Ayer estuve entre españoles. El día de la final del mundial conocí a una chica de Logroño (resulta raro que te digan “tú me suenas de algo” cuando acabas de llegar a 4000 km de tu casa), y ayer estuvimos dando una vuelta. Primero fuimos al centro español, donde cogimos una de las pocas mesas libres que quedaban en el restaurante. Aquello estaba hasta la bola, y estuvimos tomando una cerveza con un amigo de Ana. Ellos hacía tiempo que no se veían, así que se pusieron un poco al día, y yo empecé a empaparme de la “red social española” de la ciudad. De todo un poco, la mayoría es gente que trabaja para empresas (para mi sorpresa hay pocas que sean españolas aquí), o que están con la cooperación/embajada. Y algunos viven a caballo, es decir, cada dos o tres meses se vuelven, algo que, según dicen, necesitan como el comer. Este chico es director de una sucursal de transporte aquí en Malabo, lleva tres años, y en su forma de hablar se notaba cierto hastío de este lugar. La verdad es que si esto es pequeño, el grupo de gente con el que se suelen mover los españoles es más pequeño todavía, así que Malabo se termina convirtiendo en un pueblecillo.
Después hemos ido a cenar a un camerunés con dos amigos. En la carta “oral”, filete de pescado, chuleta de cerdo, chuletillas de cordero, pollo asado, solomillo, y no sé si algo más. Después se elige la guarnición: patatas, plátano, arroz, verduras. A mí me han dejado pedir el primero, y no sabía si no resultaría raro que un español pidiera plátano, más aún para acompañar unas chuletillas de cordero, pero resulta que todos lo hemos pedido, ya fuera para el pescado o para el pollo. Buenísimo todo, y muy barato por cierto. Total, que el restaurante está a la vuelta del colegio, en la misma manzana, así que aquí todo queda al ladito. Eso sí, no busquéis ningún local a pie de calle, este sitio está en un piso cuyo portal no anuncia por ningún sitio que arriba haya un restaurante.
Hemos estado con una chica que está haciendo su tesis sobre la importancia de la caza en la alimentación del país, y un hombre que acaba de abrir el primer concesionario oficial de Mercedes en Malabo. Nos ha contado cómo era increíble la cantidad de cosas que había que tener en cuenta para montar un negocio así en un lugar como éste. Además de destacar por encima de todo la cantidad de sobornos que había que pagar por todas partes, desde para sacar los coches del puerto, hasta para pasar las numerosas barreras donde todo militar espera obtener un extra, uno de los problemas que había era que la legislación alemana no permite abrir negocios en países que estén en la lista negra de Derechos Humanos. Éste es uno de ellos, así que tienen que hacer el pufo poniendo como titular a una empresa suiza (estos suizos, siempre dispuestos a colaborar con los negocios) para así burlar esa traba.
Me ha resultado curioso empezar a ver el punto de vista de los españoles de lo que pasa en Malabo. No he querido rascar mucho, porque la conversación ha fluido principalmente en torno a los cotilleos de la gente de aquí, especialmente sobre las noches guineanas, pero esperaré a poder hablar un día con más tranquilidad con Ana para que me cuente cómo lo ve, ya que ella lleva aquí tres años, y aunque ahora esté viviendo en la planta petrolífera, ha pasado gran parte del tiempo en la ciudad. Esperaré a entonces para daros un poco esa visión.
Pero ha sido una gran noche. No hemos hecho nada, pero viene bien también romper un poco con la monotonía, y cambiar de ambiente un poquito. Lo que sí os puedo adelantar, es que da la sensación de que no hay mucho contacto con los locales. Quizá con los que he compartido sean de los que más lo tienen, pero creo que hay muchos españoles que vienen aquí, pasan un par de años trabajando como expatriados, y vuelven a España con los bolsillos llenos. Lo cual está bien, pero termina de confirmar que en un solo país, aunque sea tan pequeño como este, pueden coexistir realidades diametralmente opuestas.
No, no es un título a lo Mission: Impossible. Es que realmente se trata de una misión, algo a lo que me siento llamado. Y por misión no me refiero al trabajo que pueda hacer allí, sino llamado a compartir vida, a romper estereotipos, a conocer y a llenarme de lo que toda la gente en el mundo ofrece a cada rato. Esa es la Misión con mayúsculas. Porque por mucho que pueda parecer otra cosa, esto es una experiencia personal. Una experiencia en la que espero crecer muchísimo.
Hola Jorge
ResponderEliminarSeguimos con los contrastes ¿qué concesionario de coches podía haber allí? Lógicamente Mercedes, los taxis rotos, los parabrisas sustituidos...y vendiendo Mercedes. Sé que tienes razón con lo que dices sobre la sociedad de consumo, pero no lo entiendo. ¿Dónde está la pirámide de necesidades de Maslow? ¿Con qué cara va uno por allí montado en un Mercedes?
Esta vez José me ha dejado leerlo tranquilamente
Un beso de los dos
Cortijo
Que con qué cara va uno por ahí? con una muy sonriente, por supuesto. Piensa que del mismo modo que hay gente que lo pasa mal, hay también mucha gente que viene aquí a trabajar desde sus países y se hacen de oro. Nos decía el tío que en 5 meses habían vendido unos 150 coches, lo cual estaba muy bien. Fíjate, uno por día... Y eso que habrá varios que lleguen y se lleven tres.
ResponderEliminarEl hombre en cuestión era un tipo muy agradable, eh? Nada que ver con lo que muchos os podéis haber imaginado por lo poquito que os he contado de él. Al fin y al cabo, él es un trabajador de la empresa al que han destinado aquí. Pero le tocará codearse con gente que vaya...
¡Hola Jorge!
ResponderEliminarY tanto que contrastes. No me había parado a pensar en que hubiera gente que pasara allí dos años, se hiciera de oro, y volivera a su país. En cierto modo tiene lógica, un poco frívola, pero la tiene. Lo único que se me plantea una duda, a esa gente, ¿no le cambia su visión del mundo después de ver todo aquello? ¿no son conscientes de que hay algo más que el dinero? No sé, quizás hay que verse en la situación para poder opinar. De todos maneras este comentario viene ordenado por mi señora madre XD, que quiere saber si conoces a dos españoles (primos de una compañera suya), ya que como dices, allí el mundillo español es tan pequeño. Se llaman Israel Pérez y Elena Turices, son de Valladolid y trabajan en unas multinacionales. Ya nos contarás.
Besitos
Hola Verónica! (y Chus, aunque sea desde la sombra).
ResponderEliminarYo creo que no les cambia demasiado, porque es muy fácil mantenerse al margen de esos contrastes. Es decir, esta gente no se mueve por los sitios donde más chabolas se ven (me jugaría un dedo a que ninguno de ellos ha pisado jamás Niumbili, e incluso que alguno no saben ni dónde está). Así que la realidad que ellos viven puede ser muy distinta de la que vive la gente más humilde. Aquí hay un supermercado con los mismos productos que en españa (pero un poco más caros), bares, restaurantes y resorts de cierto lujo, algún hotel de cinco estrellas. Esa gente vive a caballo, pro lo que no termina de aterrizar nunca. Ya no hablamos de los que viven en la planta petrolífera, eso es otra ciudad aparte. Como esta chica vive allí, y puede que vaya un día con ella a dar una vuelta, ya os contaré lo que vea, que cuando estuve fue de pasada y tampoco pude verlo mucho.
Chao!