Hola de nuevo!
Hoy estoy un poco perezoso y no me apetece mucho escribir. Bueno, lo cierto es que suelo escribir por la noche, antes o después de cenar, y ayer no lo hice, así que no tengo nada para colgaros ahora. Por eso, os dejo hoy unas cuantas fotos para pongáis caras y forma a lo que os cuento. Como siempre, podéis pinchar en la foto para verla en grande (y si lo hacéis mientras pulsáis la tecla control no se os cerrará esta página).
Esto es Moca, el pueblo donde estuve hace dos fines de semana. La iglesia como veis no es más que un tejadillo de chapa sujeto por cuatro palos, ya que la nueva está en construcción, como en casi todos los pueblos.
Esto es en la fiesta que tuvimos después por el aniversario de la ordenación de Felipe, con una señora que me insistía en que le sacara alguna foto. Y eso que esta es de las que iban sobrias...
Una pobre niña llorando en la fiesta, creo que porque había mucha gente. No, no me echéis la culpa a mi, que la niña ya estaba llorando cuando se sentó al lado del blanco, eh?
Intentando arrancar el coche por la mañana. Esto de la mecánica es una auténtica aventura aquí. El de rojo que veis es Felipe, el director del colegio.
Una amiguita que por lo visto quería que la adoptásemos como mascota. Os cuento la historia:
Viernes. Después de que el jueves me quedé velando en aquella casa hasta tarde, me tuve que levantar a las 7.15 de la mañana porque Edmundo tenía que explicar una cosa en un curso que está dando, y no sabía cómo funcionaba aquello. Viene, le explico, y se va como a las 7.45. Yo iba a subir a pegarme una ducha, cuando oigo que Botoko está bajando por las escaleras. "Buenos días" le digo, y oigo un "¡Ay!". Nuestra amiguita la serpiente había entrado en la casa, y ya iba por el segundo escalón hacia el piso donde están las habitaciónes. Me pidió que trajese un machete. Yo creo que lo decía para que yo mismo la matara, pero como no especificó, pues se lo di. Así que se acercó a la serpiente, y esta levantó la parte superior, y desplegó la piel a ambos lados de la cabeza, como para atacar. Claro, en cuanto sintió el primer golpe de machete, se dio media vuelta e intentó huir, pero claro, la piel de serpiente no agarra en las baldosas, asi que le hubiéramos alcanzado hasta con un taca-taca. Ahí la tenéis, con un machetazo justo debajo de la cabeza. La pregunta es: cuando yo bajé a las 7.15, ¿estaba ya allí, y no la vi por lo dormido que iba? Nunca lo sabremos... Es lo que tiene vivir en el bosque. Supongo que ella será la razón por la que hace tiempo que no veo ratones.
Para que me creáis cuando os hablo de los taxis. Así estaba la puerta trasera de uno en el que me monté. Por si alguno no se hace a la idea, la foto está hecha por dentro del coche, eh?
Si, es como os imagináis. Hay que meter la mano ahí dentro para abrir la puerta.
El aula de informática del colegio Claret. Aquí doy clase los lunes. El que está en la foto es César, un ayudante de Edmundo para sus clases de la tarde.
Y bueno, ya que me lo pedíais tanto, no he tenido más remedio que sacarle una foto a Edmundo. Aquí lo tenéis, haciendo unos deberes que le puse con el Excel, jeje.
Bueno, mañana más!
No, no es un título a lo Mission: Impossible. Es que realmente se trata de una misión, algo a lo que me siento llamado. Y por misión no me refiero al trabajo que pueda hacer allí, sino llamado a compartir vida, a romper estereotipos, a conocer y a llenarme de lo que toda la gente en el mundo ofrece a cada rato. Esa es la Misión con mayúsculas. Porque por mucho que pueda parecer otra cosa, esto es una experiencia personal. Una experiencia en la que espero crecer muchísimo.
martes, 3 de agosto de 2010
lunes, 2 de agosto de 2010
Luces y sombras
Ya llevo un poquito más de la mitad de mi tiempo en Guinea, y es inevitable hacer balance de este mes. En él ha habido de todo, luces y sombras, alegrías y penas. Las alegrías os las he contado prácticamente todas, pero también hay una parte de la historia que no es tan dulce.
Antes de venir me repetía a mí mismo que no tenía que traer muchas expectativas aquí. Una de las cosas que aprendí en Honduras fue a esperar, tener paciencia, y no dedicarme a imaginar cómo sería mi tiempo aquí, sino ir desgranando poco a poco la experiencia.
Y así transcurrí las primeras semanas, durante las cuales sabía que no iba a poder hacer gran cosa, ya que la mayor parte de la gente con la que me podría mover por Malabo estaba fuera. Y lo cierto es que no me puse muy nervioso ante la inactividad, lo llevé bastante bien. Sin embargo, me resultaba raro no poder encontrar apenas proyectos en los que involucrarme. Pero pensé “ya irán llegando las cosas”.
Muchos me decís continuamente que es una pasada la cantidad de cosas que estoy viviendo, pero claro, hay un problema en todo eso. El día tiene 24 horas, y si la única actividad intensa que tengo viene a durar un par de horitas, el resto del tiempo queda bastante cojo. A esto hay que unirle la hiperactividad a la que estoy acostumbrado en España, con mil cosas que hacer y poco tiempo disponible para ello. Y eso, día tras día, se me hace duro.
Así, muchas noches me encuentro haciendo balance de la jornada, y sacando la conclusión de que no la he podido exprimir mucho. Paso muchas horas muertas, y con el paso de las semanas me resulta cada vez más cuesta arriba. Y hace que de vez en cuando pasen por mi cabeza pensamientos como “no tenías que haber venido dos meses”, o “te has quedado sin vacaciones en España, total para que muchos días no hagas nada”. Incluso me ocurre algo parecido con el blog: cuando los primeros días tenía que elegir entre las muchas cosas sobre las que podía escribir, ahora hay días en que me cuesta pensar un tema del que hablaros.
En el fondo tengo claro que cuando vuelva a España y pase un tiempo, al mirar atrás habrán desaparecido estos lamentos, y valoraré muchísimo todas las cosas vividas aquí. Pero estando todavía en ello, a veces me cuesta hacer ese ejercicio de abstracción, y me pongo tristón.
Una de las cosas que me ha dado mucha vida ha sido este blog, y de verdad que además de para sentir el calor que llega de España (y de muchas partes del mundo), me está sirviendo para tener un recuerdo en forma de bitácora que con el paso del tiempo me permitirá valorar mucho más todo esto.
A pesar de haberme repetido mil veces que no tenía que llegar aquí con muchos objetivos, por mi forma de ser esto me resulta casi imposible. Me hubiera gustado meterme mucho más en la vida cotidiana de la gente de aquí, pero eso resulta muy difícil de hacer desde cero. Me hubiera encantado estar todo el día jugando con los niños, pero resulta complicado pensar en qué juegos puedes hacer con los más de ciento cincuenta niños que vienen a la misa infantil. Me hubiera encantado trabajar con jóvenes, pero es verano, y muchos están fuera, y al resto es muy difícil convocarlos. Traía muchas ideas, pero como eran previas a conocer la realidad de aquí, la mayoría no valen. En otros países se busca que los niños no estén en la calle, porque pueden ser presas de bandas, maras, etc… Aquí donde más felices son, es en la calle jugando tras un balón pinchado. Aquí no hace falta reclutar jóvenes para los grupos, porque los hay a patadas. Y aquí es difícil encontrar proyectos de promoción social, porque a los que mandan no les interesa que se lleven a cabo.
Así, estas dos últimas semanas he consumido la mayoría de las tardes en un despacho, buscando cosillas para el curso, pero aislado completamente del resto del mundo. Y, repito una vez más, esas tardes tiradas, esas mañanas mano sobre mano, con el paso del tiempo desaparecerán de mi memoria, y en el tamiz de mi recuerdo sólo estarán esas pepitas de oro que son los grandes momentos que he vivido y sigo viviendo aquí. Y sabré que muchos de vosotros no conoceríais nada de lo que ocurre aquí si no fuera por esta página. Pero hoy por hoy, en el día a día, esa inactividad pesa bastante.
Creo que tenía que contároslo, en parte también por desahogarme, porque lo cierto es que en este país la vida transcurre tan lenta, que para los que venimos de fuera a veces se hace eterna.
Me he propuesto a mí mismo dar un poco más de importancia a la oración, que la tengo bastante aparcada, como forma de buscar salidas para todas esas inquietudes que todavía tengo, pero que se van adormilando poco a poco. Quizá el secreto de todo esté en dedicarme a abrir caminos que pueda seguir recorriendo desde España. O tal vez deba encontrar la manera de romper la barrera que impide que la relación con los guineanos pueda ser algo más profunda. Lo que tengo claro es que esas inquietudes que hacen que en ocasiones esto sea difícil, son la llave para poder hacer de esta experiencia algo todavía más enriquecedor.
No quisiera que penséis que a día de hoy hago un balance negativo de mi estancia aquí. Ni mucho menos. Sólo quería que conocierais también la parte más amarga.
Aún así, sí que me puedo comprometer a una cosa: a seguir contándoos cómo es la vida en Guinea Ecuatorial.º
Mañana es fiesta nacional aquí, así que no tendré clase, y no sé si podré bajar al colegio para colgar algo en el blog. En cualquier caso, intentaré meterme todo lo que pueda en lo que promete ser una celebración extraña. Ya os contaré. Pero por si acaso, y para compensar este post, os dejo unas cuantas fotos. Como no tengo a alguien conmigo que me saque fotos, me las saco yo mismo, y claro, así salen....
Nacho andando por sus tierras
Más de lo mismo
La casita donde vivo
No os riáis de mí, acababa de levantarme de la siesta...
Antes de venir me repetía a mí mismo que no tenía que traer muchas expectativas aquí. Una de las cosas que aprendí en Honduras fue a esperar, tener paciencia, y no dedicarme a imaginar cómo sería mi tiempo aquí, sino ir desgranando poco a poco la experiencia.
Y así transcurrí las primeras semanas, durante las cuales sabía que no iba a poder hacer gran cosa, ya que la mayor parte de la gente con la que me podría mover por Malabo estaba fuera. Y lo cierto es que no me puse muy nervioso ante la inactividad, lo llevé bastante bien. Sin embargo, me resultaba raro no poder encontrar apenas proyectos en los que involucrarme. Pero pensé “ya irán llegando las cosas”.
Muchos me decís continuamente que es una pasada la cantidad de cosas que estoy viviendo, pero claro, hay un problema en todo eso. El día tiene 24 horas, y si la única actividad intensa que tengo viene a durar un par de horitas, el resto del tiempo queda bastante cojo. A esto hay que unirle la hiperactividad a la que estoy acostumbrado en España, con mil cosas que hacer y poco tiempo disponible para ello. Y eso, día tras día, se me hace duro.
Así, muchas noches me encuentro haciendo balance de la jornada, y sacando la conclusión de que no la he podido exprimir mucho. Paso muchas horas muertas, y con el paso de las semanas me resulta cada vez más cuesta arriba. Y hace que de vez en cuando pasen por mi cabeza pensamientos como “no tenías que haber venido dos meses”, o “te has quedado sin vacaciones en España, total para que muchos días no hagas nada”. Incluso me ocurre algo parecido con el blog: cuando los primeros días tenía que elegir entre las muchas cosas sobre las que podía escribir, ahora hay días en que me cuesta pensar un tema del que hablaros.
En el fondo tengo claro que cuando vuelva a España y pase un tiempo, al mirar atrás habrán desaparecido estos lamentos, y valoraré muchísimo todas las cosas vividas aquí. Pero estando todavía en ello, a veces me cuesta hacer ese ejercicio de abstracción, y me pongo tristón.
Una de las cosas que me ha dado mucha vida ha sido este blog, y de verdad que además de para sentir el calor que llega de España (y de muchas partes del mundo), me está sirviendo para tener un recuerdo en forma de bitácora que con el paso del tiempo me permitirá valorar mucho más todo esto.
A pesar de haberme repetido mil veces que no tenía que llegar aquí con muchos objetivos, por mi forma de ser esto me resulta casi imposible. Me hubiera gustado meterme mucho más en la vida cotidiana de la gente de aquí, pero eso resulta muy difícil de hacer desde cero. Me hubiera encantado estar todo el día jugando con los niños, pero resulta complicado pensar en qué juegos puedes hacer con los más de ciento cincuenta niños que vienen a la misa infantil. Me hubiera encantado trabajar con jóvenes, pero es verano, y muchos están fuera, y al resto es muy difícil convocarlos. Traía muchas ideas, pero como eran previas a conocer la realidad de aquí, la mayoría no valen. En otros países se busca que los niños no estén en la calle, porque pueden ser presas de bandas, maras, etc… Aquí donde más felices son, es en la calle jugando tras un balón pinchado. Aquí no hace falta reclutar jóvenes para los grupos, porque los hay a patadas. Y aquí es difícil encontrar proyectos de promoción social, porque a los que mandan no les interesa que se lleven a cabo.
Así, estas dos últimas semanas he consumido la mayoría de las tardes en un despacho, buscando cosillas para el curso, pero aislado completamente del resto del mundo. Y, repito una vez más, esas tardes tiradas, esas mañanas mano sobre mano, con el paso del tiempo desaparecerán de mi memoria, y en el tamiz de mi recuerdo sólo estarán esas pepitas de oro que son los grandes momentos que he vivido y sigo viviendo aquí. Y sabré que muchos de vosotros no conoceríais nada de lo que ocurre aquí si no fuera por esta página. Pero hoy por hoy, en el día a día, esa inactividad pesa bastante.
Creo que tenía que contároslo, en parte también por desahogarme, porque lo cierto es que en este país la vida transcurre tan lenta, que para los que venimos de fuera a veces se hace eterna.
Me he propuesto a mí mismo dar un poco más de importancia a la oración, que la tengo bastante aparcada, como forma de buscar salidas para todas esas inquietudes que todavía tengo, pero que se van adormilando poco a poco. Quizá el secreto de todo esté en dedicarme a abrir caminos que pueda seguir recorriendo desde España. O tal vez deba encontrar la manera de romper la barrera que impide que la relación con los guineanos pueda ser algo más profunda. Lo que tengo claro es que esas inquietudes que hacen que en ocasiones esto sea difícil, son la llave para poder hacer de esta experiencia algo todavía más enriquecedor.
No quisiera que penséis que a día de hoy hago un balance negativo de mi estancia aquí. Ni mucho menos. Sólo quería que conocierais también la parte más amarga.
Aún así, sí que me puedo comprometer a una cosa: a seguir contándoos cómo es la vida en Guinea Ecuatorial.º
Mañana es fiesta nacional aquí, así que no tendré clase, y no sé si podré bajar al colegio para colgar algo en el blog. En cualquier caso, intentaré meterme todo lo que pueda en lo que promete ser una celebración extraña. Ya os contaré. Pero por si acaso, y para compensar este post, os dejo unas cuantas fotos. Como no tengo a alguien conmigo que me saque fotos, me las saco yo mismo, y claro, así salen....
Nacho andando por sus tierras
Más de lo mismo
La casita donde vivo
La vista desde la terracita
Y la interminable avenida Hassan II, por la que subo y bajo todos los días
No os riáis de mí, acababa de levantarme de la siesta...
domingo, 1 de agosto de 2010
Motivos para seguir creyendo
El otro día le comenté a Felipe que me apetecía probar el pepesup. Es el plato típico de aquí, y en casi todos los bares se puede leer en la pizarra que anuncia la carta, pero todavía no lo había catado. Así que me dijo que el sábado por la mañana iríamos a casa de su primo a comerlo, a eso de las 9. Y es que esa sopa se toma por la mañana, quizá porque dicen que es muy buena para la resaca. No lo dudo. Se trata de una sopa con trozos de pescado, donde el ingrediente principal son lo que aquí llaman picantes, una especie de pimientos que pueden llegar a hacerte sacar fuego por la boca. Eso, unido a que se toma bien caliente, hace que sudes lo que no está escrito, por lo que muchos lo utilizan para eliminar el alcohol del día anterior.
Pero la sopa fue lo de menos. Allí conocí a Nacho (aquí los motes se ponen independientemente del nombre, no hace falta llamarse Ignacio), el primo en cuestión, que vive apartado de la ciudad, bien metidito en el campo. Tras poner a prueba la suspensión del 4x4 (en este caso no sólo responde a la tracción, si no a que tiene 16 añitos), llegamos a la casa atravesando unos caminos que ni os imagináis, y una vez allá, Nacho me llevó a ver sus cultivos. Lo que yo pensaba que era una huertita con algunos frutales y unas cuantas hierbas medicinales, resultó ser un latifundio inacabable, donde había tomates, pepinos, “verduras” (lo que resume un interminable número de vegetables comestibles), piñas, plataneros, bananeros, sandías, y un montón de plantas y árboles que no había oído en mi vida. Del que sí había oído hablar es del “noni”, un fruto que dicen que es muy medicinal, y gracias al que él me dijo que nunca había tenido paludismo.
La cosa es que Nacho me contaba que lo había pasado muy mal. Huérfano de padre antes de nacer, su madre murió al poco tiempo también, lo que terminó haciendo que malviviera en Malabo durante su juventud, pasando más de una noche en algún porche del mercado central, donde de día buscaba ganar algún dinerito. Su primo le echó una mano, y poco a poco, a base de no malgastar ni un franco e invertir todo lo que iba consiguiendo, primero compró un terrenito, con lo que ganó al cabo de un tiempo compró otro, y así sucesivamente. Poco a poco fue mejorando su estrella, hasta llegar al emporio con el que cuenta hoy en día: a todas las tierras y cultivos que os he contado ya, hay que sumar una casa en la ciudad, la casa donde vive hoy en día, que aunque apartada, está francamente bien, un bloquecito de cuatro viviendas que está construyendo para alquilar cuando terminen de hacer la carretera, y la pedazo de casa (cercana a una mansión) que está levantado a pocos metros, donde espera poder vivir dentro de un año. ¿Y cómo se hace todo esto?
Aquí normalmente no se compra una casa. Se compra el terreno, y cada uno se levanta su casita poco a poco. El método no es complicado, una estructura de madera que sujeta un tejado de chapa, y paredes hechas con bloques de cemento. Como no se suele hacer más que una altura, no resulta excesivamente complicado. Él en particular, me decía que todos los días se levantaba a las 5 de la mañana para ir al campo, y por las tarde se dedicaba a construir. La mansioncita que os decía, cuya estructura de dos pisos estaba incluso revestida, la había levantado en 6 meses. Y eso que estuvo un mes parado, porque no había cemento en todo Malabo. Porque esta tierra es inmensamente fértil. Se puede plantar lo que sea, que rapidísimamente empieza a producir. En su caso, supongo que habrá ayudado muchísimo el hecho de estar apartado de la ciudad, casi escondido, de modo que aquellos que se dedican a “chupar” a los que tienen algo ni se habrán enterado. Y el no tener que pagar intermediarios será la razón por la que podía transformar rápidamente sus cosechas en dinero. Dinero que según llegaba, él invertía en más tierras y más materiales de construcción. Siempre me recalcaba que los terrenos que tenía los había registrado legalmente, seguro que por miedo a que se los quitasen, ya que aquí eso resulta muy sencillo.
Degustamos el pepesup, aún a pesar de que a su mujer se le fue la mano con el picante, y aquello abrasaba, y no por estar muy caliente. Realmente era su segunda mujer, ya que la primera le abandonó, llevándose a los dos hijos para irse con el marido de su hermana. No os penséis que habían hecho un “cambio de pareja”, en aquella casa vivía el hombre con las dos mujeres. Aunque no son muchos casos, se siguen pudiendo encontrar ejemplos de poligamia, incluso algunos tan curiosos como este, en el que las dos mujeres eran además hermanas. “No tiene ni una cama, duerme en un colchón en el suelo al lado de la cama de los otros dos”. A veces algunos se empeñan en complicarse la vida.
Y allí estaba Chuchú, como llamaban a la pequeña de la casa. Una pobre niña que no hacía más que llorar porque yo le daba miedo. No sé si por lo blanco, por la barba, o por las dos cosas, pero incluso después de estar más o menos tranquila durante diez minutos sentada en mis piernas, me miraba con desconfianza. Es una de las cosas que más me están costando, el miedo que me tienen todos los niños. Con lo que me gusta a mi hacer el mono con ellos.
En fin, un ejemplo de que cuando uno se empeña en salir adelante, olvidándose de buscar suerte en los bares y dedicándose a trabajar, puede salir adelante. Muy adelante. Me decía que la casa que estaba construyendo le podría llegar a costar unos 25 millones. No de francos, ¿eh? De pesetas. Casi nada. Pero como él mismo decía, “la gente no quiere partirse la espalda trabajando la tierra”. Es una pena, porque si hay algo bueno que tiene esta isla, es que su tierra tiene una riqueza increíble.
Lo sé, me habéis seguido pidiendo fotos, pero es que no tengo casi ninguna en la que salga yo. A ver si mañana por la tarde os puedo hacer un videoblog, y así me veis un poquito. Hasta entonces, ¡sed buenos!
Pero la sopa fue lo de menos. Allí conocí a Nacho (aquí los motes se ponen independientemente del nombre, no hace falta llamarse Ignacio), el primo en cuestión, que vive apartado de la ciudad, bien metidito en el campo. Tras poner a prueba la suspensión del 4x4 (en este caso no sólo responde a la tracción, si no a que tiene 16 añitos), llegamos a la casa atravesando unos caminos que ni os imagináis, y una vez allá, Nacho me llevó a ver sus cultivos. Lo que yo pensaba que era una huertita con algunos frutales y unas cuantas hierbas medicinales, resultó ser un latifundio inacabable, donde había tomates, pepinos, “verduras” (lo que resume un interminable número de vegetables comestibles), piñas, plataneros, bananeros, sandías, y un montón de plantas y árboles que no había oído en mi vida. Del que sí había oído hablar es del “noni”, un fruto que dicen que es muy medicinal, y gracias al que él me dijo que nunca había tenido paludismo.
La cosa es que Nacho me contaba que lo había pasado muy mal. Huérfano de padre antes de nacer, su madre murió al poco tiempo también, lo que terminó haciendo que malviviera en Malabo durante su juventud, pasando más de una noche en algún porche del mercado central, donde de día buscaba ganar algún dinerito. Su primo le echó una mano, y poco a poco, a base de no malgastar ni un franco e invertir todo lo que iba consiguiendo, primero compró un terrenito, con lo que ganó al cabo de un tiempo compró otro, y así sucesivamente. Poco a poco fue mejorando su estrella, hasta llegar al emporio con el que cuenta hoy en día: a todas las tierras y cultivos que os he contado ya, hay que sumar una casa en la ciudad, la casa donde vive hoy en día, que aunque apartada, está francamente bien, un bloquecito de cuatro viviendas que está construyendo para alquilar cuando terminen de hacer la carretera, y la pedazo de casa (cercana a una mansión) que está levantado a pocos metros, donde espera poder vivir dentro de un año. ¿Y cómo se hace todo esto?
Aquí normalmente no se compra una casa. Se compra el terreno, y cada uno se levanta su casita poco a poco. El método no es complicado, una estructura de madera que sujeta un tejado de chapa, y paredes hechas con bloques de cemento. Como no se suele hacer más que una altura, no resulta excesivamente complicado. Él en particular, me decía que todos los días se levantaba a las 5 de la mañana para ir al campo, y por las tarde se dedicaba a construir. La mansioncita que os decía, cuya estructura de dos pisos estaba incluso revestida, la había levantado en 6 meses. Y eso que estuvo un mes parado, porque no había cemento en todo Malabo. Porque esta tierra es inmensamente fértil. Se puede plantar lo que sea, que rapidísimamente empieza a producir. En su caso, supongo que habrá ayudado muchísimo el hecho de estar apartado de la ciudad, casi escondido, de modo que aquellos que se dedican a “chupar” a los que tienen algo ni se habrán enterado. Y el no tener que pagar intermediarios será la razón por la que podía transformar rápidamente sus cosechas en dinero. Dinero que según llegaba, él invertía en más tierras y más materiales de construcción. Siempre me recalcaba que los terrenos que tenía los había registrado legalmente, seguro que por miedo a que se los quitasen, ya que aquí eso resulta muy sencillo.
Degustamos el pepesup, aún a pesar de que a su mujer se le fue la mano con el picante, y aquello abrasaba, y no por estar muy caliente. Realmente era su segunda mujer, ya que la primera le abandonó, llevándose a los dos hijos para irse con el marido de su hermana. No os penséis que habían hecho un “cambio de pareja”, en aquella casa vivía el hombre con las dos mujeres. Aunque no son muchos casos, se siguen pudiendo encontrar ejemplos de poligamia, incluso algunos tan curiosos como este, en el que las dos mujeres eran además hermanas. “No tiene ni una cama, duerme en un colchón en el suelo al lado de la cama de los otros dos”. A veces algunos se empeñan en complicarse la vida.
Y allí estaba Chuchú, como llamaban a la pequeña de la casa. Una pobre niña que no hacía más que llorar porque yo le daba miedo. No sé si por lo blanco, por la barba, o por las dos cosas, pero incluso después de estar más o menos tranquila durante diez minutos sentada en mis piernas, me miraba con desconfianza. Es una de las cosas que más me están costando, el miedo que me tienen todos los niños. Con lo que me gusta a mi hacer el mono con ellos.
En fin, un ejemplo de que cuando uno se empeña en salir adelante, olvidándose de buscar suerte en los bares y dedicándose a trabajar, puede salir adelante. Muy adelante. Me decía que la casa que estaba construyendo le podría llegar a costar unos 25 millones. No de francos, ¿eh? De pesetas. Casi nada. Pero como él mismo decía, “la gente no quiere partirse la espalda trabajando la tierra”. Es una pena, porque si hay algo bueno que tiene esta isla, es que su tierra tiene una riqueza increíble.
Lo sé, me habéis seguido pidiendo fotos, pero es que no tengo casi ninguna en la que salga yo. A ver si mañana por la tarde os puedo hacer un videoblog, y así me veis un poquito. Hasta entonces, ¡sed buenos!
viernes, 30 de julio de 2010
Otro giro inesperado
Las cosas a veces dan unas vueltas inverosímiles. Unos lo llaman destino, otros casualidad, y otros preferimos llamarlo providencia. Lo de ayer puede ser un buen ejemplo.
Antes de ayer vino un hombre a traer una invitación para el director. Era una invitación para una presentación de una empresa en uno de los hoteles de lujo de la ciudad. Felipe me dijo que iba a intentar ir, y yo le pregunté si podía ir con él. Era una forma de meterme un ratito entre los peces gordos, y ver cómo es ese ambiente. Y por qué negarlo, seguramente de pegarme una comilona buena en el lunch, que nunca está de más. Así que me fui a clase pensando en acudir a esta historia a las 6.
Cuando después de comer le pregunto que cómo vamos a quedar, me dice que al final no va a ir. Ha preguntado a alguien, y le han dicho que va a ser un acto muy politizado (como casi todo aquí), y que dado que el hotel en cuestión está construido a partir de una casa que les expropiaron alegremente a los claretianos(bueno, mejor dicho, una de las casas, esto es así), que es mejor no ir. Vaya, una pena. No ya sólo por no ir a ello, sino porque era el único plan que tenía para esa tarde. Así que me di un par de vueltas, acompañé al párroco a hablar con una gente que había invadido un terreno de unas señoras de la parroquia para decirles que sacaran todo el material de obra que después de robar habían puesto allí para vender, y poco más. Y como me había llamado por teléfono uno de los del coro con los que estuve el sábado, me pasé por su ensayo, que era de 7 a 8.30. Ahí estuve sentado, viendo cómo preparaban la misa del domingo, sincronizaban las cuatro voces que hacen, etc…
Había quedado con José Ramón en que iba a venir a buscarme para subir en coche al seminario. Quizá por eso no me fui antes, porque la verdad que aquello era bastante aburrido. Pero al fin y al cabo, allí me quedé. Al final llegó la directora con cara larga. No entendí muy bien lo que decía, pero algo así como que había muerto alguien, y que iba a ir al velatorio a acompañar. Invitó a la gente del coro a ir, y estos aceptaron. “Como ya no está el cuerpo presente allí, vamos, estamos un rato, y nos vamos” dijo uno de ellos. Así que a la salida se fueron para la casa. El que me había llamado, que creo que llegaba un poco tocado ya, me dijo de ir a tomar algo al bar con él, y yo le dije de ir con ellos.
Una de las cosas que me faltaba por ver aquí era cómo se vive una muerte. Pero claro, eso es más difícil de ver, porque no es plan de meterme en una casa en la que no conozco a nadie y plantarme allí. Si ya llamo la atención por el color de mi piel, como para meterme de estrangis, así que esta era una muy buena oportunidad. De camino me dice la directora “Vamos a un sitio muy malo, ya puedes tener cuidado, no vayas a coger una enfermedad”. Pues allí que nos fuimos. Entramos en un patio interior gigantesco, del que si os enseñara una foto pensarías que aquello no era Malabo, sino Sarajevo después de un bombardeo. Nos metimos por un callejón (para la tranquilidad de padres y novia diré que éramos casi 20 personas las que íbamos juntas) donde no se veía nada de nada. “Ten cuidado por aquí, pisa donde yo pise” me dice la directora. Fuimos sorteando chabolillas muy deterioradas, en las que dudo que yo pudiese estar de pie sin tener que agachar la cabeza. Atravesamos un camino en el que habían puesto llantas de coche para poder pasar sin meter el pie en los riachuelillos infestados de las aguas negras de la zona. Todo esto, por supuesto, alumbrando con el móvil, porque no se veía nada.
Al llegar allá, nos juntamos casi 50 personas. Los del coro montaron el órgano, y empezaron a cantar. Alguna vez ya os he comentado que no hablamos el mismo idioma aunque las palabras que utilicemos sean las mismas. Ese “un ratito” se convirtió en dos horas y media cantando, orando, y sobre todo, acompañando a la mujer y la familia del difunto. Los hermanos de éste habían llevado el cuerpo al depósito antes de que la viuda hubiera llegado: todavía estaba en Bata, en el continente, en los actos del funeral de su suegra. Así que la pobre estaba destrozada.
Las canciones se sucedían, y yo al principio estaba preocupadísimo de hacer ver que me las sabía todas. Y es que os podéis imaginar que llamó mucho la atención que un blanco, maletín de portátil al hombro, entrara allá, así que tenía que “justificar” mi presencia haciendo ver que pertenecía al coro. Y eso es muy difícil si no me sé las canciones. Pero poco a poco, me fui dando cuenta de que eso daba igual. Lo que importaba allí, era estar. Le pregunté a la mujer que estaba a mi lado si conocía al difunto. Ella me dijo que no, que habían venido a acompañar a la directora.
Y así nos dieron las 11.30 de la noche en la casa. Parece increíble cómo esas 20 personas, que ni conocían a este hombre, estaban allí sin importarles la hora, ni si habían dejado en casa a sus familias, ni si al día siguiente tenían que ir a trabajar. Ni siquiera había sido algo premeditado, sino que había surgido de repente. Espectacular. Del mismo modo, casi nadie de los que estábamos allí se movió en este tiempo.
Le pregunto a uno de los chicos si suelen hacer esto muy a menudo, y me dice que sí, que en ocasiones incluso les llaman para que vayan. Que una vez les llamaron desde Libreville (capital de Gabón, justo al sur de la frontera pero en la parte continental) y estuvieron una semana.
Unas cuantas mujeres estuvieron todo el rato preparando cosas para los presentes. Fantas, Cocacolas, brandy, vino, cerveza, café. Al final sacaron una bandeja con alitas de pollo y pescado. “Hay que picar algo para poder irnos”, me dice la mujer de al lado. Qué ironías. Por la mañana yo pensaba que iba a acudir a un buen lunch, cargado de comida y vacío de sentido, y acabé compartiendo un par de alitas de pollo, en un lugar donde se encarnaba esa frase de “te acompaño en el sentimiento” que muchas veces en España no se entiende.
Un giro casi tan bonito como inesperado. Llamadlo coincidencia, o destino si queréis. Yo prefiero seguir llamándolo providencia.
jueves, 29 de julio de 2010
Nadie es tan pequeño que no pueda ayudar a sonreír
A veces hay que irse muy lejos para descubrir lo que uno tiene muy cerca. Hay una revista llamada “Mundo Negro” que editan los misioneros combonianos en España, para hacer llegar las noticias del continente africano a todo el mundo. Aquí están suscritos, y en la casa se pueden encontrar, entre otros, los últimos 8 números. Desde que llegué suelo ojearla un ratito después de comer, ya que tiene cosas muy interesantes, entre otras la sección “Gente solidaria”, donde cuenta las historias de personas decididas a hacer algo por los demás. Acabo de leer el del número de Julio-Agosto, y me ha gustado tanto que os lo dejo a continuación:
Ramón Herrero
“¿Puede haber algo más fuerte que sobrevivir a una hija de 16 años?”, lanza Ramón Herrero, el padre de Alaine, en un momento de nuestra conversación, dejándonos sin palabras. Cuesta creer que detrás de este jovial y emprendedor bilbaíno afincado en Madrid se encierre una historia vital tan dura.
Hace seis años, en enero de 2004, a su hija Alaine, cuando tenía 15 años, le detectaron un tumor en el cerebro que después de operar se le reprodujo de una manera muy agresiva. Sus padres hicieron todo lo que estaba en sus manos.
A los tres meses de su final, inmovilizada de cuello para abajo y sin poder articular palabra, unos amigos de la familia decidieron llevarle sendos pósters dedicados por los futbolistas Iker Casillas y David Beckham.
La cara de Alaine resplandeció y de nuevo brotó su inmemorable sonrisa. “Con ello aprendimos que no todo era buscar nuevos diagnósticos, nuevos tratamientos, sino que existían otros frentes adicionales que cubrir. Descubrimos así que el bienestar emocional también es importante”
El 16 de julio de 2004 Alaine les dejaba. Un año después, sus padres, Ramón Herrera y Arantza Vicente, con el apoyo también de los cuatro abuelos de Alaine, comenzaron a darle vueltas a una iniciativa: poner en marcha una Fundación que tratara de mantener vivo el espíritu y el ánimo que Alaine siempre tuvo. Generosa con su tiempo, conciliadora, amiga de todos y siempre dispuesta a echar una mano a quien lo necesitase. “Alaine no podía entender por qué había personas que tenían más oportunidades que otra, y éstas dependían del lugar en donde naciera cada pesona, también le revolvía el maltrato infantil y las injusticias con las mujeres”.
Ramón y su mujer decidieron dedicar el dinero que anualmente dedicaban a la educación y mantenimiento de su hija a la nueva Fundación .Así, pusieron en marcha el “Programa Sonrisas”, con el que quieren seguir aportando bienestar emocional a los niños – que como Alaine padecen una enfermedad grave-, multiplicando la sonrisa que su hija les dedicó al recibir las fotografías con los autógrafos. Otro de los programas que ha puesto en marcha la Fundación Alaine es “Grano de Arena”, dedicado a financiar proyectos educativos ene l norte Benín.
Lo que comenzó siendo un proyecto familiar se ha convertido en una modesta organización solidaria que cuenta ya con un centenar de socios, gracias al boca a boca, la capacidad de convocatoria, además de la simpatía e implicación personal de Ramón y Arantza. Empezaron con un festival de Navidad en el Teatro de la Casa de la Cultura de Tres Cantos 87Madrid), con lo que financiaron una primera escuela de Educación Primaria en Kalaé, en el noroeste de Benín, en donde estudian 150 niños y niñas. Después vendría la escuela de Buka y más tarde, en Wé Wé, inauguraron una tercera escuela primaria. “Vimos a los niños en clase debajo de los árboles. Nos contagiamos de su entusiasmo y recogimos la propuesta de financiación de las manos del P. Patrick Bio, un misionero diocesano encargado de la zona”, cuenta Ramón mientas nos enseña las fotos del proyecto.
También han enviado 100 ordenadores, gracias a la donación del BBVA, para equipar once aulas de informática. Más tarde construyeron un centro de educación secundaria, con laboratorio, también en Kalalé. Otra de sus obras ha sido la financiación de un internado en la zona de Kopargó, que dirigen las Hermanas de San Agustín, una congregación local beninesa. Ahora están financiando una maternidad, en la diócesis de Djougou, petición que le ha hecho el obispo, Mons. Paul Kouassivi Vieira.
Ramón Herrero tiene planeado viajar a Benín en septiembre con toda su familia, Arantza y su otro hijo, “para no guardarme para mí sólo la experiencia de ver a tantísimos niños felices y sonriendo”.
Os dejo aquí la dirección de la fundación, por si le queréis echar un ojo.
A veces una pequeña chispa, como la sonrisa de Alaine en ese momento, es capaz de desencadenar el mayor de los fuegos, que haga llegar a cualquier parte el calor humano que tanta falta hace en nuestro mundo. Con ejemplos como éste, y como muchos otros que podemos encontrar en cualquier parte del mundo, queda claro que cuando hay determinación y carisma, se puede llegar tan lejos como la propia imaginación permita soñar. Hay miles de historias como estas. Porque en este mundo hay miles de razones por las que sonreír.
Ramón Herrero
“¿Puede haber algo más fuerte que sobrevivir a una hija de 16 años?”, lanza Ramón Herrero, el padre de Alaine, en un momento de nuestra conversación, dejándonos sin palabras. Cuesta creer que detrás de este jovial y emprendedor bilbaíno afincado en Madrid se encierre una historia vital tan dura.
Hace seis años, en enero de 2004, a su hija Alaine, cuando tenía 15 años, le detectaron un tumor en el cerebro que después de operar se le reprodujo de una manera muy agresiva. Sus padres hicieron todo lo que estaba en sus manos.
A los tres meses de su final, inmovilizada de cuello para abajo y sin poder articular palabra, unos amigos de la familia decidieron llevarle sendos pósters dedicados por los futbolistas Iker Casillas y David Beckham.
La cara de Alaine resplandeció y de nuevo brotó su inmemorable sonrisa. “Con ello aprendimos que no todo era buscar nuevos diagnósticos, nuevos tratamientos, sino que existían otros frentes adicionales que cubrir. Descubrimos así que el bienestar emocional también es importante”
El 16 de julio de 2004 Alaine les dejaba. Un año después, sus padres, Ramón Herrera y Arantza Vicente, con el apoyo también de los cuatro abuelos de Alaine, comenzaron a darle vueltas a una iniciativa: poner en marcha una Fundación que tratara de mantener vivo el espíritu y el ánimo que Alaine siempre tuvo. Generosa con su tiempo, conciliadora, amiga de todos y siempre dispuesta a echar una mano a quien lo necesitase. “Alaine no podía entender por qué había personas que tenían más oportunidades que otra, y éstas dependían del lugar en donde naciera cada pesona, también le revolvía el maltrato infantil y las injusticias con las mujeres”.
Ramón y su mujer decidieron dedicar el dinero que anualmente dedicaban a la educación y mantenimiento de su hija a la nueva Fundación .Así, pusieron en marcha el “Programa Sonrisas”, con el que quieren seguir aportando bienestar emocional a los niños – que como Alaine padecen una enfermedad grave-, multiplicando la sonrisa que su hija les dedicó al recibir las fotografías con los autógrafos. Otro de los programas que ha puesto en marcha la Fundación Alaine es “Grano de Arena”, dedicado a financiar proyectos educativos ene l norte Benín.
Lo que comenzó siendo un proyecto familiar se ha convertido en una modesta organización solidaria que cuenta ya con un centenar de socios, gracias al boca a boca, la capacidad de convocatoria, además de la simpatía e implicación personal de Ramón y Arantza. Empezaron con un festival de Navidad en el Teatro de la Casa de la Cultura de Tres Cantos 87Madrid), con lo que financiaron una primera escuela de Educación Primaria en Kalaé, en el noroeste de Benín, en donde estudian 150 niños y niñas. Después vendría la escuela de Buka y más tarde, en Wé Wé, inauguraron una tercera escuela primaria. “Vimos a los niños en clase debajo de los árboles. Nos contagiamos de su entusiasmo y recogimos la propuesta de financiación de las manos del P. Patrick Bio, un misionero diocesano encargado de la zona”, cuenta Ramón mientas nos enseña las fotos del proyecto.
También han enviado 100 ordenadores, gracias a la donación del BBVA, para equipar once aulas de informática. Más tarde construyeron un centro de educación secundaria, con laboratorio, también en Kalalé. Otra de sus obras ha sido la financiación de un internado en la zona de Kopargó, que dirigen las Hermanas de San Agustín, una congregación local beninesa. Ahora están financiando una maternidad, en la diócesis de Djougou, petición que le ha hecho el obispo, Mons. Paul Kouassivi Vieira.
Ramón Herrero tiene planeado viajar a Benín en septiembre con toda su familia, Arantza y su otro hijo, “para no guardarme para mí sólo la experiencia de ver a tantísimos niños felices y sonriendo”.
Os dejo aquí la dirección de la fundación, por si le queréis echar un ojo.
A veces una pequeña chispa, como la sonrisa de Alaine en ese momento, es capaz de desencadenar el mayor de los fuegos, que haga llegar a cualquier parte el calor humano que tanta falta hace en nuestro mundo. Con ejemplos como éste, y como muchos otros que podemos encontrar en cualquier parte del mundo, queda claro que cuando hay determinación y carisma, se puede llegar tan lejos como la propia imaginación permita soñar. Hay miles de historias como estas. Porque en este mundo hay miles de razones por las que sonreír.
miércoles, 28 de julio de 2010
Esto es un guineano, un americano y un español que están en un bar...
No, no es un chiste. Aunque seguramente podríamos hacer varios usando estos personajes, pero en este caso no es un chiste. Es el “consejo de sabios” que nos hemos reunido estas dos últimas tardes-noches en el bar Flores, regentado por un español, que está en frente del colegio. Parece ser el lugar de reunión no sólo de los profes, sino también de algunos de los claretianos que están en la parroquia.
Ahí hemos pasado bastantes ratos, y estas dos últimas noches nos hemos juntado Edmundo y yo, a la que salíamos del colegio, con el padre Paul, un californiano que lleva unos 15 años en Guinea. Y ahí hemos hablado de varias cosas, desde el increíble hecho de que un país que extrae 400.000 barriles de petróleo al día se quede sin luz cada dos por tres, hasta la situación política de España y Estados Unidos.
Es curioso cómo se siguen las cosas desde aquí. En un primer momento, hace gracia que todo el mundo sea o del Madrid o del Barça, pero es que la cosa va más allá, ya que muchos guineanos comentan cómo está el patio político en nuestro país. El nombre de Zapatero sale muchas veces a relucir, el de Rajoy alguna que otra, y los Obama, McCain y Swarchzeneger (o como sea) también son seguidos con atención. Hoy hemos estado hablando entre otras cosas de cómo funcionan las cosas en los tres países. A Edmundo se le salían los ojos cuando le contábamos que se puede hacer la compra en el supermercado desde casa, y al día siguiente tienes a alguien con ella en tu puerta (especialmente cuando toca comprar las garrafas de agua, ¿eh?). Y es que hay cosas que parecen impensables para esta gente. Aquí lo más parecido que tienes es un séquito de porteadores a la entrada de los almacenes donde se compran las cajas de carne y pescado congelados, pertrechado con unos carros de dos ruedas donde colocar tu compra para que te lo lleven hasta la puerta. Y es que, como ya hemos visto varias veces, cada uno se busca la vida como puede.
El tema de la electricidad es increíble. Cuando se va, nunca sabes hasta cuándo será, así que las clases de informática pueden terminar antes de tiempo si estás en un centro que no cuenta con un generador que a cambio de gasolina te dé la ansiada corriente. Antes de empezar el curso, bromeaba diciendo que empezaría dando las clases de informática, y las de inglés las daría cuando se fuese la luz. Y quizá no sería tan mala idea.
El hecho de que la electricidad en ocasiones sea intermitente no quiere decir que no se pague. Ahora la cosa debe estar bastante bien, y en el peor de los casos “sólo” tarda una noche en volver, pero es que hace años la cosa era peor. En Luba, la segunda ciudad de la isla, estuvieron sin luz un año. No, no me he equivocado al querer escribir una semana. Estuvieron un año sin luz, con lo que ello supone, no ya por no poder poner la tele o el microondas, sino por no poder disponer de frigorífico ni congelador para la comida. Cada día que preguntaban a los responsables, la respuesta era la misma: “Sí, mañana vendrán a ver si lo arreglan”. Pero nunca se arreglaba. Eso sí, la factura seguía llegando todos los meses.
Seguramente estáis pensando que el día que volvió por sorpresa la luz, casi se hizo una fiesta nacional. Pues no. Volvió, pero con tanta intensidad, que quemó todos los aparatos que había conectados, con tal suerte que casi fue peor el remedio que la enfermedad. Por eso ahora en muchos sitios podemos ver unos “estabilizadores de corriente”, que se encargan de que sea cual sea el voltaje que llega de la red, a los aparatos solamente lleguen 220 voltios.
Cuando se va la luz en toda la ciudad, llega la oscuridad. Pero aún así se puede ver una luz resplandeciente. Allí a lo lejos. Es la planta petrolífera, donde nunca falta la luz, e incluso como ellos dicen, “allí las bombillas brillan de verdad, no como aquí”. Es un mundo paralelo, con su propio abastecimiento de corriente, su tensión de 110 V y 60 Hz0 americanos, su propio idioma (el inglés), y donde seguramente se moverán dólares en lugar de francos centroafricanos. Quizá por eso, cuando no se ve nada, todo el mundo mira allá. Y piensa en Obama. Y en Clinton. Y se preguntan cómo será eso de no tener que preocuparse por cosas tan necesarias, y que en nuestro mundo pasan tan inadvertidas.
Contaba Paul que estando de vacaciones en EEUU, se fue la luz. Su hermana, que entonces tenía 55 años, era la primera vez que vivía esa situación. Y fueron las cuatro horas más largas de su vida. “Vamos a ver la tele”. No. “Vamos a hacer unas palomitas en el microondas”. Tampoco. “Vaya, sí que tiene que ser duro vivir así en África”. Si ese fuera el mayor problema…
martes, 27 de julio de 2010
Terapia para una baja autoestima
Si sabéis de alguien que tenga baja la autoestima, mandadle para Guinea Ecuatorial, y decidle que se quede parado en medio de la avenida Hassan II, justo donde está el seminario en que estoy viviendo. En breves instantes se sentirá la persona más importante del mundo. No pasarán más de diez segundos sin que algún coche llame su atención mediante el claxon. Igual le extraña que la inmensa mayoría de los coches que lo hacen sean blancos, a excepción de los capós y el techo, que son de color rojo. De hecho, se sorprenderá al ver que si responde saludando al coche que le pita al acercarse, parará delante suyo. Y es que en Guinea, lo de los taxis funciona así.
Mucho más de la mitad de los coches que circulan por Malabo son taxis. Se puede distinguir por el color de los mismos, aunque también hay algunos piratillas que no pagan, y lo hacen de extranjis con los coches (o para sacarse un sobresueldo después de trabajar, y así intentar llegar a final de mes). Y pitan, pitan mucho, continuamente. Si vas caminando por la calle te pitan para ver si te llevan, si te quedas parado al borde de la carretera ya no te quiero ni contar. Seguro que muchos estáis pensando que por qué hay tantos sin van siempre vacíos y buscando gente a quien llevar. Je. Eso no es así aquí. El que vaya alguien en el taxi no significa que no pueda montar a nadie más. De hecho, cuando uno para un taxi, le dice donde va, y si le viene bien para dejar al ( o a los) que ya está llevando, pues te dice que sí, y te montas. Bueno, o da otro pitido en señal de aprobación.
Y así el taxi se va llenando y vaciando a medida que avanza por las calles. Ya me ha tocado un par de veces montarme en uno que ya tenía tres pasajeros, por lo que nos ha tocado ir como sardinas en lata.
Pero, ¿cómo se sabe cuánto tiene que pagar cada uno, hay varios taxímetros? Jeje. Aquí eso del taxímetro no se lleva. Es tarifa plana. 500 FCFAs por trayecto. Vayas donde vayas. Bueno, hay alguna excepción. Si vas a la zona de Malabo 2, te pueden cobrar 1000 (no entiendo por qué, si hay zonas más lejanas que están dentro de la “tarifa”), y creo (no lo tengo constatado) que si se montan tres personas, también se paga 1000, si son dos 500. Está claro por qué, ¿no? Si se montan tres sólo pueden coger a uno más por el camino.
Aunque no fuesen así de identificados, se podría distinguir a un taxi a distancia: si el coche está demacrado, le falta uno o los dos retrovisores, tiene una pedrada en la luna delantera que ocupa casi todo el cristal, o desprende una densa nube de humo negrísimo, tienes anti ti un taxi. De hecho, estoy convencido de que si uno se compra un coche nuevo, y lo quiere usar como taxi, primero le pegará unos cuantos martillazos por todas partes, y luego le romperá algún piloto, o dejará alguna parte colgando. De las tapicerías y su limpieza mejor no hablamos, ¿no?
Y por dentro, pues toda una caja de sorpresas. Desde lo mínimo y necesario para que el coche ande, entre lo que no está incluida la palanca de los intermitentes, hasta potentes equipos de música. Lo más bestia que me he encontrado, era uno que tenía dvd, y la pantalla estaba en el parasol del copiloto. Seguro que cuando su inventor lo puso ahí, pensando en que fuese más seguro, no se imaginaba al conductor con medio cuerpo girado para poder verlo desde su asiento a la que esquivaba coches por la calle. Y lo que no suele faltar son banderines del madrid o del barça. Y lo más increíble que he visto, un coche al que le faltaba la manilla para abrir la puerta desde dentro, y el conductor tenía que echar el brazo atrás porque sólo él donde estaba el alambre del que había que tirar para abrirla. Ahora acabo de llegar a casa, y venía en un taxi bastante decente, detrás de otro que en lugar de luna trasera llevaba un plástico encintado, lo justo para evitar que entrara el agua. Y es que aquí las cosas tienen otra importancia. Si de camino a tu destino el taxi pasa por una gasolinera, y anda justo de combustible, se para a repostar. Y si hay una fila de diez coches por surtidor, se espera. Aquí nadie se extraña si llegas tarde.
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