Ayer estuve en una fiesta. No es novedad, porque casi todos los fines de semana hay algo que celebrar. Tampoco fue novedad conocer a alguien que ha conseguido un estatus de vida relativamente bueno a base de cultivar la tierra. Parece que aquí todo el mundo está tan centrado en el petróleo, que se olvidan de lo esencial. La facultad de ingeniería está llena, mientras que la tierra está abandonada, a pesar de que utiliza como reclamo esa tremenda fertilidad de la que ya os he hablado alguna vez. Pero sí que los protagonistas de esta fiesta eran algo reseñable.
Era el cumpleaños de un amigo de Felipe. Nos habían dicho que pasásemos a partir de las 4. Llegamos a las 6, y allí no había nadie ajeno a la casa. De hecho, la comida no se sirvió hasta las 9.30. Horario guineano. Lo primero que me llamó la atención fue ver una blanca allí. Además, con cierta pinta de española. Y Felipe me contó que era la nueva novia de su amigo. ¿Y sabéis cómo la había conocido? Por internet. Je. Para que luego me digan que no sirve de nada estar todo el día en el ordenador…
Si Malabo es un pueblo, y las noticias entre la gente vuelan, imaginaos un caso así, de los que todavía por aquí no hay muchos. No porque no quieran ligar por internet, sino porque lo de acceder a la red está un poco difícil. Sin embargo ya veis que estas cosas también pasan por aquí, y eso que en la tele guineana no ponen el “Diario de Patricia”.
Pero eso no es lo más curioso de todo. Al menos no para mí. Lo curioso eran ellos dos en sí. Ahmed, que así se llama el hombre en cuestión, tiene sangre guineana y árabe. Si uno lo mira, después de fijarse en la claridad de su piel, pensaría que tiene ascendencia polinesia, por los rasgos de su cara. Vamos, un conjunto muy difícil de ver por aquí. Y ella resulta que no era española, sino cubana. Cubana de piel blanca y ojos azules. Vamos, otra muestra del legado que dejó la amistad comunista entre Rusia y Cuba.
Recopilando toda la información que tenemos hasta ahora: si tienen hijos, sus genes saldrán de una batidora en la que mezclaremos ingredientes guineanos, árabes, cubanos, y rusos. Los pobrecitos no van a saber con quién ir cuando haya olimpiadas…
Y es que por aquí, aunque no sean demasiados, sí que se ven casos de mezcla genética. Hay mucha gente con la piel muy clara, incluso he visto varios albinos. La verdad es que es bastante impactante, porque tienen todos los rasgos faciales de un guineano, pero en blanco y con muchas pecas. Al menos aquí no pasa como en otros sitios, porque leí hace unos días que un albino africano había tenido que salir de su país para evitar que lo mataran, a consecuencia de las muchas supersticiones que abundan en este continente.
Vamos, que aquí también uno puede encontrar casos de mestizaje bastante extraños. Y aunque muchas familias no ven con buenos ojos uniones de negros y blancos, es más fácil que se dé que entre las dos etnias principales. Más que nada por las costumbres. En el caso de los Fang, los hombres pagan una dote a la familia de la mujer. Pero a cambio, la mujer está mucho más dedicada a su marido, dando por hecho es que si hay ruptura los niños se quedan con el hombre. Entre los bubis no se hace esto, y es normalmente la mujer la que mantiene la custodia. Eso en los casos en que puede hacer frente a la situación, porque hay muchas que no son independientes económicamente. Por cosas como éstas es difícil las uniones entre ambas etnias.
Pero como en todo, parece que la cosa se va relajando, y poco a poco se va dando más libertad a la hora de elegir con quién quiere estar una persona. Aunque todo tiene su peaje: es otro de los factores que llevan a una maternidad que en España consideramos prematura, pero que aquí se ve como algo normal. ¿O quizá también eso está cambiando? Parece que poco a poco, las mujeres se van dando cuenta de que hay tiempo de todo en la vida, y que tener un niño a los 16 años frena mucho las posibilidades de formarse. Para “animar” a ello, en muchos centros el que una niña menor de edad quede embarazada lleva directamente a su expulsión del colegio. Cuando uno oye esto la primera vez, le resulta duro. Pero más duro es ver a niñas de 14 años con un niño a la espalda. Y aunque uno intenta pensar que así es, resulta que no: rara vez es su hermanito.
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