viernes, 30 de julio de 2010

Otro giro inesperado


Las cosas a veces dan unas vueltas inverosímiles. Unos lo llaman destino, otros casualidad, y otros preferimos llamarlo providencia. Lo de ayer puede ser un buen ejemplo.
Antes de ayer vino un hombre a traer una invitación para el director. Era una invitación para una presentación de una empresa en uno de los hoteles de lujo de la ciudad. Felipe me dijo que iba a intentar ir, y yo le pregunté si podía ir con él. Era una forma de meterme un ratito entre los peces gordos, y ver cómo es ese ambiente. Y por qué negarlo, seguramente de pegarme una comilona buena en el lunch, que nunca está de más. Así que me fui a clase pensando en acudir a esta historia a las 6.
Cuando después de comer le pregunto que cómo vamos a quedar, me dice que al final no va a ir. Ha preguntado a alguien, y le han dicho que va a ser un acto muy politizado (como casi todo aquí), y que dado que el hotel en cuestión está construido a partir de una casa que les expropiaron alegremente a los claretianos(bueno, mejor dicho, una de las casas, esto es así), que es mejor no ir. Vaya, una pena. No ya sólo por no ir a ello, sino porque era el único plan que tenía para esa tarde. Así que me di un par de vueltas, acompañé al párroco a hablar con una gente que había invadido un terreno de unas señoras de la parroquia para decirles que sacaran todo el material de obra que después de robar habían puesto allí para vender, y poco más. Y como me había llamado por teléfono uno de los del coro con los que estuve el sábado, me pasé por su ensayo, que era de 7 a 8.30. Ahí estuve sentado, viendo cómo preparaban la misa del domingo, sincronizaban las cuatro voces que hacen, etc…
Había quedado con José Ramón en que iba a venir a buscarme para subir en coche al seminario. Quizá por eso no me fui antes, porque la verdad que aquello era bastante aburrido. Pero al fin y al cabo, allí me quedé. Al final llegó la directora con cara larga. No entendí muy bien lo que decía, pero algo así como que había muerto alguien, y que iba a ir al velatorio a acompañar. Invitó a la gente del coro a ir, y estos aceptaron. “Como ya no está el cuerpo presente allí, vamos, estamos un rato, y nos vamos” dijo uno de ellos. Así que a la salida se fueron para la casa. El que me había llamado, que creo que llegaba un poco tocado ya, me dijo de ir a tomar algo al bar con él, y yo le dije de ir con ellos.
Una de las cosas que me faltaba por ver aquí era cómo se vive una muerte. Pero claro, eso es más difícil de ver, porque no es plan de meterme en una casa en la que no conozco a nadie y plantarme allí. Si ya llamo la atención por el color de mi piel, como para meterme de estrangis, así que esta era una muy buena oportunidad. De camino me dice la directora “Vamos a un sitio muy malo, ya puedes tener cuidado, no vayas a coger una enfermedad”. Pues allí que nos fuimos. Entramos en un patio interior gigantesco, del que si os enseñara una foto pensarías que aquello no era Malabo, sino Sarajevo después de un bombardeo. Nos metimos por un callejón (para la tranquilidad de padres y novia diré que éramos casi 20 personas las que íbamos juntas) donde no se veía nada de nada. “Ten cuidado por aquí, pisa donde yo pise” me dice la directora. Fuimos sorteando chabolillas muy deterioradas, en las que dudo que yo pudiese estar de pie sin tener que agachar la cabeza. Atravesamos un camino en el que habían puesto llantas de coche para poder pasar sin meter el pie en los riachuelillos infestados de las aguas negras de la zona. Todo esto, por supuesto, alumbrando con el móvil, porque no se veía nada.
Al llegar allá, nos juntamos casi 50 personas. Los del coro montaron el órgano, y empezaron a cantar. Alguna vez ya os he comentado que no hablamos el mismo idioma aunque las palabras que utilicemos sean las mismas. Ese “un ratito” se convirtió en dos horas y media cantando, orando, y sobre todo, acompañando a la mujer y la familia del difunto. Los hermanos de éste habían llevado el cuerpo al depósito antes de que la viuda hubiera llegado: todavía estaba en Bata, en el continente, en los actos del funeral de su suegra. Así que la pobre estaba destrozada.
Las canciones se sucedían, y yo al principio estaba preocupadísimo de hacer ver que me las sabía todas. Y es que os podéis imaginar que llamó mucho la atención que un blanco, maletín de portátil al hombro, entrara allá, así que tenía que “justificar” mi presencia haciendo ver que pertenecía al coro. Y eso es muy difícil si no me sé las canciones. Pero poco a poco, me fui dando cuenta de que eso daba igual. Lo que importaba allí, era estar. Le pregunté a la mujer que estaba a mi lado si conocía al difunto. Ella me dijo que no, que habían venido a acompañar a la directora.
Y así nos dieron las 11.30 de la noche en la casa. Parece increíble cómo esas 20 personas, que ni conocían a este hombre, estaban allí sin importarles la hora, ni si habían dejado en casa a sus familias, ni si al día siguiente tenían que ir a trabajar. Ni siquiera había sido algo premeditado, sino que había surgido de repente. Espectacular. Del mismo modo, casi nadie de los que estábamos allí se movió en este tiempo.
Le pregunto a uno de los chicos si suelen hacer esto muy a menudo, y me dice que sí, que en ocasiones incluso les llaman para que vayan. Que una vez les llamaron desde Libreville (capital de Gabón, justo al sur de la frontera pero en la parte continental) y estuvieron una semana.
Unas cuantas mujeres estuvieron todo el rato preparando cosas para los presentes. Fantas, Cocacolas, brandy, vino, cerveza, café. Al final sacaron una bandeja con alitas de pollo y pescado. “Hay que picar algo para poder irnos”, me dice la mujer de al lado. Qué ironías. Por la mañana yo pensaba que iba a acudir a un buen lunch, cargado de comida y vacío de sentido, y acabé compartiendo un par de alitas de pollo, en un lugar donde se encarnaba esa frase de “te acompaño en el sentimiento” que muchas veces en España no se entiende.
Un giro casi tan bonito como inesperado. Llamadlo coincidencia, o destino si queréis. Yo prefiero seguir llamándolo providencia.


5 comentarios:

  1. Verónica, Chus, Juanmna30 de julio de 2010 a las 12:36

    Hola Jorge: El texto de la Fundación "SONRISAS", nos ha llegado mucho al corazón y nos hace reflexionar sobre lo que es importante en la vida.
    Tú vivencia de hoy como tú dices es la providencia, que te llevo donde realmente eras necesario,aunque (solo comieras alitas de pollo)sigue escribiendo, lo haces fenomenal.besos

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  2. Hola brother. Puedes llamarlo destino, casualidad, fortuna, azar.....o como tu lo llamas providencia. Lo que esta claro es que alguien te esta llevando por ese camino para que vivas la experiencia al 100%. Mira que no vas a poder estar en inauguraciones de alto copete.... Donde tienes claro que no ibas a estar es en un funeral de esas caracteristicas, y ahi es donde has acabado, empapandote de la vida y costumbres de los que menos tienen. Alli es donde tenias que estar y donde parece que te estamos viendo por un agujerito, articulando la boca al compas de la musica. Otro relato una vez mas impresionante. Nos haces vivir tu experiencia y de alguna manera sentirnos mas cerquita de tia pesar de la distancia. Sigue disfrutandolo que aun te quedan dias buenos.
    un besazo muy fuerte.

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  3. Hola Jorge
    Yo también estoy de acuerdo en que estabas dónde tenías que estar, incluso me ha sorprendido que te apeteciera ir al aperitivo del hotelazo. En cualquier caso también es bueno que dispongas de tiempo, de un ratito de los de allí, para no hacer nada, dejarte fluir y simplemente estar o vivir.
    Un beso muy fuerte
    Cortijo

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  4. Hola guapo ¿qué ha pasado este finde que no hay nada escrito?
    Un beso desde Granada

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  5. Os estáis volviendo muy exigentes, eh? hmmm.

    No, lo que pasa es que ahora no tengo internet en casa, así que lo de escribir en fin de semana está complicado. Aprovecho que he venido a la misa de la tarde para postearos un poquito antes la ración de mañana.

    Chao!

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