Una de las hermanas de Batete, con las que compartí tarde el domingo pasado, me enseñaba unos vídeos de las actuaciones que habían hecho los alumnos de su colegio. Cuando veíamos una especie de obrilla de teatro, me decía “es difícil conseguir que lo hagan bien, porque les falta ese amor propio que empuja a uno a obligarse a hacerlo un poquito mejor”.
No quiero que entendáis este artículo como una crítica, sino como una descripción. Como ya os conté ayer, estoy empezando a hacer juegos con los niños, y la verdad es que la experiencia está resultando positiva. A pesar de tener que gritar, de ver como algunos no escuchan y por ende no entienden cómo funciona un juego, y demás situaciones que recuerdan al colegio más de lo que me gustaría, me permite ver otra realidad entre ellos.
Una de las cosas que más llama la atención al que llega de fuera es lo sonrientes que son los niños. Realmente, apoyándose en la seguridad que hay en las calles (o puede que sea mejor llamarlo falta de inseguridad) los niños disfrutan correteando por ahí. Y sonríen, tanto que hace que sus ojos y dientes, que son lo único blanco que tienen, resplandezcan más de lo que uno está acostumbrado a ver. Y así se comportan también cuando uno hace este tipo de juegos: corren, y corren, y ríen, a pesar de no entender muy bien qué es lo que están haciendo.
Pero incluso aquí se nota esa falta de amor propio que me decía la hermana. Muchas veces da igual que hagan las cosas bien o mal, incluso en una carrera parece que van a “paso de burra”. Pero por eso os digo que no quiero que veáis esto como una crítica, porque no lo es. Realmente lo único que buscan es disfrutar lo que hacen en el momento. ¿Y quién no?
Del mismo modo que los niños sonríen, los jóvenes no lo hacen tanto, y los mayores deambulan con rostro serio. Y es que hacerse mayor en África tiene que ser duro: pasar de la felicidad que nace de la ausencia de preocupaciones, a un despertar a todos los problemas que uno se encuentra en su día a día aquí. Es algo que también se puede ver en España, pero a muy pequeña escala. Quizá hoy nuestros niños están tan alienados por la televisión-consola-ordenador, y tan acostumbrados a encontrar novedades en cada día de su infancia, que no reaccionan con el mismo entusiasmo ante las pequeñas cosas. Aquí uno suelta un balón de fútbol e inmediatamente oye a todos los niños chillar y perseguirlo. Porque no hace falta mucho más.
Hoy algunos niños han descubierto que una clase estaba abierta, y han entrado. Cuando he ido a decirles que salieran fuera para jugar con los demás, me he encontrado a varios sentados en los pupitres, como “jugando” a ser estudiantes. Y es que aquí el verano se hace más largo, porque no hay campamentos, ni piscinas, ni nada que haga de las vacaciones otra cosa que una sucesión de fines de semana, que a la larga se hacen hasta tediosos. Por no haber, no hay ni playas. Y eso que estamos en una isla.
Quizá esa falta de amor propio no es la razón de la situación del país, sino una consecuencia de la misma. Pero hasta eso cuesta ver con la mirada del que viene de fuera, porque lo que uno piensa es que es la causa de los problemas. Quizás muchos nunca han tenido a nadie que les enseñe qué es eso del orgullo, de la esperanza, del espíritu de superación. Tal vez todas éstas sean de las cosas que más hacen falta, pero que nadie ha sabido despertar.
Quién me lee desde Alemania? Menudo repaso se ha pegado hoy!
ResponderEliminarHola Jorge
ResponderEliminarEl día que llevamos a Ignacio a la estación de Málaga, empezaban las fiestas. En una plaza estaban tres chicas como de 20 años con los cascos puestos y haciendo botellón, no hablaban entre ellas, no sonreían, sólo parecía que esperaban que les hiciera efecto el alcohol para empezar la fiesta. Cuando se tomaron unos dos cubatas, ya dejaron el autismo y comenzaron una pausada conversación, sin cascos. ¿A éstas que les falta? ¿orgullo? ¿o les sobra demasiado?
Un beso muy fuerte
Cortijo