sábado, 14 de agosto de 2010

De Ma....labo a Ma....iami

Acabo de llegar de hacer un viaje de miles de kilómetros. He viajado de la costa este de Estados Unidos, a la costa Oeste de África, a una islita llamada Bioko cuya capital es Malabo. ¿Que cómo he podido hacer ese viaje? En coche. Son cinco minutitos (eso sí, con peaje incluido). De hecho, a la Miami de aquí se le conoce como Punta Europa, y es un sitio de torres metálicas altas con luces rojas en lo alto, para que los aviones que pasan apurando puedan esquivarlas. Alguno incluso podría pensar que es una ciudad olímpica, porque tiene antorcha. Pero esta no indica que estamos en plena olimpiada, sino que el petróleo y el gas siguen fluyendo al mismo ritmo que los dólares.
En el sitio de donde vengo no se habla español, se habla inglés. Así lo atestiguan las señales de tráfico en lengua anglosajona. Pero es un sitio raro: allí todos son inmigrantes, pero no se ve miseria. De hecho, son los locales los que ocupan los puestos de la hostelería, para servir los cócteles a los que vienen de lejos. Esto en España sólo se entendería en un sitio de turismo, pero los que llenan los bares no son turistas, sino trabajadores. Es algo así como el mundo al revés.
Lo que tiene en común con la cuidad es que también son todo casitas bajas. Solo que en muchas de estas hay máquinas de gimnasio, y hasta jacuzzis. Y el club social, o “Club House” como lo llaman, podría pasar como el bar de un hotel de cuatro estrellas a pie de mar, con su piscinita y todo. Sí, de esa que tiene unas luces que la iluminan por la noche, y queda la mar de bonito. Hasta hay un pequeño edificio donde se hace animación, y los ingleses, estadounidenses y demás “inmigrantes” disputan un concurso de preguntas y respuestas, dirigido por el “equipo de animación”. Pero vuelvo a repetiros que esto no es un resort. Es un sitio de trabajo.
Ana, la chica de Logroño, vive en la planta petrolífera. Trabaja para una de las empresas que explotan (literal y metafóricamente) los recursos del país. A ella no le gusta mucho, pero la llegada de extranjeros pudientes ha puesto tan alto el precio de los alquileres en la ciudad, que no le ha quedado más remedio. Y me invitó a pasar allí la noche del viernes, que coincidía con la “happy hour” del Club House. Como si allí hubiera alguna hora triste…
Es un sitio más que curioso. De verdad que uno podría pensar que está en Salou, o en Tenerife, o en cualquiera de esos sitios diseñados para los turistas de piel quemada por el sol. Y allí hemos estado, tomando unas cañas, e incluso permitiéndonos el lujo de pedir algo de comer de la carta, después de degustar las costillas de cerdo del buffet que ponen, para que la gente que se toma dos cervezas al precio de una no se emborrache demasiado. Y eso que allí, un sitio donde no creo que haya nadie que esté por una razón distinta al dinero, no importa gastarse pasta. Más que nada porque lo único que uno se gasta es calderilla. Resulta muy violento ver que una hamburguesa cuesta la mitad de lo que se pagaría en la ciudad por algo peor, cuando los que se la toman cobran diez veces más que la gente de a pie de Malabo.
Para que os hagáis una idea. El otro día estábamos Edmundo y yo tomándonos un helado en un bar, y vinieron tres niños, se apoyaron en la barandilla, y me dijeron “Siento hambre”. Hay tres cosas que me repateaban de esa situación. La primera es que me lo dijeran a mí por el hecho de ser blanco. La segunda, que seguro que me lo dijeran no porque tuvieran hambre de comida, sino de helado. Y la tercera, que esa carita de pena se transformara en risas y choteo cuando les dije “esperad aquí y ahora os cojo algo”. Pero al fin y al cabo no dejan de ser niños, y me da igual si era verdad o no que tenían hambre. Prefiero dar lugar a que me engañen, que negarle comida a un niño. De modo que cuando nos tomamos el helado, fui al “restaurante” de enfrente, y les compré un plato de patatas fritas para llevar. Me costó 2000 francos. Hoy, por el mismo precio, me he tomado una hamburguesa con queso, bacon y patatas fritas que no sólo estaba de miedo, sino que además era bien contundente. Ahora comparad el poder adquisitivo de la gente que visita un lugar y otro.
La gente que está en la planta tiene ciertos privilegios. Pero como en todas partes, hay clases y clases. Los jefazos tienen casitas unifamiliares con todo tipo de detalles. Los operarios, viven en casas de plástico. Los primeros tienen cocina. Los segundos no. La diferencia principal no es que uno puedan comer en casa, y otros tengan que ir a la cantina, sino que aquellos que pueden cocinar tienen cada dos semanas un “Food drop”. Vamos, que viene un avión lleno de comida fresca (carne, pescado, fresas, frambuesas, y demás cosas imposibles de encontrar en la ciudad), una especie de supermercado en el que la única diferencia es que no se paga al salir. Al ir a trabajar dejas tu ropa sucia en la puerta, y al volver por la tarde la encuentras lavada y planchada. Que bastante “sacrificio” hace ya esta gente al salir de su país para ir a ese lugar tercermundista… Y me cuenta Ana que mucha de la gente se queja. Y le dan ganas de decirles “¿Pero tú que vives, en Ma….labo, o en Ma….iami?”
Ana no tiene esos privilegios. A ella la contrataron ya desde Guinea, por lo que no tiene el trato de expatriada, lo que no sólo afecta a su sueldo, sino también a sus vacaciones. Pero apostaría a que es mucho más feliz que el resto. Mucha de la gente que hay allí no habrá pisado nunca la ciudad. De hecho, desde la planta se inculca cierto miedo, vendiendo que es una ciudad muy peligrosa (otra cosa igual sí que es, pero peligrosa os aseguro que no). De ese modo, se evita que salgan y se pierdan. Es muy triste comprobar que algunos van del aeropuerto a la planta, y de la planta al aeropuerto.
Es una ciudad ficticia, en la que se aplica la forma de vivir de los Estados Unidos. Esto es, el miedo. Bajo el lema de “Safety first” (la seguridad es lo primero), todo se controla. No os quiero ni contar el cuadro que se ha montado cuando a uno se le ha caído el vaso al salir a la terraza, y han quedado cristales por el camino. Dos camareros avisando a todos los que pasaban, hasta que se ha podido barrer y colocar uno de esos carteles amarillos que indica “suelo húmedo”. Aún así a los diez minutos ha pasado uno y se ha caído. Pero como era la hora feliz, no había lugar al enfado.
En fin, que los que aquí vienen a llenarse los bolsillos (cosa muy respetable, por otro lado) pueden relajar tensiones en el súper gimnasio con máquinas de última generación, o en las pistas de tenis, o en las canchas de baloncesto, o hasta en el campo de golf (sic). Al fin y al cabo ellos lo han dejado todo para venirse aquí a sufrir. Pero me da igual. Yo no cambio mi vida por la suya.
Al principio a uno le surge la duda de si debe ir ahí. De si no será eso un ejercicio de hipocresía, después de conocer la auténtica realidad de esta ciudad. Pero luego te das cuenta de que todo lo que sea conocer le sirve a uno. Incluso aunque sea para confirmar que dos mundos tan injustamente diferentes conviven a apenas cinco kilómetros. Porque el sabor agridulce que se saca de allí es fruto de la rabia que provoca ese contraste, y la satisfacción de saber que finalmente uno quiere tomar la opción que le hará más feliz. La que, a pesar de ser la más difícil, le permite a uno saber que su vida es un poquito más auténtica. Y que esa realidad tan irreal se la queden ellos. Que yo aspiro a ser ciudadano, del mundo de a pie.

5 comentarios:

  1. Sin comentarios. Hoy sólo pienso leer y releer la indecente realidad , que si ya sospechabas, ayer confirmaste. Nosotros siempre contigo por el mundo y a pie. Besos

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  2. En Barcelona, me estaba comprando una coca de chocolate, se acercó una chica de tu edad aproximadamente y me pidió que le comprara una. Hambre sé que no tenía, pero ¿te imaginas que yo anduviera "sequerona"? ¿No me comprarías una? No es sólo el hambre ¿por qué no vamos a darles el capricho?
    Besos "hasta de Nacho" y José dice que a él no le has mandado ningún beso "ni na"
    Cortijo

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  3. Para Patricia
    Acabo de leer tus felicitaciones, me apunto tu idea de continuar el finde
    Un beso
    Otro para tí, Jorge
    Cortijo

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  4. Hola!
    ya estoy de vuelta de las vacaciones y te leido todo de un tirón, jejje. Que ya tenia mono de leerte en condiciones, que acostumbrada a vernos y hablar todos los dias, esto se ha hecho raro.
    Un besito,
    y sí Reyes, ya estoy con la cuenta atrás, jeje. Que tengo unas ganas de que pase el verano, que quien me lo iba a decir a mi...
    ah! Cortijo muchas felicidades, y espero que te hayas tomado un pedazo tremendo de tarta de chocolate, jeje

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  5. como bien ha dicho tu madre ....yo tambien me he quedado sin palabras,me parece increible a la par que injusto!!que haya esas situaciones tan opuestas a tan pocos kilometros de distancia.y que nadie diga nada...BUFFFFFFFFFFFF
    bueno guapo disfruta de los poquitos dias que te quedan y como bien has dicho al final lo mejor es ser coherente y tomar la decision que te haga mas feliz,aunque sea mas dificil,cosa que TU HAS HECHO.
    un besazo enorme
    REYES

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