Esta semana le propuse a Edmundo un trato. “Yo te invito a cenar por ahí, y un día vamos a cenar a tu casa, y así conozco a tu mujer y a tu niña, y donde vives”. Él se tomó unos segundos para pensarlo, y me dijo “Vale, si no llueve ese día vamos”. Y es que la zona donde él vive se pone muy complicada con el agua.
Así que después de cenar anoche por ahí, hemos ido hoy a su casa. Me dijo “donde yo vivo es como Niumbili, pero sin asfaltar”. Y a tenor de lo primero que vimos no le faltaba razón, añadiendo que está bastante lejos de la ciudad, y que la red eléctrica no llega a esa zona, por lo que dependen de unos motores que encienden por la noche. Esta vez fui precavido, y me llevé una linterna para poder saber dónde pisaba. Es una barriada donde las casitas de madera con techo metálico se alternan con alguna bastante mejor. “En este lugar hay pobres y ricos”, me decía señalando una mansioncilla que había en medio de las chabolas. Os podéis imaginar que la gente me miraba raro al ver a un blanco por allí, cosa que a mí ya no me parece tan rara. Al llegar nos recibe su mujer, Resu, y despertamos a la niña que estaba durmiendo en el sofá. La pobre estaba agotada después de todo un día jugando.
Notaba en Edmundo cierta sensación de pudor cuando me enseñaba su hogar, ajeno a que a mí me resulta mucho más entrañable una casa como la suya que una gran mansión. Básicamente consistía en un saloncito con una tele, un sofá y un sillón, una cocinita que no llegaría al metro cuadrado, separada de la sala por una cortinita, y la habitación, que nunca nadie enseña al que llega a su casa. El baño es compartido con la casa de al lado: la de sus suegros. Levantaron esa casita ellos mismos, pidiendo ayuda sólo para cementar el suelo. Y allí había lo justo para poder vivir. Según el estilo de vida que se entiende aquí, claro. Cualquiera de nosotros no duraría ni dos semanas. Se me hacía duro pensar que toda su vivienda entera, para tres personas, es más o menos del tamaño de mi salón. Y más duro todavía al comprobar, no sólo que él trabaja de profesor, sino que su mujer también es enfermera. Qué ironía, ¿no? El único punto en común de nuestras dos realidades, donde todas las demás diferencias provienen de una sola razón: 5000 km de distancia.
¿Y cómo se queda uno con todo esto? Pues raro. Por un lado, dando gracias por lo que uno tiene. Por otro, lamentando no ser lo suficientemente consciente de dicha suerte como para saber apreciarlo. Por supuesto, afortunado por poder acceder a una realidad que muchos de los que llevan años por aquí probablemente ni conozcan. Pero también orgulloso, orgulloso de gente como ésta, que vuelve una vez más a demostrar que no hacen falta grandes cosas para vivir, cuando la sencillez se vuelve virtud, cuando la honradez se erige en estandarte de la forma de entender la vida. Y sobre todo, admirado al comprobar que un texto como el de las bienaventuranzas, que a nuestros niños cuesta tantísimo comprender, aquí se ve, se palpa, se mastica, se huele, se siente, y sobre todo, se entiende.
Al salir hemos ido por otro camino, el que pasa por detrás de la casa. Me he quedado admirado por la belleza natural de la parte trasera, donde la vegetación salvaje formaba una especie de jardín botánico que a cualquiera de nosotros nos haría abrir la boca de admiración. Con la única luz que nos regalaba la luna, creo que esa es una de las estampas que rescataré cuando, ya en España, cierre los ojos y recuerde todo lo vivido en esta tierra. Edmundo se reía cuando le decía “¿sabes lo que daría cualquier madrileño por tener esto al lado de su casa? “. Éste es uno de los pequeños grandes tesoros de los que disfruta los que viven no sólo la humildad de espíritu, sino también la material.
Pero antes de abandonar la casa, una muestra más de que los que menos tienen lo comparten todo: su mujer me ha regalado una bolsita con unos dulces caseros. Os podéis imaginar lo mucho que los estoy disfrutando, al saborear el cariño que va implícito en ellos.
Pero quizá todo esto les resulta difícil de entender. Ellos posiblemente piensen que para el hombre blanco lo de hoy es como rebajarse, e incluso pasar penurias. De hecho, quería venir conmigo en taxi hasta Malabo, para luego volverse él de nuevo, porque decía que estaba muy lejos. Qué va. Ni siquiera el peor viaje en taxi que he tenido hasta ahora, yendo siete personas (3 delante y cuatro detrás, imaginaos mi cara cuando ya estábamos seis dentro y ha parado a coger al séptimo) en un corolla que adelantaba por cualquiera de los dos lados a todo el que fuese a menos de 50, puede empañar una experiencia que ya he empaquetado para llevarla conmigo a España.
Muchos me habéis comentado que os sorprendía la facilidad con la que escribía, como con mucha soltura. Os puedo asegurar que para ninguno de los escritos que llevo hasta ahora he tenido que pensar tanto las palabras que mejor definen cómo se vive una ironía tan injusta como ésta. Y también podéis tener claro que sentarme delante del ordenador, para intentar poner por escrito lo vivido, hace que todo profundice y cale de verdad en mí. Vosotros, todos los que leéis esto, sois los culpables de que cada noche me obligue a escribiros un pequeño relato. Por eso, de verdad, gracias.
_______________________________________________________________________
Parece que está habiendo algunos problemillas con los blogs, y durante un par de semanas no estarán disponibles los comentarios. Si queréis hacerme llegar algún comentario, podéis hacerlo por e-mail, y yo intentaré colgarlos aquí, aunque no prometo nada!
jomorea@gmail.com
No, no es un título a lo Mission: Impossible. Es que realmente se trata de una misión, algo a lo que me siento llamado. Y por misión no me refiero al trabajo que pueda hacer allí, sino llamado a compartir vida, a romper estereotipos, a conocer y a llenarme de lo que toda la gente en el mundo ofrece a cada rato. Esa es la Misión con mayúsculas. Porque por mucho que pueda parecer otra cosa, esto es una experiencia personal. Una experiencia en la que espero crecer muchísimo.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
Edmundo y su familia se merecen varios comentarios por su dignidad, su humildad, su generosidad,su pudor, su trabajo, mal remunerado, al servicio de su pueblo y porque te han brindado su amistad y te han dejado entrar un poquito en su paisaje que tú siempre recordarásy al que nos has acercado un poquito. Seguro que también a más de un riojano nos daría envidia su "jardín botánico".
ResponderEliminarUn saludo para su niña, para Resu y uno muy especial paraél que tanto te ha aompañado.
Tu familia siempre contigo. Besos