y la variedad africana de la nocilla que se llama “Tartina”, y que sabe más a cacahuete que a chocolate (que también se nos ha acabado). De momento vamos tirando con unos paquetes de cereales que le regalaron a Felipe.
Se admiten preguntas (aunque tú Cortijo estás agotando el cupo). Y también paquetes de jamón serrano a mi llegada, por supuesto.

viernes, 6 de agosto de 2010

Tan lejos y tan cerca

En ocasiones uno necesita irse muy lejos para valorar lo que tiene muy cerca. Parece contradictorio, e incluso injusto en algunos casos. También es cierto que a veces damos las cosas por supuestas, pero con los sentimientos no vale la teoría, y hay que llevarlos a la práctica.

Me pasó algo parecido con mi abuela. Claro que la quería, pero no supe darme cuenta de lo que tenía hasta que ya llevaba varios años creciéndome la barba. Aún así, creo que supe ponerme el mono de trabajo y demostrar ese cariño de forma abierta, para aprovechar y disfrutar de ella unos cuantos de sus últimos años con nosotros.

Lo cierto es que a pesar de considerarme una persona extrovertida y abierta, en ocasiones me cuesta demostrar ese cariño a la gente que más cerca tengo. Y después pensándolo, me siento fatal, pero ni siquiera con esas suelo ser capaz de cambiar este aspecto.

Hoy os quiero escribir a vosotros dos. Los que lo habéis dado todo por mí, y aún así siento que no he sabido agradecéroslo lo suficiente. Sí que lo he hecho de forma indirecta, pero no tantas veces de manera directa. Y creo que ya es hora de empezar a hacerlo. Por eso, esto pretende ser un homenaje a todos los que sois padres, y en especial a vosotros, papá y mamá.

Sé que muchas de las decisiones que he tomado, especialmente en estos últimos años, puede que no las hayáis entendido del todo, y aunque no creo que haya sido un chico difícil, muchas veces os ha tocado preguntaros el por qué de algunas de las cosas que hago. Pero todo lo que soy es a partir de vosotros, a partir de la educación que me habéis dado, y de lo que he “mamado” en casa.

Muchas veces digo que no entendería mi forma de ser y de vivir la religión si no fuera por los grupos de la parroquia. Y es cierto que allí es donde he forjado gran parte de las cosas que soy hoy en día, pero no es menos cierto que no hubiera llegado allí si no fuera porque vosotros me animasteis a hacerlo, y me disteis el empujoncito que me hacía falta en momentos en que me apetecía menos. Y tampoco hubiera llegado hasta aquí si no fuera porque lo que veía allí abajo tenía una continuación en casa.

Aunque a menudo podáis no saber de dónde me vienen las cosas que veis en mí, la raíz de todo lo que soy viene de los valores que me habéis inculcado. El ambiente en que me he ido moviendo y las cosas que he ido viviendo han terminado de forjar mi forma de ser y de actuar, pero en la base, estáis vosotros. En un sitio medio escondido, pero sin el que no se entendería nada. Y es que algo que he descubierto durante estos años es que cada uno está llamado a una cosa concreta, pero la base es la que es, y eso es lo que importa. De mamá me han llegado más los valores concretos que he hecho míos, en incluso la vocación de docente, y de papá el recordar de dónde me viene todo y la importancia de esforzarme en lo que hago (aunque esto lo lleve un poquito peor).

La decisión de venir a Guinea estaba tomada desde hace más de un año. A vosotros tardé más en decíroslo, porque me daba miedo que no supierais entender qué es lo que me movía a venir aquí. Y aunque en un principio no gustó la idea (también es lógico desde el punto de vista de unos padres), jamás hubiera imaginado sentirme tan apoyado por vosotros como me estoy sintiendo aquí. Todos esos “nosotros siempre contigo” llevaban implícito mucho más de lo que cabe en una línea de texto. Y es que, sólo por la sintonía que hemos llegado a tener durante este tiempo, ya ha merecido la pena venir hasta este sitio.

Me hacía gracia el hecho de que en este mes hayamos hablado más de lo que solemos hacerlo cuando estoy en casa. Incluso me han sorprendido muchos de los mails que nos hemos cruzado, portando frases que no acostumbramos a decirnos, y hablando de cosas que no solemos hablar. Y es que quizás, desde la distancia, se aprecian las cosas de otra manera. Tal vez sea cierto que a los padres les toca no entender lo que hacen sus hijos, y a los hijos no comprender por qué sus padres no les entienden. Y puede que esto sea así, a pesar de que todos miran en la misma dirección, pero cada uno con sus propias gafas.

Me ha ayudado sobremanera que desde que puse un pie aquí me hayáis hecho ver que entendíais la razón que me había traído a Guinea, que no era un capricho, sino algo que realmente necesitaba hacer. Y todo esto que estoy escribiendo aquí, a oscuras en un porche perdido en medio del mundo, termina de demostrar que esto no es un viaje de cooperación, sino una experiencia personal.

Gracias. Mil gracias, de verdad. Todo lo que soy, es gracias a vosotros. Y no pienso en el tiempo que he podido tardar en decidirme a demostrároslo de forma abierta, sino en todo el tiempo que me queda por delante para poder hacerlo.

El proyecto más importante que tengo en mi vida es el de formar una familia. Y no digo “pertenecer a una familia”, sino dedicarme en pleno a ella y saber llevar todo el calor posible hasta mi casa. Y hoy, lo único que puedo pedir, es saber hacerlo tan bien como lo habéis hecho vosotros durante estos años. Y esperar que mis hijos me quieran tanto yo quiero a mis padres. Siempre he pensado que os quería, pero cada vez me doy más cuenta de que los sentimientos hay que ponerlos en práctica. Tal vez hoy, aunque sea desde la distancia, puede ser un buen momento para empezar a hacerlo más todavía.
Por todo esto, y muchas más cosas que podría decir: OS QUIERO.

jueves, 5 de agosto de 2010

Logroñeses por el mundo

Ayer estuve entre españoles. El día de la final del mundial conocí a una chica de Logroño (resulta raro que te digan “tú me suenas de algo” cuando acabas de llegar a 4000 km de tu casa), y ayer estuvimos dando una vuelta. Primero fuimos al centro español, donde cogimos una de las pocas mesas libres que quedaban en el restaurante. Aquello estaba hasta la bola, y estuvimos tomando una cerveza con un amigo de Ana. Ellos hacía tiempo que no se veían, así que se pusieron un poco al día, y yo empecé a empaparme de la “red social española” de la ciudad. De todo un poco, la mayoría es gente que trabaja para empresas (para mi sorpresa hay pocas que sean españolas aquí), o que están con la cooperación/embajada. Y algunos viven a caballo, es decir, cada dos o tres meses se vuelven, algo que, según dicen, necesitan como el comer. Este chico es director de una sucursal de transporte aquí en Malabo, lleva tres años, y en su forma de hablar se notaba cierto hastío de este lugar. La verdad es que si esto es pequeño, el grupo de gente con el que se suelen mover los españoles es más pequeño todavía, así que Malabo se termina convirtiendo en un pueblecillo.
Después hemos ido a cenar a un camerunés con dos amigos. En la carta “oral”, filete de pescado, chuleta de cerdo, chuletillas de cordero, pollo asado, solomillo, y no sé si algo más. Después se elige la guarnición: patatas, plátano, arroz, verduras. A mí me han dejado pedir el primero, y no sabía si no resultaría raro que un español pidiera plátano, más aún para acompañar unas chuletillas de cordero, pero resulta que todos lo hemos pedido, ya fuera para el pescado o para el pollo. Buenísimo todo, y muy barato por cierto. Total, que el restaurante está a la vuelta del colegio, en la misma manzana, así que aquí todo queda al ladito. Eso sí, no busquéis ningún local a pie de calle, este sitio está en un piso cuyo portal no anuncia por ningún sitio que arriba haya un restaurante.
Hemos estado con una chica que está haciendo su tesis sobre la importancia de la caza en la alimentación del país, y un hombre que acaba de abrir el primer concesionario oficial de Mercedes en Malabo. Nos ha contado cómo era increíble la cantidad de cosas que había que tener en cuenta para montar un negocio así en un lugar como éste. Además de destacar por encima de todo la cantidad de sobornos que había que pagar por todas partes, desde para sacar los coches del puerto, hasta para pasar las numerosas barreras donde todo militar espera obtener un extra, uno de los problemas que había era que la legislación alemana no permite abrir negocios en países que estén en la lista negra de Derechos Humanos. Éste es uno de ellos, así que tienen que hacer el pufo poniendo como titular a una empresa suiza (estos suizos, siempre dispuestos a colaborar con los negocios) para así burlar esa traba.
Me ha resultado curioso empezar a ver el punto de vista de los españoles de lo que pasa en Malabo. No he querido rascar mucho, porque la conversación ha fluido principalmente en torno a los cotilleos de la gente de aquí, especialmente sobre las noches guineanas, pero esperaré a poder hablar un día con más tranquilidad con Ana para que me cuente cómo lo ve, ya que ella lleva aquí tres años, y aunque ahora esté viviendo en la planta petrolífera, ha pasado gran parte del tiempo en la ciudad. Esperaré a entonces para daros un poco esa visión.
Pero ha sido una gran noche. No hemos hecho nada, pero viene bien también romper un poco con la monotonía, y cambiar de ambiente un poquito. Lo que sí os puedo adelantar, es que da la sensación de que no hay mucho contacto con los locales. Quizá con los que he compartido sean de los que más lo tienen, pero creo que hay muchos españoles que vienen aquí, pasan un par de años trabajando como expatriados, y vuelven a España con los bolsillos llenos. Lo cual está bien, pero termina de confirmar que en un solo país, aunque sea tan pequeño como este, pueden coexistir realidades diametralmente opuestas.