jueves, 19 de agosto de 2010

Desde el corazón de lo humilde

Esta semana le propuse a Edmundo un trato. “Yo te invito a cenar por ahí, y un día vamos a cenar a tu casa, y así conozco a tu mujer y a tu niña, y donde vives”. Él se tomó unos segundos para pensarlo, y me dijo “Vale, si no llueve ese día vamos”. Y es que la zona donde él vive se pone muy complicada con el agua.
Así que después de cenar anoche por ahí, hemos ido hoy a su casa. Me dijo “donde yo vivo es como Niumbili, pero sin asfaltar”. Y a tenor de lo primero que vimos no le faltaba razón, añadiendo que está bastante lejos de la ciudad, y que la red eléctrica no llega a esa zona, por lo que dependen de unos motores que encienden por la noche. Esta vez fui precavido, y me llevé una linterna para poder saber dónde pisaba. Es una barriada donde las casitas de madera con techo metálico se alternan con alguna bastante mejor. “En este lugar hay pobres y ricos”, me decía señalando una mansioncilla que había en medio de las chabolas. Os podéis imaginar que la gente me miraba raro al ver a un blanco por allí, cosa que a mí ya no me parece tan rara. Al llegar nos recibe su mujer, Resu, y despertamos a la niña que estaba durmiendo en el sofá. La pobre estaba agotada después de todo un día jugando.
Notaba en Edmundo cierta sensación de pudor cuando me enseñaba su hogar, ajeno a que a mí me resulta mucho más entrañable una casa como la suya que una gran mansión. Básicamente consistía en un saloncito con una tele, un sofá y un sillón, una cocinita que no llegaría al metro cuadrado, separada de la sala por una cortinita, y la habitación, que nunca nadie enseña al que llega a su casa. El baño es compartido con la casa de al lado: la de sus suegros. Levantaron esa casita ellos mismos, pidiendo ayuda sólo para cementar el suelo. Y allí había lo justo para poder vivir. Según el estilo de vida que se entiende aquí, claro. Cualquiera de nosotros no duraría ni dos semanas. Se me hacía duro pensar que toda su vivienda entera, para tres personas, es más o menos del tamaño de mi salón. Y más duro todavía al comprobar, no sólo que él trabaja de profesor, sino que su mujer también es enfermera. Qué ironía, ¿no? El único punto en común de nuestras dos realidades, donde todas las demás diferencias provienen de una sola razón: 5000 km de distancia.
¿Y cómo se queda uno con todo esto? Pues raro. Por un lado, dando gracias por lo que uno tiene. Por otro, lamentando no ser lo suficientemente consciente de dicha suerte como para saber apreciarlo. Por supuesto, afortunado por poder acceder a una realidad que muchos de los que llevan años por aquí probablemente ni conozcan. Pero también orgulloso, orgulloso de gente como ésta, que vuelve una vez más a demostrar que no hacen falta grandes cosas para vivir, cuando la sencillez se vuelve virtud, cuando la honradez se erige en estandarte de la forma de entender la vida. Y sobre todo, admirado al comprobar que un texto como el de las bienaventuranzas, que a nuestros niños cuesta tantísimo comprender, aquí se ve, se palpa, se mastica, se huele, se siente, y sobre todo, se entiende.
Al salir hemos ido por otro camino, el que pasa por detrás de la casa. Me he quedado admirado por la belleza natural de la parte trasera, donde la vegetación salvaje formaba una especie de jardín botánico que a cualquiera de nosotros nos haría abrir la boca de admiración. Con la única luz que nos regalaba la luna, creo que esa es una de las estampas que rescataré cuando, ya en España, cierre los ojos y recuerde todo lo vivido en esta tierra. Edmundo se reía cuando le decía “¿sabes lo que daría cualquier madrileño por tener esto al lado de su casa? “. Éste es uno de los pequeños grandes tesoros de los que disfruta los que viven no sólo la humildad de espíritu, sino también la material.
Pero antes de abandonar la casa, una muestra más de que los que menos tienen lo comparten todo: su mujer me ha regalado una bolsita con unos dulces caseros. Os podéis imaginar lo mucho que los estoy disfrutando, al saborear el cariño que va implícito en ellos.
Pero quizá todo esto les resulta difícil de entender. Ellos posiblemente piensen que para el hombre blanco lo de hoy es como rebajarse, e incluso pasar penurias. De hecho, quería venir conmigo en taxi hasta Malabo, para luego volverse él de nuevo, porque decía que estaba muy lejos. Qué va. Ni siquiera el peor viaje en taxi que he tenido hasta ahora, yendo siete personas (3 delante y cuatro detrás, imaginaos mi cara cuando ya estábamos seis dentro y ha parado a coger al séptimo) en un corolla que adelantaba por cualquiera de los dos lados a todo el que fuese a menos de 50, puede empañar una experiencia que ya he empaquetado para llevarla conmigo a España.
Muchos me habéis comentado que os sorprendía la facilidad con la que escribía, como con mucha soltura. Os puedo asegurar que para ninguno de los escritos que llevo hasta ahora he tenido que pensar tanto las palabras que mejor definen cómo se vive una ironía tan injusta como ésta. Y también podéis tener claro que sentarme delante del ordenador, para intentar poner por escrito lo vivido, hace que todo profundice y cale de verdad en mí. Vosotros, todos los que leéis esto, sois los culpables de que cada noche me obligue a escribiros un pequeño relato. Por eso, de verdad, gracias.




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Parece que está habiendo algunos problemillas con los blogs, y durante un par de semanas no estarán disponibles los comentarios. Si queréis hacerme llegar algún comentario, podéis hacerlo por e-mail, y yo intentaré colgarlos aquí, aunque no prometo nada!

jomorea@gmail.com

miércoles, 18 de agosto de 2010

Una cuestión de orgullo


Una de las hermanas de Batete, con las que compartí tarde el domingo pasado, me enseñaba unos vídeos de las actuaciones que habían hecho los alumnos de su colegio. Cuando veíamos una especie de obrilla de teatro, me decía “es difícil conseguir que lo hagan bien, porque les falta ese amor propio que empuja a uno a obligarse a hacerlo un poquito mejor”.
No quiero que entendáis este artículo como una crítica, sino como una descripción. Como ya os conté ayer, estoy empezando a hacer juegos con los niños, y la verdad es que la experiencia está resultando positiva. A pesar de tener que gritar, de ver como algunos no escuchan y por ende no entienden cómo funciona un juego, y demás situaciones que recuerdan al colegio más de lo que me gustaría, me permite ver otra realidad entre ellos.
Una de las cosas que más llama la atención al que llega de fuera es lo sonrientes que son los niños. Realmente, apoyándose en la seguridad que hay en las calles (o puede que sea mejor llamarlo falta de inseguridad) los niños disfrutan correteando por ahí. Y sonríen, tanto que hace que sus ojos y dientes, que son lo único blanco que tienen, resplandezcan más de lo que uno está acostumbrado a ver. Y así se comportan también cuando uno hace este tipo de juegos: corren, y corren, y ríen, a pesar de no entender muy bien qué es lo que están haciendo.
Pero incluso aquí se nota esa falta de amor propio que me decía la hermana. Muchas veces da igual que hagan las cosas bien o mal, incluso en una carrera parece que van a “paso de burra”. Pero por eso os digo que no quiero que veáis esto como una crítica, porque no lo es. Realmente lo único que buscan es disfrutar lo que hacen en el momento. ¿Y quién no?
Del mismo modo que los niños sonríen, los jóvenes no lo hacen tanto, y los mayores deambulan con rostro serio. Y es que hacerse mayor en África tiene que ser duro: pasar de la felicidad que nace de la ausencia de preocupaciones, a un despertar a todos los problemas que uno se encuentra en su día a día aquí. Es algo que también se puede ver en España, pero a muy pequeña escala. Quizá hoy nuestros niños están tan alienados por la televisión-consola-ordenador, y tan acostumbrados a encontrar novedades en cada día de su infancia, que no reaccionan con el mismo entusiasmo ante las pequeñas cosas. Aquí uno suelta un balón de fútbol e inmediatamente oye a todos los niños chillar y perseguirlo. Porque no hace falta mucho más.
Hoy algunos niños han descubierto que una clase estaba abierta, y han entrado. Cuando he ido a decirles que salieran fuera para jugar con los demás, me he encontrado a varios sentados en los pupitres, como “jugando” a ser estudiantes. Y es que aquí el verano se hace más largo, porque no hay campamentos, ni piscinas, ni nada que haga de las vacaciones otra cosa que una sucesión de fines de semana, que a la larga se hacen hasta tediosos. Por no haber, no hay ni playas. Y eso que estamos en una isla.
Quizá esa falta de amor propio no es la razón de la situación del país, sino una consecuencia de la misma. Pero hasta eso cuesta ver con la mirada del que viene de fuera, porque lo que uno piensa es que es la causa de los problemas. Quizás muchos nunca han tenido a nadie que les enseñe qué es eso del orgullo, de la esperanza, del espíritu de superación. Tal vez todas éstas sean de las cosas que más hacen falta, pero que nadie ha sabido despertar.

martes, 17 de agosto de 2010

Y llegaron los niños!

Hace un par de semanas, cansado de no tener nada que hacer por las tardes, pero no de seguir buscando, hablé con el párroco. Le di un papel con unos horarios para que viniesen los niños de la parroquia por las tardes y así hacer juegos con ellos. Los convoqué por edades, porque si venían de golpe los 200 que hay en misa de niños, a ver qué hacía yo con ellos. El lunes no iba a poder, pero el martes allí estuve preparado para ver cuántos venían. Incluso les dije a los jóvenes de la convivencia de Luba que vinieran, para echarme una mano. Así, si no venían niños, por lo menos hacía algo con los mayores.
Pero allí no apareció nadie. Estuve toda la tarde allí, más tirado que una colilla, esperando que vinieran. Finalmente vi al cura que había dado la misa de niños, y me dijo que a él no le habían dado ningún aviso, por lo que él tampoco había dicho nada a los niños. Vaya. Todo mi gozo en un pozo.
Pero este domingo lo tenía más fácil. José Ramón daba la misa de niños, y a él se lo podía decir directamente. De hecho, como en todo mi domingo la única actividad fue hacer una tortilla de patata para que la probaran los curas, me fui con él a esa misa. Y de hecho no sólo lo dijo y lo vendió como una semana cultural (pfff), sino que incluso añadió “y estaréis con ese blanco que habéis visto que ha venido a comulgar, y que está allí al fondo”, con lo que los niños sabían hasta a quien buscar.
Y allí estaba yo a las cuatro de la tarde. Pero ni rastro de un niño. A las cuatro y media ha venido un hombre mayor preguntando por ello, y yo le he dicho que sí, que se iban a hacer juegos, pero que no había venido ningún niño. Por lo menos he conseguido que me dijera que iba a traer a un par de niños que tiene, y a algún amiguito del barrio. Menos da una piedra.
Con toda mi desolación, cojo el teléfono cuando me llama José Ramón. “¿Oye, estás con los niños?”. No, no ha venido nadie. “Pues es que tengo aquí como a unos 15, que están en la iglesia.” ¡Pues mándamelos! No hace falta que redunde en los problemas de entendimiento con los guineanos, ¿no?
Pues aún así tendré que hacerlo, porque si con los mayores es difícil entenderse, con los niños ni os cuento. “Para pillar jugando a la cadeneta tenéis que estar todos unidos de las manos, no os podéis soltar”. Y cuando doy la señal, salen todos disparados cada uno por su lado. “Bueno, vamos a cambiar las normas. Podéis soltaros, pero no podéis salir de estas dos líneas”. Y cada uno corriendo por donde le daba la gana. Bastante desesperante la verdad. Pero ha estado bien. Lo que tendré que hacer será buscar juegos para muchos niños, y que sean muy sencillitos muy sencillitos. El que mejor ha funcionado hoy es el de “Aviso, peligro, ¡bomba!”, que yo he rebautizado como ¡rayo!, no sea que a alguno le resulte familiar. De cualquier modo, se admiten sugerencias sobre qué juegos hacer.
Así que las próximas tardes de esta semana prometen. Prometen hasta hacerme llegar al inicio de curso con los problemillas de garganta de los que me había olvidado este verano. Pero en cualquier caso, bienvenidos sean.
Al final les he dicho que se pusieran para hacernos una foto, y me he tirado casi 10 minutos. No me hacían ni caso, así que otro día intentaré hacer algunas que salgan mejor. De momento, os dejo estas dos.

lunes, 16 de agosto de 2010

Alquimia genética

Ayer estuve en una fiesta. No es novedad, porque casi todos los fines de semana hay algo que celebrar. Tampoco fue novedad conocer a alguien que ha conseguido un estatus de vida relativamente bueno a base de cultivar la tierra. Parece que aquí todo el mundo está tan centrado en el petróleo, que se olvidan de lo esencial. La facultad de ingeniería está llena, mientras que la tierra está abandonada, a pesar de que utiliza como reclamo esa tremenda fertilidad de la que ya os he hablado alguna vez. Pero sí que los protagonistas de esta fiesta eran algo reseñable.
Era el cumpleaños de un amigo de Felipe. Nos habían dicho que pasásemos a partir de las 4. Llegamos a las 6, y allí no había nadie ajeno a la casa. De hecho, la comida no se sirvió hasta las 9.30. Horario guineano. Lo primero que me llamó la atención fue ver una blanca allí. Además, con cierta pinta de española. Y Felipe me contó que era la nueva novia de su amigo. ¿Y sabéis cómo la había conocido? Por internet. Je. Para que luego me digan que no sirve de nada estar todo el día en el ordenador…
Si Malabo es un pueblo, y las noticias entre la gente vuelan, imaginaos un caso así, de los que todavía por aquí no hay muchos. No porque no quieran ligar por internet, sino porque lo de acceder a la red está un poco difícil. Sin embargo ya veis que estas cosas también pasan por aquí, y eso que en la tele guineana no ponen el “Diario de Patricia”.
Pero eso no es lo más curioso de todo. Al menos no para mí. Lo curioso eran ellos dos en sí. Ahmed, que así se llama el hombre en cuestión, tiene sangre guineana y árabe. Si uno lo mira, después de fijarse en la claridad de su piel, pensaría que tiene ascendencia polinesia, por los rasgos de su cara. Vamos, un conjunto muy difícil de ver por aquí. Y ella resulta que no era española, sino cubana. Cubana de piel blanca y ojos azules. Vamos, otra muestra del legado que dejó la amistad comunista entre Rusia y Cuba.
Recopilando toda la información que tenemos hasta ahora: si tienen hijos, sus genes saldrán de una batidora en la que mezclaremos ingredientes guineanos, árabes, cubanos, y rusos. Los pobrecitos no van a saber con quién ir cuando haya olimpiadas…
Y es que por aquí, aunque no sean demasiados, sí que se ven casos de mezcla genética. Hay mucha gente con la piel muy clara, incluso he visto varios albinos. La verdad es que es bastante impactante, porque tienen todos los rasgos faciales de un guineano, pero en blanco y con muchas pecas. Al menos aquí no pasa como en otros sitios, porque leí hace unos días que un albino africano había tenido que salir de su país para evitar que lo mataran, a consecuencia de las muchas supersticiones que abundan en este continente.
Vamos, que aquí también uno puede encontrar casos de mestizaje bastante extraños. Y aunque muchas familias no ven con buenos ojos uniones de negros y blancos, es más fácil que se dé que entre las dos etnias principales. Más que nada por las costumbres. En el caso de los Fang, los hombres pagan una dote a la familia de la mujer. Pero a cambio, la mujer está mucho más dedicada a su marido, dando por hecho es que si hay ruptura los niños se quedan con el hombre. Entre los bubis no se hace esto, y es normalmente la mujer la que mantiene la custodia. Eso en los casos en que puede hacer frente a la situación, porque hay muchas que no son independientes económicamente. Por cosas como éstas es difícil las uniones entre ambas etnias.
Pero como en todo, parece que la cosa se va relajando, y poco a poco se va dando más libertad a la hora de elegir con quién quiere estar una persona. Aunque todo tiene su peaje: es otro de los factores que llevan a una maternidad que en España consideramos prematura, pero que aquí se ve como algo normal. ¿O quizá también eso está cambiando? Parece que poco a poco, las mujeres se van dando cuenta de que hay tiempo de todo en la vida, y que tener un niño a los 16 años frena mucho las posibilidades de formarse. Para “animar” a ello, en muchos centros el que una niña menor de edad quede embarazada lleva directamente a su expulsión del colegio. Cuando uno oye esto la primera vez, le resulta duro. Pero más duro es ver a niñas de 14 años con un niño a la espalda. Y aunque uno intenta pensar que así es, resulta que no: rara vez es su hermanito.

domingo, 15 de agosto de 2010

Hacer las cosas mal para que salgan bien.

Hacer las cosas mal para que salgan bien
Mucha gente piensa que en África viven en una jungla. Pero aquí la única jungla que hay es de asfalto. Uno no sabe bien qué es lo que piden para sacar el carnet, pero la pregunta tampoco tiene demasiado sentido cuando ve que lo normal es no respetar ninguna norma, y menos aún cuando hay mucha gente que conduce sin tener carnet.
Hay que tener en cuenta dos factores. Primero, las características de las carreteras de la ciudad. A esta gente le daría la risa si viese aquellos socavones que retrasaron las obras del AVE. Aquí hay auténticos cráteres en medio de la calzada, que hacen imposible que circulen por el carril correspondiente a su sentido. Y segundo, las características de los coches de aquí. No hay término medio: o coches que uno no se explica cómo pueden seguir funcionando, o todoterrenos de gran lujo, los cuales no son complicados de encontrar. Aún así, lo más normal es ver coches que en España no pasarían una itv ni de broma. Ya sea porque tienen los retrovisores colgando, o porque directamente no los tienen, o porque llevan las ruedas tan deshinchadas que se puede oír la llanta contra el suelo, o porque dejan una estela de humo negro a su paso ante la que a veces hay que pararse, cerrar los ojos, y contener la respiración. Mención aparte merecen los taxis. Si ya os comenté que algunos tenían la luna delantera rota, hace poco me tocó montar en uno que llevaba el golpe en la parte del conductor, por lo que continuamente tenía que ir moviendo la cabeza para ver algo, e incluso sacarla por la ventana. Algunos llevan tal pedrada, que se forma como una bolsita hacia dentro del coche, de hasta cinco centímetros de profundidad. Vamos, que si estuviese hacia fuera podrían usarla de posavasos.
Y aunque en algunos cruces hay semáforos, todavía son mayoría los cruces que quedan a la libre interpretación de los conductores. El problema es que cada uno lo interpreta a su manera. Los semáforos es lo único que se respeta, por lo que es lo demás, nada de nada. En España, ante una rotonda, uno supone que el que pretende entrar en ella normalmente parará para dejar paso al que ya está tomándola. Aquí, uno supone que el que quiere entrar en la rotonda ni siquiera va a mirar a ver si viene algún coche. Menos mal que cuando a uno le pitan, se podría decir que ni hace ademán de haber oído nada, que si no acabarían a palos.
Lo de los intermitentes es también para hacer un estudio. El día que un guineano ponga un intermitente, no ya para señalar que va a girar, sino para indicar que va a frenar en seco para dejar a alguien, me pararé y aplaudiré entusiasmadamente.
Aún así, no se ven muchos accidentes, porque todo el mundo tiene tan claro que el otro puede hacer cualquier cosa, que cuentan con ello y reaccionan rápido. Es como si hubiera que hacer las cosas mal, para que salgan bien. Bueno, esto es lo que os habría contado si este post lo hubiera escrito hace unas semanas. Porque en apenas cinco días, tuve noticia de tres muertes por atropello, dos accidentes con varias víctimas en la carretera de Luba a Malabo, e incluso fuimos testigos de un par de ellos. Y en varios de ellos, los que lo habían provocado eran altos cargos de la policía. Se ve que ellos están al margen de la ley, pero no de la Física.
Yendo por la carretera del seminario, con dos o tres carriles para cada sentido, vimos como un jefecillo entraba sin mirar, chocaba con un taxi, y hacía que ambos coches cruzaran de lado a lado hasta chocar con una farola de la otra acera. Menos mal que coincidió con uno de los pocos momentos en que no pasaba nadie en sentido contrario. Otro de los días, estando en la terraza, oí una de esas frenadas que parecen eternas, y que hacen que uno estire el cuello para ver si se oye un “pum” al final. Pues esta vez sí que se oyó. Botoco salió corriendo desde su habitación, y vimos como un taxi había perdido el control y se había estrellado contra una señal de peligro (menudo vidente el que la puso ahí) hasta tumbarla en la acera. Edmundo fue el que me contó que yendo de Malabo a Luba vio un choque frontal de dos coches, y cómo se podían ver los cristales llenos de sangre.
Y es que en carretera, uno sufre. Porque lo de las líneas del suelo es algo orientativo. Aquí una línea continua no significa nada, y los coches invaden el carril contrario sin temer que aparezca un coche desde más allá de los diez metros de visibilidad que tiene la curva. Yo me pongo malo, porque no hay necesidad ninguna de hacerlo, y uno duda que vayan a tener esa capacidad de reacción para volver a su carril si aparece alguien en el otro sentido.
En esa carretera que une las dos ciudades más importantes de la isla, se puede ver cada pocos kilómetros cómo los “quita miedos” ya han hecho su función, pero no están listos para volverla a ejercer. Hay algún coche volcado en los arcenes, y en uno hasta se ven ramos de flores, indicando que ese fue el triste final de algún conductor. Por no hablar de los puntos desde donde se accede a las canteras, que están llenas de gravilla. En fin, un peligro importante, rebajado ligeramente por el hecho de que no se puede correr mucho. Pero hasta las señales de velocidad son orientativas, y hay tramos de 50 en que todos los coches van a 90.
No sé si hace falta a estas alturas que os hable de los pasos de cebra, donde uno se santigua antes de empezar a cruzar la carretera. O aquello de incorporarse en una carretera de varios carriles hacia la izquierda, donde dan ganas de decir “una, dos y tres”, y cerrar los ojos.
Los primeros días me preguntaba si yo podría conducir con el carnet de España. Después me enteré que simplemente tenía que ir a tráfico para que dieran uno convalidado. Ahora me alegro de no haberlo hecho. Todo para ellos.





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Actualizando:
El otro día me acordé de dos problemas de entendimiento con los guineanos que no os había contado. El primero es encontrarse de frente con la pregunta: "¿Y cuál es su gracia?". Se ve que esto significa que quieren saber cómo te llamas, pero vaya, como para adivinarlo...

Y la segunda ya es la bomba. "Abre el bote, lo utiliza, y si falta lo tiene que tirar". Vamos a ver, si falta, tendré que abrir otro, ¿no? Pues no, aquí vuelven a intercambiar dos palabras que para colmo son antónimos. "Si falta" quiere decir si sobra. Así que "faltan" los comentarios.

sábado, 14 de agosto de 2010

De Ma....labo a Ma....iami

Acabo de llegar de hacer un viaje de miles de kilómetros. He viajado de la costa este de Estados Unidos, a la costa Oeste de África, a una islita llamada Bioko cuya capital es Malabo. ¿Que cómo he podido hacer ese viaje? En coche. Son cinco minutitos (eso sí, con peaje incluido). De hecho, a la Miami de aquí se le conoce como Punta Europa, y es un sitio de torres metálicas altas con luces rojas en lo alto, para que los aviones que pasan apurando puedan esquivarlas. Alguno incluso podría pensar que es una ciudad olímpica, porque tiene antorcha. Pero esta no indica que estamos en plena olimpiada, sino que el petróleo y el gas siguen fluyendo al mismo ritmo que los dólares.
En el sitio de donde vengo no se habla español, se habla inglés. Así lo atestiguan las señales de tráfico en lengua anglosajona. Pero es un sitio raro: allí todos son inmigrantes, pero no se ve miseria. De hecho, son los locales los que ocupan los puestos de la hostelería, para servir los cócteles a los que vienen de lejos. Esto en España sólo se entendería en un sitio de turismo, pero los que llenan los bares no son turistas, sino trabajadores. Es algo así como el mundo al revés.
Lo que tiene en común con la cuidad es que también son todo casitas bajas. Solo que en muchas de estas hay máquinas de gimnasio, y hasta jacuzzis. Y el club social, o “Club House” como lo llaman, podría pasar como el bar de un hotel de cuatro estrellas a pie de mar, con su piscinita y todo. Sí, de esa que tiene unas luces que la iluminan por la noche, y queda la mar de bonito. Hasta hay un pequeño edificio donde se hace animación, y los ingleses, estadounidenses y demás “inmigrantes” disputan un concurso de preguntas y respuestas, dirigido por el “equipo de animación”. Pero vuelvo a repetiros que esto no es un resort. Es un sitio de trabajo.
Ana, la chica de Logroño, vive en la planta petrolífera. Trabaja para una de las empresas que explotan (literal y metafóricamente) los recursos del país. A ella no le gusta mucho, pero la llegada de extranjeros pudientes ha puesto tan alto el precio de los alquileres en la ciudad, que no le ha quedado más remedio. Y me invitó a pasar allí la noche del viernes, que coincidía con la “happy hour” del Club House. Como si allí hubiera alguna hora triste…
Es un sitio más que curioso. De verdad que uno podría pensar que está en Salou, o en Tenerife, o en cualquiera de esos sitios diseñados para los turistas de piel quemada por el sol. Y allí hemos estado, tomando unas cañas, e incluso permitiéndonos el lujo de pedir algo de comer de la carta, después de degustar las costillas de cerdo del buffet que ponen, para que la gente que se toma dos cervezas al precio de una no se emborrache demasiado. Y eso que allí, un sitio donde no creo que haya nadie que esté por una razón distinta al dinero, no importa gastarse pasta. Más que nada porque lo único que uno se gasta es calderilla. Resulta muy violento ver que una hamburguesa cuesta la mitad de lo que se pagaría en la ciudad por algo peor, cuando los que se la toman cobran diez veces más que la gente de a pie de Malabo.
Para que os hagáis una idea. El otro día estábamos Edmundo y yo tomándonos un helado en un bar, y vinieron tres niños, se apoyaron en la barandilla, y me dijeron “Siento hambre”. Hay tres cosas que me repateaban de esa situación. La primera es que me lo dijeran a mí por el hecho de ser blanco. La segunda, que seguro que me lo dijeran no porque tuvieran hambre de comida, sino de helado. Y la tercera, que esa carita de pena se transformara en risas y choteo cuando les dije “esperad aquí y ahora os cojo algo”. Pero al fin y al cabo no dejan de ser niños, y me da igual si era verdad o no que tenían hambre. Prefiero dar lugar a que me engañen, que negarle comida a un niño. De modo que cuando nos tomamos el helado, fui al “restaurante” de enfrente, y les compré un plato de patatas fritas para llevar. Me costó 2000 francos. Hoy, por el mismo precio, me he tomado una hamburguesa con queso, bacon y patatas fritas que no sólo estaba de miedo, sino que además era bien contundente. Ahora comparad el poder adquisitivo de la gente que visita un lugar y otro.
La gente que está en la planta tiene ciertos privilegios. Pero como en todas partes, hay clases y clases. Los jefazos tienen casitas unifamiliares con todo tipo de detalles. Los operarios, viven en casas de plástico. Los primeros tienen cocina. Los segundos no. La diferencia principal no es que uno puedan comer en casa, y otros tengan que ir a la cantina, sino que aquellos que pueden cocinar tienen cada dos semanas un “Food drop”. Vamos, que viene un avión lleno de comida fresca (carne, pescado, fresas, frambuesas, y demás cosas imposibles de encontrar en la ciudad), una especie de supermercado en el que la única diferencia es que no se paga al salir. Al ir a trabajar dejas tu ropa sucia en la puerta, y al volver por la tarde la encuentras lavada y planchada. Que bastante “sacrificio” hace ya esta gente al salir de su país para ir a ese lugar tercermundista… Y me cuenta Ana que mucha de la gente se queja. Y le dan ganas de decirles “¿Pero tú que vives, en Ma….labo, o en Ma….iami?”
Ana no tiene esos privilegios. A ella la contrataron ya desde Guinea, por lo que no tiene el trato de expatriada, lo que no sólo afecta a su sueldo, sino también a sus vacaciones. Pero apostaría a que es mucho más feliz que el resto. Mucha de la gente que hay allí no habrá pisado nunca la ciudad. De hecho, desde la planta se inculca cierto miedo, vendiendo que es una ciudad muy peligrosa (otra cosa igual sí que es, pero peligrosa os aseguro que no). De ese modo, se evita que salgan y se pierdan. Es muy triste comprobar que algunos van del aeropuerto a la planta, y de la planta al aeropuerto.
Es una ciudad ficticia, en la que se aplica la forma de vivir de los Estados Unidos. Esto es, el miedo. Bajo el lema de “Safety first” (la seguridad es lo primero), todo se controla. No os quiero ni contar el cuadro que se ha montado cuando a uno se le ha caído el vaso al salir a la terraza, y han quedado cristales por el camino. Dos camareros avisando a todos los que pasaban, hasta que se ha podido barrer y colocar uno de esos carteles amarillos que indica “suelo húmedo”. Aún así a los diez minutos ha pasado uno y se ha caído. Pero como era la hora feliz, no había lugar al enfado.
En fin, que los que aquí vienen a llenarse los bolsillos (cosa muy respetable, por otro lado) pueden relajar tensiones en el súper gimnasio con máquinas de última generación, o en las pistas de tenis, o en las canchas de baloncesto, o hasta en el campo de golf (sic). Al fin y al cabo ellos lo han dejado todo para venirse aquí a sufrir. Pero me da igual. Yo no cambio mi vida por la suya.
Al principio a uno le surge la duda de si debe ir ahí. De si no será eso un ejercicio de hipocresía, después de conocer la auténtica realidad de esta ciudad. Pero luego te das cuenta de que todo lo que sea conocer le sirve a uno. Incluso aunque sea para confirmar que dos mundos tan injustamente diferentes conviven a apenas cinco kilómetros. Porque el sabor agridulce que se saca de allí es fruto de la rabia que provoca ese contraste, y la satisfacción de saber que finalmente uno quiere tomar la opción que le hará más feliz. La que, a pesar de ser la más difícil, le permite a uno saber que su vida es un poquito más auténtica. Y que esa realidad tan irreal se la queden ellos. Que yo aspiro a ser ciudadano, del mundo de a pie.

viernes, 13 de agosto de 2010

Misma lengua, distinto idioma

Una de las preguntas que más me hacían cuando decía que venía a Guinea, era que qué idioma hablaban aquí. Yo respondía que español, que era el único país de África hispanoparlante. Iluso de mí. Una cosa es que lo hablen, y otra como lo hablan.
Uno encuentra varias barreras lingüísticas cuando llega aquí. La más difícil es la de los dialectos. El español es el idioma oficial, y todo el mundo lo sabe hablar, pero entre ellos utilizan normalmente las lenguas de sus etnias. Los fang hablan fang, y los bubis también tienen su dialecto, pero suelen hablar en pichi. Después de un tiempo he llegado a la conclusión de que esa palabra viene del “speak English”, que ellos pronuncian “pichinglis”. Es una mezcla rara de inglés, alguna palabra en español, y un ingrediente secreto indescifrable para alguien que viene de España.
Cuando hablan con un blanco, lo hacen en español, pero cuando se encuentran con alguien pasan a la otra modalidad, por lo que uno no se suele enterar de nada. Pero es entendible que lo hagan, porque es lo que suelen hacer normalmente. Los que hablan en pichi, cambian alternativamente al español, sin que uno entienda en qué momentos concretos lo hacen. Es bastante raro.
Otro problema es el del volumen. Si metemos en una coctelera una persona acostumbrada a hablar para el cuello de su camisa, con alguien que viene de La Rioja, donde no es que seamos muy sutiles ni con el tono ni con el volumen, obtiene como resultado un dolor de cuello al intentar estirarlo para oír lo que dicen. No pocas veces he tenido que repetir hasta tres veces a alguien un “es que no te oigo”, pero ellos no suben el tono, más que nada porque el significado que tiene para ellos esa frase es “no te entiendo”, pero no se dan cuenta de que el problema es de volumen. Me alucinaba al principio como cuando uno iba en un taxi y alguien hacía una seña de que quería montar, decía a volumen bajito el lugar al que quería ir, y el taxista, aún con la música altita, le entendía. Yo casi ni percibía que había dicho algún sitio. Sin embargo, cuando era yo el que decía un sitio desde fuera del coche, aún medio gritando, no me entendían. Pero parece que a todo se hace uno, porque ya voy captando esas cosas, quizá también en parte porque voy conociendo los sitios que dicen.
Pero lo más complicado es el significado distinto que tiene las palabras aquí y allá. Porque aunque hay palabras propias de aquí, no son muchas. Por ejemplo, chapear significa cortar la hierba, cebu significa vaca, etc… Eso sí, cuando uno dice una frase cuyo significado cree que está claro, y o no te entienden, o hacen algo que no tiene nada que ver, hay que empezar a pensar que quizá sea porque la semántica de las palabras utilizadas poco tiene que ver con lo que conocemos en España.
Varios ejemplos. Cuando fui con la gente del coro a Luba, les decía una situación que tenían que interpretar. De las cuatro parejas, sólo dos hicieron algo parecido. A unos les dije que uno de ellos tenía que pedirle al otro que le ayudara a preparar unas canciones, pero éste estaba cansado y se tenía que ir a casa. La dramatización que hicieron fue que uno paraba a otro para decirle que tenía un problema muy serio, y el otro le respondió que claro, que iban a tomar una cerveza para que le contara qué le pasaba. Cuando terminaron tuve que improvisar rápido algo, para evitar que pareciera que pasaba un seto rodando por delante nuestro ante mi estupor. En la otra pareja, el papel del primero era el mismo, y el segundo, aunque tenía que ir a recoger a su hijo, tras hacerse de rogar, terminaba accediendo. El resultado fue que uno hacía que llamaba por teléfono al otro, quien directamente aceptaba sin poner ni media queja. ¿Alguien se lo explica? Yo no.
Este sábado, hice unos juegos con los seminaristas. Aprovechando que éramos todo chicos, hice el juego de la manta. Os lo cuento rápidamente. El voluntario tiene que ir diciendo prendas que lleve encima, hasta que acierte cuál hemos elegido los demás. Cada vez que dice una prenda, y no es, se la tiene que quitar. Así, hasta que se le deja en calzoncillos, porque la prenda en cuestión es la manta que usamos para taparle. Se lo explico al primero, y me dice que vale, que lo entiende. Y dice
- La camiseta de Antonio.
- No, no, tienes que decir una prenda que lleves tú encima.
- La bufanda.
- ¡Pero si no llevas bufanda!
- Las sandalias de Jesús.
Y así todo el rato, hasta que parece que lo entendió. Cuando el segundo que salía al juego empezó a hacer lo mismo, me empecé a dar cuenta. Lo que significa para nosotros quitar, para ellos es sacar. Porque quitar significa quitarle a alguien. Aunque hay veces que los significados se intercambian. Uno se “saca” una prenda y “quita” una foto. Una auténtica locura.
Ya ni hablamos del verbo venir.
- ¿Vienes?
-Sí, vengo.
Y por último, el tono. Cuando uno viene aquí se siente violento por la forma de decir las cosas. Parece que te van a morder, porque son muy bruscos en las formas y en las palabras que utilizan. Se me salían los ojos de las cuencas cuando veía a Edmundo, que es todo pachorra y calma, chillando a uno de sus alumnos del curso de verano (que tendría unos 40 años) porque no sabía hacer una cosa que acababan de explicar. Yo, que a la hora de hablar con la gente prefiero pecar de suavidad, alucinaba. Pero luego te das cuenta de que es la forma de hablar de ellos, y aunque parece que se están echando broncas continuamente, el “abroncado” no parece darle mucha importancia.
Por todo esto que os acabo de contar, si cuando vuelva me preguntan que qué idioma hablan en Guinea, les diré: Mira, no lo tengo muy claro.